Viernes 03 Julio
Texto de hoy: “Pero recibiréis poder,
cuando haya venido sobre vosotros el
Espíritu Santo, y me seréis testigos en
Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y
hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
Jesús acababa de hablar a sus discípulos
del bautismo del Espíritu Santo y ellos
salen con la pregunta: “¿Restaurarás el
reino de Israel en este tiempo?” (Hechos
1:6).
Evidentemente sus intereses eran
totalmente distintos. Estaban interesados
en saber el tiempo de una restauración
terrenal. Jesús les declara directamente:
“No os toca a vosotros saber los tiempos
o las sazones, que el Padre puso en su
sola potestad” (Hechos 1:7). Y
nuevamente dirige su atención al Espíritu
Santo, enfatizando la promesa:
“Pero recibiréis poder, cuando haya
venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos en
Jerusalén, en toda Judea, en Samaria,
y hasta lo último de la tierra” (Hechos
1:8).
Cuántas veces también en nuestros días
estamos interesados en fechas, eventos
y diagramas proféticos. Preguntamos:
“¿Cuándo vendrá Jesús?” “¿Se impondrá
ya pronto la ley dominical?”
“¿Cuándo empezará la persecución?”
Cuando lo que Jesús anhela es que
recibamos el poder del Espíritu Santo
para que llevemos el evangelio a todas
las personas, de todas las ciudades de
todo el mundo,
para que entonces pueda venir por
quienes le acepten. Pues él mismo
afirmó que
“Será predicado este
evangelio del reino en todo el mundo,
para testimonio a todas las naciones; y
entonces vendrá el fin”.
El fin vendrá cuando, capacitados por
el Espíritu Santo, terminemos de
predicar el evangelio. Esta es la obra
en la cual debemos estar ocupados.
Los primeros discípulos recibieron el
poder para testificar y para llevar el
evangelio a todo el mundo por medio
del Espíritu Santo. El poder no lo
recibieron con la instrucción, ni con la
compañía continua que tuvieron con
Jesús.
No bastó que estuvieran tres años y
medio bajo la instrucción del más
grande de los maestros. Era necesario
que Jesús, en la persona del Espíritu
Santo tomara posesión de ellos y
morará en ellos.
Cuando eso ocurrió experimentaron el
verdadero reavivamiento como indica
Elena G. de White: “Después del
derramamiento del Espíritu Santo, los
discípulos salieron para proclamar al
Salvador resucitado, poseídos del único
deseo de salvar almas.
Se regocijaban en la dulzura de la
comunión con los santos” (D. T. G.
144).
El derramamiento del Espíritu Santo en
el día del Pentecostés fue para la
iglesia cristiana “la lluvia temprana”.
Dios ha prometido para la iglesia actual
“la lluvia tardía” (Zac. 10:1). Un
derramamiento sin medida del Espíritu
Santo será lo que producirá en la iglesia
el anhelado reavivamiento que la
impulsará a dar el fuerte pregón,
que conducirá a la terminación de la
obra y al encuentro con Jesús en ocasión
de su segunda venida.
Cuando el Espíritu Santo vino, los
discípulos fueron transformados de
cobardes en valerosos, de temerosos en
atrevidos,
de egoístas y orgullosos en generosos y
humildes, de débiles en poderosos. Muy
pronto se registró en la historia de la
iglesia apostólica que “con gran poder
los apóstoles daban testimonio de la
resurrección del Señor Jesús,
y abundante gracia era sobre todos
ellos” (Hech. 4:33). Elena de White
pregunta: “¿Cuál fue el resultado del
derramamiento del Espíritu Santo en el
día del Pentecostés?” Ella misma
contesta:
“Las alegres nuevas de un Salvador
resucitado fueron llevadas a las más
alejadas partes del mundo”. (Hechos
de los Apóstoles, 39).
Busquemos en arrepentimiento y
oración la unción del Espíritu Santo, lo
cual nos capacitará para testificar por
Cristo “hasta lo último de la tierra”
(Hechos 1:8).
PARA REFLEXIONAR:
“Elena G. de White: “Después del
derramamiento del Espíritu Santo, los
discípulos salieron para proclamar al Salvador
resucitado, poseídos del único deseo de
salvar almas”.
MI COMPROMISO:
Hoy decido buscarte mi Dios todos los días,
para que me unjas con la presencia del Espíritu
Santo, y así ser poseído con el deseo de salvar
almas.
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