El corrector de estilo
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 Dice un proverbio que la lengua no tiene huesos,
pero puede quebrarlos. Sí, puede quebrarlos hasta
con errores, que desintegran el significado de lo que
decimos.
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 Nuestro renovado esfuerzo para que se hable bien, se
escriba mejor y se corrija con fundamentos; para que
se entienda que las normas lingüísticas no sólo son
útiles para los investigadores, sino también para
otros profesionales, que no lo son, y para el hombre
y mujer comunes, que debe interpretar cualquier
mensaje en la calle o en su trabajo.
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 No hay que imponer normas para que se hable o se
escriba de acuerdo con un modelo estereotipado;
quiero compartir (enseñar, si se puede) que existen
esas normas, y que ayudan muchísimo cuando
aguijonean las dudas.
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 La asistencia a este taller evidencia la necesidad de
difundir las reglas que rigen la correcta expresión
oral y escrita de nuestra lengua.
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 Sólo se aspira a orientar a quien lo necesite y, sobre
todo, a los que trabajan diariamente con las palabras
(en el ámbito periodístico, la edición o la corrección
de textos) porque –como bien decía San Agustín–
«conviene matar el error, pero salvar a los que van
errados».
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 La historia comienza cuando alguien pone punto
final a un texto. Ya ha gozado del Paraíso al
escribirla y ha sufrido el Purgatorio al introducirle
algunas mejoras. Cree que, en ese momento sublime
y tan esperado, han terminado sus ansiedades,
fatigas, nervios, insomnios y demás ingredientes que
siempre sazonan la composición de la escritura.
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 “Esto ya no se escribe así”, “esta voz ya no lleva
tilde”, “tal párrafo es oscuro –ininteligible–”, “la Real
Academia Española no registra aún este vocablo o ya
lo considera un arcaísmo”, “esta proposición
subordinada adjetiva es explicativa”, “aquí falta una
preposición”, “allí la preposición sobra”, etcétera.
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 Sin duda, cuando el autor -en latín, ‘el que realiza
una creación, el que hace aumento’- da a luz, se
encuentra con su vástago en medio del corrector que
“lo persigue” y “fiscaliza” esa persecución.
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 Las palabras corrector y editor provienen del latín:
corrector era el que eliminaba errores, remediaba
yerros, ajustaba el texto; volvía derecho o recto lo
torcido, enderezaba, enmendaba; editor es derivado
culto del verbo edere que denota ‘sacar afuera, dar a
luz, parir, engendrar, dar a conocer, revelar, hacer
público, producir, publicar’.
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 La edición es, pues, el parto, la producción. El editor
era el que producía; el autor, el fundador.
Según el Diccionario académico, editor es la persona
que publica por medio de la imprenta u otro
procedimiento una obra, por lo regular ajena, un
periódico, un disco, etcétera, multiplicando los
ejemplares.
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 Dice José Martínez de Sousa que “la función del
experto (corrector, revisor) consiste en la lectura
atenta del texto que se somete a su criterio y en
atender a la terminología, a la adecuación del
lenguaje y al fondo del asunto, tratando de descubrir
y enmendar anacronismos, impropiedades,
descripciones o expresiones oscuras o sin sentido,
etc.”
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 Una vez realizada la corrección de concepto, el texto
ya está preparado para ser sometido a la corrección
de estilo, es decir a una lectura minuciosa y
circunstanciada, para llevar a cabo un verdadero
análisis de la forma en que se ha volcado el
contenido, es decir, una exhaustiva revisión
lingüística desde el punto de vista gramatical,
semántico, léxico y ortográfico.
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 Esta tarea es delicada y difícil; no sólo requiere
conocimientos sólidos y bien fundamentados, sino
también “prudencia exquisita para saber cuándo hay
que aplicarse a corregir y cuándo debe uno
abstenerse o, en su caso, consultar con quien
proceda”.
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 El sintagma corrección de estilo confunde,
sobremanera, a no pocos correctores y a los que no lo
son, pues el estilo no se corrige. Algunos prefieren
hablar de revisión de originales, pero esta frase no
describe con justeza esa labor.
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 El exceso de corrección lingüística, el desenfreno
morboso en encontrar la falta donde no existe, puede
desfigurar el estilo y hasta cambiarlo, por eso, el
corrector no debe hacer modificaciones innecesarias
sólo para justificar su trabajo.
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 Esto no debe ocurrir, por un principio que ha de
regir siempre su tarea: “el corrector no es coautor”,
es decir, no es autor con otro. El estilo es del autor, es
su manera peculiar de escribir, de usar recursos
lingüísticos y literarios; el corrector no puede
reemplazarlo con el suyo, por el contrario, debe
preservarlo celosamente por ética profesional.
