De sobrio muro erguida en la colina,
de recio y lanceado contrafuerte,
en áulico recinto yace inerte
la fe de un rey con pretensión divina.
Salvada por los hados de su ruina,
incólume a los vientos y a la muerte,
vagó por largos siglos y, a su suerte,
dejada fue por la ciudad vecina.
Egregia iglesia en la ladera aislada,
pasión real del monte en verde flanco
que el hombre transformó en piedra dorada.
Un día de nevada en el Naranco,
yo vi la esbelta nave recortada
dormir estática en retablo blanco.
RAMÓN
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SAN MIGUEL DE LILLO