Antes de ser inmolado en la cruz el
Viernes santo, Jesús instituyó el
sacramento que perpetúa su ofrenda
en todos los tiempos. En cada santa
misa, la Iglesia repite ése evento
histórico decisivo.
Con profunda emoción el sacerdote se
inclina, ante el altar, sobre los dones
eucarísticos, para pronunciar las
mismas palabras de Cristo «la víspera
de su pasión», y repite sobre el pan:
«Este es mi cuerpo, que se entrega por
vosotros» y luego sobre el cáliz: «Este
cáliz es la nueva alianza en mi sangre»
(1 Co 11, 24 y 25).
Desde aquel Jueves santo de hace casi
dos mil años.....
La Iglesia vive mediante la
Eucaristía, se deja formar por la
Eucaristía, y sigue celebrándola
hasta que vuelva su Señor.
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo;
el que come de éste pan vivirá para siempre»
(Jn 6, 51).
Sabemos que ésas palabras del Señor
constituyeron una dura prueba de fe para
quienes las escucharon, e incluso para los
apóstoles.
Pero no podemos
olvidar la clara y
ardiente profesión de fe
de Simón Pedro, que
proclamó:
«Señor, ¿a quién
vamos a ir? Tú tienes
palabras de vida
eterna, y nosotros
creemos y sabemos que
tú eres el Santo de
Dios» (Jn 6, 68-69).
El sacrificio eucarístico
es la fuente y cima de la
vida de la Iglesia y de
nuestro camino
personal de
santificación.
La Eucaristía, el gran
«misterio de la fe», sigue
siendo ante todo y sobre
todo un don, algo que
hemos «recibido».
Lo reafirma San Pablo al
introducir el relato de la
última cena con éstas
palabras:
«Yo recibí del Señor lo que
os he transmitido»
(1 Co 11, 23).
Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por
nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega hasta el
extremo (Jn 13, 1) un amor que no conoce medida.
La Eucaristía es misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo
en la fe... No veas en el pan y en el vino elementos naturales, porque el Señor ha
dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los
sentidos te sugieran otra cosa .
Por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su
Espíritu.
San Efrén decía:
« Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu, y quien lo
come con Fé, come Fuego y Espíritu.
Tomad, comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo.
“ fármaco de inmortalidad,
antídoto contra la muerte .”
En la
Eucaristía
recibimos
también la
garantía de la
resurrección
corporal :
«.... y yo le
resucitaré el
último día »
(Jn 6, 54).
Por éso San Ignacio de
Antioquía definía el
Pan eucarístico:
“ fármaco de
inmortalidad,
antídoto contra la
muerte “.
Muchos son los problemas que oscurecen
el horizonte de nuestro tiempo.
Baste pensar en la urgencia de trabajar
por la paz, de poner premisas sólidas de
justicia y solidaridad en las relaciones
entre los pueblos, de defender la vida
humana desde su concepción hasta su
término natural.
Y ¿qué decir, además, de las tantas
contradicciones de un mundo
globalizado, donde los más débiles, los
más pequeños y los más pobres parecen
tener bien poco que esperar?
En éste mundo es donde tiene que brillar
la esperanza cristiana...También por éso
el Señor ha querido quedarse con
nosotros en la Eucaristía, grabando en
ésta presencia sacrificial y convival la
promesa de una humanidad renovada
por su amor.
( Papa Juan Pablo II)
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