LA ASUNCIÓN DE MARIA AL CIELO
Pío XII, Munificentissimus Deus, 01.11.1950: “Pronunciamos, declaramos y
definimos ser dogma divinamente revelado: que la Inmaculada Madre de Dios,
siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en
cuerpo y alma a la gloria celeste”.
La asunción se produce por virtud de
Dios. El dogma significa que para la
Virgen María no se aplaza hasta el fin
de los tiempos la glorificación de su
cuerpo, como sucederá en los demás
fieles, y que su cuerpo no sufrió la
descomposición cadavérica.
Pío XII quiso prescindir de la cuestión sobre la muerte de María
en la fórmula definitoria: no quiso definirla.
Muchos Padres presentan la muerte de María como un acto de
amor que la llevó hasta su divino Hijo para compartir con Él la
vida inmortal.
Gn 3, 15:
“Pongo perpetua enemistad entre
ti y la mujer...”.
Cristo, Nuevo Adán, obtiene el
triunfo definitivo sobre la
serpiente antigua, asociado
íntimamente a la Nueva Eva,
María. El triunfo es triple: sobre
el pecado, sobre la
concupiscencia y sobre la
muerte. La primera redimida
fue liberada de la muerte a
semejanza de Cristo.
Lc 1, 28: “Llena de gracia”.
La gracia redunda en toda la persona, unidad de alma y cuerpo. A la
plenitud de gracia debe corresponder plenitud de gloria, en la
persona entera.
Ap 12, 1: La Mujer vestida de sol.
“Una mujer revestida por el Sol, o sea, inmersa en la luz de Dios,
que la inhabita porque Ella habita en Él. (...) Los Cielos y la Tierra
se han fundido. Por debajo de los pies, la Luna, como signo de que
lo efímero y mortal ha sido superado, y que la transitoriedad de las
cosas ha sido convertida en existencia perdurable. Y la
constelación que la corona significa salvación”
(Benedicto XVI,
Angelus, 16.08.2006).
“Como Cristo resucitó de entre los muertos con su cuerpo glorioso
y subió al cielo, así también la Virgen santísima, a Él asociada
plenamente, fue elevada a la gloria celestial con toda su persona.
También en esto la Madre siguió más de cerca a su Hijo y nos
precedió a todos nosotros”
(Benedicto XVI, Angelus, 15.08.2005).
La participación de la Virgen en la victoria de Cristo no podría
considerarse plena sin la glorificación corporal anticipada de María.
“La maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la morada
inmaculada del Señor, funda su destino glorioso” (Juan Pablo II,
Audiencia general, 09.07.1997).
Si Adán y Eva introdujeron en el mundo la muerte del alma
(pecado) y la del cuerpo, Cristo y María fueron causa de vida para el
alma (gracia) y para el cuerpo (resurrección).
Armonía de la Asunción con el dogma de la Inmaculada: si la resurrección es el triunfo y el trofeo de la redención, a una redención
preventiva y anticipada corresponderá una anticipada resurrección.
Armonía con la Maternidad virginal:
La verdad del parto virginal proclama el
decreto divino de preservar en absoluto
la integridad corporal de la Madre de
Dios.
Armonía con el amor de Cristo por su Madre
“¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger
la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos,
llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo
Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo
su querer (...). Los teólogos han formulado con frecuencia un
argumento semejante, destinado a comprender de algún modo el
sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María
y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: ‘convenía, Dios
podía hacerlo, luego lo hizo’”
(San Josemaría, Es Cristo que pasa, 171).
La Asunción de María es el argumento o prueba de que todos
los fieles de los cuales la Virgen Santísima es Madre, estarán
un día con sus cuerpos glorificados junto a Cristo glorioso.
Nuestro futuro no es utópico. Es una realidad existente en
Cristo y María.
Contemplando a María Asunta, el cristiano aprende a
descubrir el valor de su propio cuerpo y a custodiarlo
como templo de Dios, en espera de la resurrección y
glorificación de la vida eterna bienaventurada.
Lumen gentium 59: “La Virgen Inmaculada,
preservada inmune de toda mancha de culpa
original, terminado el curso de la vida terrena,
en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del
Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan,
vencedor del pecado y de la muerte”.
Lc 1, 43: Isabel, al oír el saludo de la Virgen, exclama: “¿De dónde
a mí que la madre de mi Señor venga a mi?”. Es tanto como decir
“la Señora”, “la Reina”.
Los Padres vieron a María en la mujer “vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1).
Innumerables Padres, como, por ejemplo, San Efrén, San Gregorio
Nacianceno, Orígenes, San Juan Damasceno, San Jerónimo, San
Andrés Cretense, San Epifanio, etc., proclaman a María “Reina”,
“Dueña”, “Señora”.
Liturgia: La Iglesia latina entona la “Salve
Regina”, las antífonas “Ave Regina caelorum”
y “Regina coeli laetare”. Destacan las Letanías
lauretanas con muchas invocaciones a María
como Reina, y el quinto misterio glorioso del
Rosario. Iconografía.
Muchos Papas llaman a María Reina. Pío XII dedicó la encíclica
Ad Coeli Reginam (1954) entera a este misterio. Juan Pablo II
insiste en que María es Reina universal (Redemptoris Mater).
Cristo es Rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque
es Redentor. María es Reina no sólo porque es Madre de Dios, sino
también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó
en la obra de la redención del género humano.
María reina con el poder de la oración.
Con el amor de Hija de Dios Padre, con
el amor de Madre de Dios Hijo y con el
amor de Esposa de Dios Espíritu Santo,
reunidos en un solo corazón.
María es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada,
Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Y se la llama la Omnipotencia
Suplicante.
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ASUNCIÓN, 1 - Hijas de la Caridad