El día de Pentecostés el
Espíritu Santo descendió
sobre los Apóstoles y María
Santísima.
“Jesús ha revelado que Dios es “Padre” en un sentido inaudito: no lo es solo en cuanto a creador, es eternamente
Padre en relación a su Hijo unigénito, que recíprocamente no es Hijo más que en relación al Padre” “La buena
noticia cristiana es el evangelio trinitario y la divinidad de Dios no puede ser pensada, creída y profesada más
que como divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este es el inefable misterio de Dios: si “Dios es la
Trinidad”, “la Trinidad es el único y solo Dios”.
En la Base de la esencia trinitaria de Dios está el acontecimiento de la Pascua como momento culminante de la
vida histórica de Jesucristo. Jesús , el Hijo expresa la total obediencia y disponibilidad a la voluntad del Padre, es
decir, al proyecto de amor en el que aparece el sentido último de la salvación. En él, el misterio de la Cruz, porque
en ella se revela la paternidad de Dios. En la entrega del Hijo a la muerte, se manifiesta no un Dios impasible,
indiferente al hombre, sino el Dios de la bondad y del amor, cuya infinidad está en el amor por cada uno de
nosotros. Se da así “un paradójico misterio de amor: en cristo sufre Dios rechazado por la propia criatura”. Al
mismo tiempo, en la muerte Jesús entrega el Espíritu, con un abandono confiado y filial en la espera de aquella
reconciliación que, en la resurrección, llegará a ser plena y definitiva. Así pues, el acontecimiento pascual del
Crucificado- Resucitado revela la historia trinitaria de Dios, marcada por un amor único e impensable.”En
verdad ves a la Trinidad si ves el amor”.
Al Espítu Santo se lo suele representar con una llama de fuego. De
hecho, el día de Pentecostés descendió sobre los Apóstoles de esa
manera: “Entonces vieron aparecer unas lenguas de fuego, que
descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Y todos
quedaron llenos del Espíritu Santo”.(Hech 2, 3-4)
¡Por qué el fuego?
Porque cuando el Espíritu Santo se hace presente de una manera
especial, las personas no quedan igual. Se produce un cambio.
Nadie puede quedar indiferente si aparece una llama de fuego en
su cabeza, si allí donde hacía frío y oscuridad repentinamente hay
calor y luz. Todo cambia.
El Espíritu Santo nos permite ver las cosas de otra manera, y nos
ilumina el camino para que no tengamos miedo. Él derrama calor,
para que no nos quedemos acurrucados, apretando las manos y
refugiándonos en un lugar cerrado. Por eso su presencia nos llena
de confianza y empuje. Por eso es bueno invocar al Espíritu Santo
para que nos inunde de calor y de vida a nuestra existencia.
“Ven fuego santo, luz celestial, porque a veces
me dominan las tinieblas y tengo frío por dentro.
Ven, Espíritu, porque todo mi ser te necesita,
porque solo no puedo,
porque a veces se apaga mi esperanza.
Ven, Espíritu de amor, ven.”
“Ven Espíritu Santo,
ven padre de los pobres,
ven viento divino, ven
Ven como lluvia deseada,
a regar lo que está seco en nuestras vidas, ven.
Ven a fortalecer lo que está débil,
a sanar lo que está enfermo, ven.
Ven a romper mis cadenas,
ven a iluminar mis tinieblas, ven.
Ven porque te necesito,
porque todo mi ser te reclama.
Espíritu Santo,
dulce huésped del alma, ven, ven Señor.”
¿Quién es el Espíritu Santo? Estamos ante un Misterio de un amor infinito.
Si leemos la Biblia, allí Dios nos habla permanentemente de su amor por cada uno de
nosotros, porque cada uno de nosotros es obra de sus manos, criatura amada: “Tu eres
precioso a mis ojos, y yo te amo” (Is. 43,4). Y nos habla de un “amor eterno” (Jer. 31,3), de
manera que, aun cuando nadie esperaba nuestro nacimiento, él desde siempre nos imaginó
para darnos la vida. Y sí los demás esperaban un niño de otro sexo, de otro color, con otro
rostro, él nos esperaba tal como somos, porque él es el artista maravilloso que nos hizo, y él
ama la obra de su amor. Mi existencia y la tuya tienen una sola explicación, que Dios nos
ama:
“Aunque tu propia madre se olvidara de ti,
yo no te olvidaré... Mira, te llevo tatuado en
la palma de mis manos” (Is. 49, 15-16 ).
“Tu Dios está en ti, poderoso salvador. Él grita
de gozo por ti, te renueva con su amor, y
baila por ti con gritos de alegría” (Sof. 3, 17).
El mismo Dios es un Misterio de amor. Porque él no es un ser aislado, sino tres Personas
que son un solo y único Dios. Este es el Misterio profundísimo que no podemos comprender
en esta vida.
Al Espíritu Santo se lo suele representar como una paloma: “Contemplé al Espíritu ,
que bajaba del cielo como una paloma , y se posaba sobre él “ (Jn 1, 32).