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 Su tarea es corregir sólo lo que transgrede las normas
lingüísticas. Puede enunciarse, entonces, un segundo
principio rector: “no tocará el texto original si su
redacción es tan correcta que no lo necesita”.
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 El tercer principio dice: ”no justificará vanamente su
labor con sustituciones léxicas o sintácticas
inadecuadas o innecesarias”.
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 El cuarto principio: “siempre consultará al autor y
respetará su opinión si se trata de cuestiones
discutibles; la palabra del autor es la que debe
prevalecer”.
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 El quinto principio: “el corrector deberá
fundamentar cada una de sus enmiendas de carácter
lingüístico”; si no puede hacerlo, aquéllas carecerán
de valor.
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 Ha de anotar las correcciones sobre el texto, no, en
los márgenes de las cuartillas u hojas
mecanografiadas; lo hará con letra clara, legible –un
corrector no puede adolecer de mala caligrafía–; no
tachará el error del autor de manera que ya no pueda
leerse, pues aquél podría disentir de él en tal
corrección y querer mantener lo escrito con
anterioridad.
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 Lo dice muy bien Camilo José Cela en su novela La familia de Pascual
Duarte: Los escritores, por lo común, corregimos las pruebas de nuestras primeras
ediciones y, a veces, ni eso. Las que siguen las dejamos al cuidado de los editores
quienes, quizá por aquello de su conocida afición al noble y entretenido juego del
pasabola, delegan en el impresor, el que se apoya en el corrector de pruebas que,
como anda de cabeza, llama en su auxilio a ese primo pobre que todos tenemos
quien, como es más bien haragán, manda a un vecino. El resultado es que, al final,
el texto no lo reconoce ni su padre: en este caso, un servidor de ustedes. Los libros,
con frecuencia, mejoran con esta gratuita y tácita colaboración, pero los autores
rara vez nos avenimos a reconocerlo y solemos preferir, quizás habitados por la
soberbia, aquello que con mejor o peor fortuna habíamos escrito.
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 Hay otros testimonios, como el de aquel librero de
Boston que escribió su epitafio: Aquí yace como un
libro viejo con el pergamino arrugado y usado, sin título
ni adorno alguno, el cuerpo de Ben Franklin, impresor.
Pasto es de los gusanos; pero no por eso perecerá el libro,
volverá a aparecer en una nueva y muy hermosa edición,
revista y corregida por el autor.
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 Corrección tipográfica o señalización tipográfica, estrechamente ligada
con aquélla. Mediante esta nueva corrección, se señalan –cotejando con el
original– las erratas ortográficas y tipográficas de la composición, así como
otros gazapos que surgen cuando se convierte el original en libro:
trasposición de letras o de palabras, desplazamiento de letras, repetición
de letras en el interior de las palabras, acumulación de consonantes al
principio de las palabras, cambio de palabras, punto seguido en lugar de
aparte o aparte en lugar de seguido, separación de letras dentro de la
palabra, omisión de una palabra o de un fragmento, una puntuación por
otra, signos de interrogación o de exclamación que se abren y no se cierran
o viceversa, un tipo de letra por otro, mayúsculas por minúsculas,
minúsculas por mayúsculas, tildes que sobran o que faltan, espacios
anormales entre las palabras, etcétera.
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 Las correcciones deben realizarse en los márgenes de
la galera y, si es posible, con tinta roja, verde o azul
para identificar rápidamente en qué lugar de la línea
se halla el error. En esta etapa, es muy útil la ayuda
del atendedor que lee en voz alta el original,
mientras el corrector sigue en silencio la lectura de la
galerada.
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 El corrector redactor es, al mismo tiempo, un técnico y un
intelectual. Sabemos que su tarea no consiste en “repasar”
ligeramente un texto de acuerdo con su gusto o con su
particular criterio, reemplazando una palabra con otra,
colocando una coma o tachando un punto y coma. Exige
mucho más: profundos conocimientos de gramática,
normativa, ortografía y lexicología de la lengua española;
de ortografía técnica, es decir, de todos los elementos que
conciernen a la tipografía, a la construcción material del
texto:
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 • voces o frases que han de ir en redonda, bastardilla o cursiva,
versalitas, versales o mayúsculas, negrita;
 • función de los distintos tipos de letra;
 • indicación de diferentes cuerpos de las letras: fragmentos de
texto que han de componerse en cuerpo mayor o menor;
 • disposición de títulos y subtítulos: su gradación según su
importancia;
 • extensión de las sangrías;
 número de líneas en blanco (antes y después de los subtítulos,
por ejemplo);
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• tamaño de los márgenes;
• estructura de los párrafos;
• división de palabras al final de la línea;
• presentación de la bibliografía;
• redacción correcta de las citas a pie de página;
• coincidencia de los números voladitos con las citas a pie de página;
• revisión exacta de las remisiones;
• estructura de cuadros sinópticos o de tablas;
• presentación de epígrafes, dedicatorias e índices;
• unificación de las grafías de topónimos y antropónimos, de abreviaturas,
siglas y símbolos, de voces que pueden escribirse con tilde o sin ella, con j o
con x, con b o con v, con c o con s.
