Había caído la noche. Me sentía inquieta, sabía que
Mariano me engañaba, pero no tenía la certeza de
quién era mi rival, ¿sería más bella que yo?, ¿más
alta?, ¿más inteligente? Me estaba volviendo loca.
Luego le vi vestirse con esmero en cada detalle y
ponerse aquel perfume que sólo usaba en casos
especiales. A sus cuarenta años lucía esbelto. La
expresión de su rostro me hizo pensar que estaba
enamorado de nuevo y no era precisamente de mí.
Yo siempre fui de las más coquetas, bellas e
inteligentes muchachas de la universidad; eso hizo
que se enamorara perdidamente de mí, pero ahora
no dudo que se haya enamorado de otra, porque la
cocina, los niños y la limpieza me han despojado de
mi brillo.
– Voy a ver a mamá .– dijo , mientras me daba un
beso que no llegó a tocar mis labios.
Otra situación que me hizo pensar en que me
engañaba, ya que ni siquiera quería besarme, sólo
esperaba besar a la otra.
No contesté. Sabía que su madre había estado
enferma, que seguía con neumonía, pero no era de
cuidado, dudo que realmente vaya a verla vestido tan
elegante.
La idea me llegó de repente. Lo seguiré – me dije –.
Nadie podrá arrebatármelo. Él es parte de mí. Sin
él mi vida no tendría sentido. Como el tránsito está
siempre congestionado no percibirá que lo sigo.
Rápidamente me quité la bata y me puse lo primero
que encontré, un práctico traje gris. Lo que me
permitirá ahorrar tiempo para no perderlo de vista.
Salió en el auto. Instantes después lo seguí en la
camioneta. Me fue fácil, pues parecía no tener prisa.
Seguramente el muy tonto iría disfrutando por anticipado
el momento de encontrarse con ella. ¿Cómo será?
¿rubia?, ¿morena?, ¿bonita?. Me pregunté de nuevo,
pareciera que me importaba más eso que el engaño,
pero en fin así somos las mujeres. Oh Dios! ¿Qué se
hizo?, ¿Cómo pude distraerme así? Perdí de vista a
Mariano. Aceleré tratando de avanzar en aquel horrible
tránsito. Mis ojos sólo buscaban su auto;
inesperadamente, me estrellé contra la parte trasera de
un autobús, la camioneta había sufrido serios daños, no
obstante y de modo inexplicable yo había salido ilesa.
Me desmonté sin dificultad del retorcido vehículo,
aprovechando la confusión me escabullí antes que
comenzaran a llegar los primeros curiosos. Estaba
asustada y decidí caminar un poco, para tranquilizarme.
Observé la noche, la luna quieta y pensativa me miraba.
No sé por cuánto tiempo estuve
andando por las calles, sin rumbo
fijo. Finalmente opté por regresar a
casa. Al entrar en la sala encontré a
Mariano, caminaba de un extremo a
otro, se mostraba disgustado.
Obviamente se había dado cuenta de
mi ausencia y estaba molesto, en
extremo. Cuando entré, no se dio por
enterado. Ignorándome de modo
absoluto.
Inicié tímidamente una explicación,
pero su indeferencia me contuvo. No
me escuchará ahora, pensé, lo dejaré
para mañana. El también tendrá que
explicarme lo de la otra mujer.
Ya en mi habitación ni siquiera pude obtener la
deseada tranquilidad, seguía oyendo los pasos de
mariano en la sala. Continuaba inquieto en su
interminable ir y venir. Sonó el teléfono y escuché
la voz algo alterada. Es seguro que alguien le habrá
comunicado lo ocurrido. Su voz sonó ahogada.
-¿Murió? – le oí decir , y continuó alarmado. -No es
posible!,¿Pero cómo fue?... Iré inmediatamente.
Me acerqué. Le vi secarse las lágrimas – ¿qué
ocurrió?- Pregunté, no me contestó.
No sé si el dolor no le permitió hablar o quizás aún
no me perdonaba el haberlo seguido y destrozado
la camioneta o sabía que en el fondo, siempre
detesté a su madre.
Durante el trayecto hacia la clínica, no cruzamos una sola
palabra, me había sentado a su lado en el auto, sin hacer
caso de su hiriente conducta.
No sabía qué decir para romper aquel doloroso silencio.
Entre tanto, pensaba en mi suegra. El doctor había dicho
que su caso no era de gravedad y que podía llevar una vida
normal si seguía sus instrucciones.
Pero las personas mayores tienden a descuidar sus
tratamientos, probablemente se había complicado y ahora
está muerta.
Mi pensamiento giró alrededor del fenómeno muerte, a
pesar de ser tan común sigue siendo tan extraño. No
estamos preparados para enfrentarla. ¿Cortará ella los hilos
de la vida caprichosamente o por mandato de alguna ley
cósmica?
¿Realmente sobrevivirá el alma, como afirman los
religiosos? ¿O se extinguirá con el cuerpo, como
sostienen los materialistas? Si el alma es inmortal
¿dónde estará ahora mi suegra? Aunque ella y yo
no nos quisimos nunca, no puedo evitar sentirme
triste. Deseo que esté en un buen lugar.
Por fin llegamos! Mariano salió apresurado; se
dirigió hacia la entrada de la clínica. Fuí tras él.
Tenía que comprender su estado de ánimo, pero
pienso que en este momento de dolor ya debía
cambiar su actitud conmigo y no ser tan
rencoroso. Entramos, su padre y un médico nos
recibieron con muestras de pesar.
Lo siento – dijo el doctor –, no pudimos hacer
nada. Cuando llegó ya estaba muerta.
– ¿puedo verla? – preguntó abatido Mariano, me
puse a su lado y le toqué el hombro. No respondió
a mi gesto.
Desde la puerta de la habitación contemplé su
cuerpo cubierto por una sábana blanca. Un
ambiente de tristeza nos envolvió. Nos acercamos,
él con la mano temblorosa la descubrió. Mis ojos
cayeron sobre aquella figura y se agrandaron ante
el enorme absurdo de mi cuerpo, inerte sobre
aquella camilla, con mi traje gris y mis pálidas
manos cruzadas sobre el pecho.
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