La primera persecución comienza con la acusación oficial hecha a los cristianos de
ser los autores de un crimen horrendo: el incendio de Roma, que contribuyó de modo
decisivo a la creación de un estado generalizado de hostilidad hacia ellos.
La mayor persecución fue sin duda la última, que tuvo lugar a comienzos del siglo IV.
Cuatro edictos contra los cristianos fueron promulgados entre febrero del año 303 y
marzo del 304, con el designio de terminar de una vez para siempre con el
Cristianismo y la Iglesia. La persecución fue muy violenta e hizo muchos mártires en
la mayoría de las provincias del Imperio
La libertad le llegó al Cristianismo y a la Iglesia cuando apenas se habían extinguido los
ecos de la última gran persecución. Fue justamente Galerio, principal instigador de
aquella última persecución formal, el primero en sacar consecuencias prácticas de su
rotundo fracaso.
El tránsito de la tolerancia a la libertad religiosa se produjo
con suma rapidez y su autor principal fue el emperador
Constantino.
La orientación pro-cristiana de Constantino se hizo cada vez más patente. Fueron
desautorizadas las prácticas paganas cruentas o inmorales y se prohibió a los magistrado
participar en los tradicionales sacrificios de culto.
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