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 Desde este punto de vista, el corrector redactor es un
técnico, pero este técnico no puede dejar de ser un
intelectual, un corrector de conceptos -por lo menos, los
más importantes-, una persona de cultura para interpretar
ese texto que tiene entre sus manos y ante sus ojos, para
llegar al fondo de la materia de que trata la obra, a la
propiedad de las ideas expuestas y hasta a la
terminología, aunque ya un experto haya hecho la
corrección de concepto.
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 En síntesis, no se puede corregir sin entender lo que
se corrige, para evitar acciones como la de aquel
corrector que leyó en un texto El arpa de Noé y se dijo
de inmediato: “No, el arpa no era de Noé, sino de
David”; entonces, después de haber llegado a esta
brillante conclusión, corrigió: El arpa de David y
tergiversó, en su totalidad, el contenido, pues el texto
quedó así:
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 El arpa de David tenía trescientos codos de largo,
cincuenta de ancho y treinta de alto, un tragaluz, una
puerta a un costado y tres pisos. Allí metió parejas de
animales, macho y hembra, para que vivieran con él. ¿Qué
se piensa de semejante despropósito? Lo primero
que se puede preguntar es dónde se insertaban las
cuerdas para tocar ese fabuloso instrumento musical.
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 Otro ejemplo: “Leyó la zaga de los Buendía, de
Gabriel García Márquez”. El corrector no advirtió
que saga debe escribirse con s, porque denota el
‘relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o
más generaciones de una familia’; zaga, con z,
significa ‘la parte trasera de algo’. El error
ortográfico tergiversa, pues, el significado de la
oración.
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 Umberto Eco padeció también estos inconvenientes con el
traductor al francés de una de sus obras sobre la estética
medieval. El estudioso italiano se refiere, en un
fragmento, a «las cinco llagas (de Cristo)»; como piaga (pl.
piaghe) tiene, en italiano, las acepciones de ‘plaga’ y de
‘llaga’, el traductor interpretó que Eco aludía a «las cinco
plagas» y le agregó, de acuerdo con su propio ingenio,
«de Egipto», sin reparar en que las plagas fueron diez y,
por supuesto, sin tener en cuenta el contenido del texto.
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 A veces, el error se equivoca. ¿Por qué el corrector no
descubrió ese desacierto? ¿Fue corregida, realmente, la
traducción? «El arte de la edición –dice Eco– (es decir, la
capacidad de controlar y volver a controlar un texto de
modo de evitar que contenga, o contenga dentro de
límites soportables, errores de contenido, de transcripción
gráfica o de traducción, allí donde ni siquiera el autor
había reparado) se desenvuelve en condiciones poco
favorables».
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 Estos disparates mayúsculos nos alertan acerca de
que el corrector redactor debe sumergirse en la obra
hasta sus raíces. Leer con los ojos y con lo que tiene
más allá de ellos: su cultura, pues, de lo contrario,
como aquel desdichado “del arpa”, deshará el texto,
lo triturará y hasta cambiará el orden natural.
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 Como no es posible ser versado en todas las
especialidades, debe saber seleccionar la bibliografía
adecuada que le permita verificar los datos
expuestos por el autor del original y, al mismo
tiempo, sugerir el agregado de otros
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 Para ello, es indispensable la consulta de un buen
diccionario enciclopédico y, por supuesto, del
Diccionario académico, en su última edición, y del
Diccionario de Autoridades.
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 Además, es obligatoria la consulta de otros más
específicos, como los diccionarios de abreviaturas, de
americanismos, galicismos, anglicismos, etimológicos, de
antropónimos, bilingües, biobibliográficos, de citas,
geográficos, históricos, toponímicos, científicos y técnicos,
de fraseología, modismos, de extranjerismos, de refranes,
es decir, diccionarios especializados, de probada seriedad.