¿Por qué una paloma?
Podríamos pensar en su suavidad, en la blancura, en la delicadeza. También
podríamos decir simplemente que viene del cielo, de la presencia de Dios. Pero en
realidad, la primera vez que aparece una paloma en la Biblia es para anunciar el
fin del diluvio (Gn. 8,11), para traer el gozo de la liberación y de la vida nueva.
El Espíritu Santo sólo trae buenas noticias. Es enviado por el Padre como mensajero
de paz y de esperanza. “Ésta es la buena noticia, aquí está el Salvador; éste es el
que viene a liberar, a sanar, a devolver la paz y la justicia”.
Cuando el Espíritu Santo aletea y se asienta en nuestro interior, nos hace
experimentar el consuelo y la esperanza, nos hace levantar los ojos, nos ilumina la
mirada, nos permite descubrir que en medio de tantas miserias hay algo
sobrenatural que puede cambiar las cosas. Es la paloma que trae noticias de
esperanza.
EL Espíritu Santo quiere regalarnos un mundo mejor. Pero más bien parece que nos
hemos olvidado de buscarlo, que nuestro corazón cerrado no le deja espacio, que no
nos decidimos a ponernos de rodillas e invocarlo con fe, con ansias. Él ya ha tomado la
iniciativa de buscarnos . Ahora es necesario que le permitamos actuar. Te propongo
que le abras el corazón y le digas con ternura:
“¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
el más profundo centro
de mi alma,
tú que no eres esquiva
acaba ya si quieres,
rompe la tela
de este dulce encuentro!”
San Juan de la Cruz
Te propongo que un pequeño instante de profunda oración para que
trates de reconocer al Espíritu Santo en tu interior y así descubras que
la soledad no existe, porque él está.
Es importante que intentes hacer un hondo silencio, que te sientes en
la serenidad de un lugar tranquilo, respires profundo varias veces, y
dejes a un lado todo recuerdo, todo razonamiento, toda inquietud.
Vale la pena que le dediques un instante sólo al Espíritu Santo, porque
él es Dios, y es el sentido último de la vida.
Trata de reconocer en el silencio que él te ama, que él te está haciendo
existir con tu poder y te sostiene, que él te valora.
Siente por un instante que su presencia infinita y tierna es realmente lo
más importante y quédate así por un momento, dejando que todo
repose en su presencia.
Juan Pablo II afirma: “Dios, en su vida íntima, es amor, amor esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu
Santo es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto sondea hasta las profundidades de Dios, como amordon-increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don,
intercambio de amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios “existe” como don. El Espíritu
Santo es pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-amor. Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aquí
una riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del concepto de persona en Dios, que solamente
conocemos por la revelación. Por tanto, no sólo no existe comunicación alguna de Dios en sus creaturas si no es “en el
Espíritu”, sino que también se puede decir, y por las mismas razones, que no existe experiencia alguna referente a Dios y
a las cosas de Dios si no es en el mismo Espíritu.
Podemos imaginar al Espíritu Santo como si fuera agua que se derrama, que
inunda, que penetra. Jesús prometió derramar torrentes de agua viva, y dice
el Evangelio que se refería al Espíritu Santo. (Jn 7,37-39).
En la Biblia el agua no aparece sólo con la función de limpiar o purificar,
sino sobre todo con la misión de dar vida, de regar lo que está seco para que
puedan brotar las semillas, crecer las hojas verdes, producir frutos en
abundancia:
“A la orilla del río, en los lados, crecerá toda clase de frutales; no se
marchitarán sus hojas, ni sus frutos se acabarán; darán cosecha cada luna,
porque los riegan aguas que manan del santuario”. (Ez 47,12). Los profetas
lo habían anunciado: “Brotará un manantial en el templo del Señor”(Joel
4,18 ; Zac 14,8)
“Voy a derramar agua sobre la tierra seca, y torrentes en el desierto”(Is 44,3)
“Sacarás agua con alegría del manantial de la salvación” (Is 12,3).
El agua prometida es el Espíritu Santo, que brota para nosotros del costado de
Jesús resucitado. Es agua para regar esa tierra reseca y agrietada de nuestra
vida, para que podamos dar fruto abundante, para que nos alegremos en la
cosecha.
La presencia del Espíritu Santo en los Sacramentos.
El Bautismo: es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de toda vida en el Espíritu y la
puerta que abre el acceso a los otros sacramentos.
La Confirmación: es el sacramento del Espíritu por excelencia es el de la “Confirmación” o “Crisma”.
Este sacramento, sin embargo, puede comprenderse y ser vivido sólo en relación al Bautismo y a la
Eucaristía: “Con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la confirmación constituye el conjunto de
los “sacramentos de la iniciación cristiana”.
La Eucaristía: Dice el Vaticano II, en ella “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber,
Cristo mismo, nuestra Pascua”. Precisamente porque la Eucaristía encierra en sí esta realidad, en
ninguna otra parte de la liturgia la acción del Espíritu Santo es tan evidente como en ella.