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 El corrector redactor estará, entonces, muy bien
preparado para:
 • determinar las características de la redacción;
 • buscar la información necesaria y exigida por el tema de
la composición;
 • elegir la clase de párrafo más adecuada: narrativo,
descriptivo, expositivo-argumentativo, es decir, de
enumeración, de secuencia, de comparación/contraste, de
desarrollo de un concepto, de enunciado/solución de un
problema, de causa/efecto;
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 • diferenciar las introducciones de las conclusiones y elegir las
más convenientes según el tipo de escrito: introducción o
conclusión
síntesis, con anécdota, con breves afirmaciones, introducción o
conclusión cita, interrogante, analogía;
 • dominar la puntuación;
 • dominar el uso de la coordinación y de la subordinación;
 • resolver sus dudas lingüísticas con bibliografía adecuada;
 • controlar el orden de las palabras en la oración, es decir,
cuidar su arquitectura;
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 • eliminar palabras superfluas y repeticiones innecesarias;
 • usar las reglas de autocorrección para revisar la forma de su
escritura;
 • la estructura formal de los títulos;
 • diferenciar los géneros literarios;
 • distinguir un escrito informativo de un escrito creativo o
científico;
 • advertir el papel de la instrucción gramatical, el valor de la
gramática para llevar a cabo la tarea de redacción;
 • cuidar el uso preciso de las palabras.

 Esta formación que exigen los nuevos rumbos
editoriales le permitirá al corrector dejar de luchar a
brazo partido con un idioma que no es fácil, aunque
sea el materno; lo ayudará a escribir según las leyes
gramaticales y no, negligentemente, de acuerdo con
el sentido, es decir, según le suena. Pensar en lo que
se ha de escribir y en cómo se ha de escribir es la
clave de la nueva labor.

 Nosotros tenemos siempre a nuestro alcance un dicho que
no encierra más que la verdad: “Si se escribe con justeza,
se corrige con destreza”. Y saber escribir bien no implica
volcar todo el diccionario en la página, porque eso no es
erudición, sino ignorancia. Escribir bien y corregir bien
implican trabajar con perseverancia por lograrlo. Bien
decía don Miguel de Unamuno que «el modo de dar una
vez en el clavo es dar cien veces en la herradura».
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 El corrector necesita, entonces, especializarse y
actualizarse continuamente para dignificar su profesión,
para no ponerle límites a su trabajo, y que éste sea cada
vez más solicitado y respetado. No puede vivir entre
signos de interrogación, verdaderos ganchos a los que se
aferran las dudas, o de exclamación, para admirarse de
todo lo que no sabe; menos aún, puede vegetar después
de los puntos suspensivos, donde empieza el umbral de la
incertidumbre, de las vacilaciones, de la nada.
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 Los valores de una sociedad también se reflejan en la
lengua que hablan sus componentes, en el modo de decir
las palabras, de elegirlas, en la entonación y hasta en los
gestos que las acompañan. Lengua es el periódico, la
revista de moda, el mensaje electrónico, la publicidad, la
receta de cocina, el coloquio callejero o empresarial;
lengua es la labor del aula, la investigación científica, el
ensayo filosófico, la novela premiada y el poema que
crece serenamente desde la sangre que se deja florecer.
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 Todos somos palabras, pues nacimos de ellas, vivimos de
ellas y sentimos con ellas y por ellas. Hablando y
escribiendo proclamamos, casi sin notarlo, nuestra
existencia y buscamos un lugar para instalarnos en este
refugio pequeño y fugaz, que llamamos mundo y que
imaginamos infinito, y hasta veneramos. Un mundo que
se llena de palabras sin sueños porque no creemos ya en
esos sueños, surtidores de nuestros lejanos silencios.
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 .....¿Por qué muchas personas habrán perdido el afán
de hablar bien y de escribir mejor? ¿Por qué no
corrigen lo que escriben? ¿Cuánto les importa su
lengua, es decir, su identidad? ¿Por qué participan,
hasta con aplausos, de la mediocridad lingüística
que, a veces, ofrecen los medios de comunicación?
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 El desposeimiento de la palabra es intolerable; el
exceso de palabras también, sobre todo, cuando se
apartan de lo justo y de lo sensato. La economía de
vocablos puede traer sus inconvenientes, pero, a
pesar de ello, escuchamos que un calificado
profesional le decía a un periodista: No voy a hablar
verbalmente.
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 Nos preguntamos entonces: ¿cómo hablará?, ¿por señas?
A veces, la pobreza verbal conduce al exiguo dato
histórico: Desde allí exploraremos antiguos senderos utilizados
en la época del Perú… ¿acaso, no sigue existiendo el Perú?;
¿qué entiende por «época»? De acuerdo con la segunda
acepción del Diccionario académico, como ‘período que
se distingue por los hechos históricos en él acaecidos y
por sus formas de vida’, el Perú tuvo varias épocas. ¿A
cuál se refiere?
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