Reconciliación o Penitencia: Jesús al instituir el sacramento de la Penitencia, sopló sobre los
Apóstoles diciendo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les serán
perdonados; y a quienes los retuviereis; les serán retenidos”.
Los siete dones del Espíritu Santo.
SABIDURIA.
ENTENDIMIENTO.
CONSEJO.
FORTAEZA.
CIENCIA.
PIEDAD.
TEMOR DE DIOS.
MARÍA, DOCIL MORADA DEL ESPIRITU.
Todo lo que María tiene y ha llegado a ser con su libre
asentimiento y colaboración se lo debe a su Hijo Jesús y a
la acción del Espíritu Santo. La Virgen es la Toda santa
porque desde el primer momento de su existencia fue
“sagrario del Espíritu Santo”. En el fondo “Llena de gracia”
no significa otra cosa que “llena del Espíritu Santo”
porque es siempre El, Espíritu, el que pone en comunión
con la vida trinitaria toda entera: “El Padre la ha
predestinado, la virtud santificante del Espíritu la ha
visitado, purificado, hecho santa y, por así decir,
empapada por El”.
Esta “santidad original” de María, plasmada y hecha ya
nueva creatura por el Espíritu, no ha sido pasiva, porque,
desde el primer momento en que tomó conciencia de sí,
colaboró de manera única con el Espíritu para acrecentar
en sí misma aquella unión intensa y profunda con Dios.
“Ven Espíritu Santo, como río de fuego,
ven como un torbellino de luz.
Ven a derramarte
como un manantial de vida desbordante.
Tú conviertes mi interior
en una pradera verde y serena
donde habita la paz.
Espíritu Santo, ven,
como un impulso de viento que renueva.
Porque eres fuerza joven,
empuje saludable de vitalidad.
Déjame entrar en tu abismo luminoso,
y bailar de alegría, y nadar
entre una multitud chispeante de estrellas.
Acaríciame con tu soplo cálido que es amor.
Ven, Espíritu Santo,
Espíritu, libertad.
Ven, no te detengas, ven...”
Los Frutos del Espíritu Santo
Espíritu de Caridad, haznos amar a Dios y a nuestros semejantes como Tú quieres que los amemos.
Espíritu de Gozo, otórganos la santa alegría, propia de los que viven en tu gracia.
Espíritu de Paz, concédenos tu paz, aquella paz que el mundo no puede dar.
Espíritu de Paciencia, enséñanos a sobrellevar las adversidades de la vida sin indagar el por qué de
ellas y sin quejarnos.
Espíritu de Benignidad, haz que juzguemos y tratemos a todos con benevolencia sincera y rostro
sonriente, reflejo de tu infinita suavidad.
Espíritu de Bondad, concédenos el desvivirnos por los demás, y derramar a manos llenas, cuantas
obras buenas nos inspires.
Espíritu de Longanimidad, enséñanos a soportar las molestias y flaquezas de los demás, como
deseamos soporten las nuestras.
Espíritu de Mansedumbre, haznos mansos y humildes de corazón, a ejemplo del Divino Corazón de
Jesús.
Espíritu de Fe, otórganos el no vacilar en nuestra fe, y vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de
Cristo, e ilumínanos por tus santas inspiraciones.
Espíritu de Modestia, enséñanos a ser recatados con nosotros mismos, a fin de no servir nunca de
tentación a los demás.
Espíritu de Continencia, haznos puros y limpios en nuestra vida interior, y enérgicos en rechazar cuanto
pudiera manchar el vestido blanco de la gracia.
Espíritu de Castidad, concédenos la victoria sobre nosotros mismos; haznos prudentes y castos;
sobrios y mortificados; perseverantes en la oración y amantes de Ti, OH Dios del Amor hermoso. Así
sea.
Al Espíritu Santo por las Familias.
Espíritu Santo, te pedimos desciendas sobre nuestras familias.
Da consistencia al vínculo de los matrimonios que se han unido
con lazos insondables. Santifica con tu poder divino su amor
débil y humano, para que se mantenga constante en las puertas
de la vida. Haz que se amen con amor ininterrumpido, dispuestos
a recibir a los hijos que el Padre les regala, recordando tu
palabra: “El que recibe a uno de estos niños por amor a mí, a mí
en persona me recibe”
Asiste a los padres para que eduquen bien a sus hijos. Infunde tu
amor en las familias. Realiza el milagro de nuestro tiempo, tu
milagro: las familias santas. Ellas dan testimonio de Cristo y
para Cristo. Despierta lo que en las familias está dormido,
reaviva lo que está muerto, haz luz donde reina la oscuridad y la
duda, caldea lo que está falto de amor, une lo que amenaza
resquebrajarse y fortalece los buenos comienzos.
Espíritu Santo, Tú santificaste la familia de Nazareth.
Santifica también nuestras familias. Moldéalas a su ejemplo,
según tu modelo, a fin de que sean, como aquélla, un reflejo de la
Trinidad. Amén.
CONTINÚA EN
PENTECOSTES
II
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