Hablemos de libre gracia
Habla de gran compromiso
Conferencia
¿Cómo Hablar de Gracia en nuestro
contexto?
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El concepto de libre gracia
comprometida que nos presenta Pablo y
que acompaña esta reflexión nos remite a
una gracia que es justicia, pues como dice
Pablo:
“aparte de la ley se ha manifestado la
justicia de Dios”(Rom 3:21s),
que es vida en el Espíritu(Rom. 8:1-2),
ley de Cristo, es decir el ágape (1 Corintios
9:21), y
es libertad(Gal. 2:4s).
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Frente esta gracia manifestada
desde la creación hasta
Jesucristo (Juan 3:16), no
podemos esconder nuestro
asombro a tanta misericordia y
más aún que para recibirla no
presupone méritos. Es gracia
reparadora y habilitadora, es
gracia que no es obra. Nuestra
fe está basada en esta
gratuidad que viene del amor de
Dios sin límites y sin
condiciones/condiciones, y
nuestras acciones son
respuestas espontáneas de la
gracia recibida.
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Sin embargo no podemos dejar de decir
que por más esfuerzo que hagamos definir
gracia es una gran dificultad. Hablar de
gracia es remitirnos a la experiencia de
gracia y quedarnos con la sensación que ni
el apóstol Pablo encontró en nuestro
lenguaje la posibilidad de expresar lo que
es esta gracia de Dios.
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Como Rubem Alves, un maestro brasileño
menciona, que con nuestros lenguaje
colocamos límites y sin duda que “los limites
de nuestro lenguaje , denotan los límites de
nuestro mundo.[1]
La gracia es limitada por nuestro propio
lenguaje/mundo.
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[1] Rubem Alves en su libro “Teología como un juego” menciona al autor Wittgentein.
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Es decir, sin méritos somos convocados por el amor
de Dios a esta salvación, por gracia y no por obras.
Llaman la atención, ante esta gratuidad divina, las
preguntas que se hace es su reflexión sobre la
gracia de Dios y la condición del ser humano
¿estaría el ser humano en condiciones de recibir la
gracia, gracia de Dios?
...¿No es así que constantemente la gracia se
transforma en desgracia en nuestras manos?
Pareciera que necesariamente debamos subrayar,
como lo hacemos los predicadores, el hecho que la
gracia es la gracia de Dios, acto suyo, obra suya,
voluntad suya y Reino suyo, que nos hace
participes por gracia y no para desgracia.
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Para este acto no es sólo una
determinación, sino que es una
predeterminación, o como lo
trabaja en el propósito de su
escrito, es una predestinación de
nuestra existencia humana. En
definitiva, al recibir esta gracia
comprometida no es sólo de
nosotros(as), pero sí de una
instancia superior, de una
superioridad fundamental y
cualitativa.[1]
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[1] Dadiva e louvor. São Leopoldo, Sinodal, 1986. p. 239
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Sin duda que, invocando su postura de un
Dios trascendente, deja claro su
preocupación por esta persistente necesidad
que se percibe, de colocarle un precio
(económico) a la gracia de gracia
comprometida, de buscar la manera de
manipular la gracia para beneficio propio, de
cobrar un importe que deben pagar los que
justamente están llamados(as) a la libre
gratuidad fiel de la misericordia de Dios.
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Es decir se destaca el binomio
gracia/gratuidad (jaris/eujaristía),
al insistir en que la libre gracia
comprometida debe ser el principio
central de nuestra predicación/enseñanza
y la gratuidad fiel el motor central de
nuestra ética.
Para Pablo la libertad dada por
Cristo es una dadiva de Dios, una
gracia que exige una decisión firme
de parte de aquellos y aquellas que
de ella se benefician, a fin de que
permanezca.
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La experiencia de la
gracia es una experiencia de alivio en
Dios, es una invitación al descanso.
 “Venid a mí todos los que estáis
trabajados y cargados, y yo os haré
descansar”(San Mateo 11:28)
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Dios esta
incondicionalmente/condicionalmente
disponible para nosotros y nosotras y nos
acepta tal cual somos. Este nuevo camino
de verdad, de vida y libertad requiere lucidez
para percibir las posibilidades de la fe y de la
nueva vida que él proporciona, pues es
libertad para liberar y amor para amar.
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Dios en su absoluta condescendencia, y
siendo su gracia el único principio de la
salvación, no elimina la libertad del hombre y
la mujer, sino que es participante.
La gracia no se le impone sin consultarle,
sino que solamente le es entregada y a
través de la gracia misma el ser humano la
acepta o no. Si bien es Dios el que nos
regala su libre gracia, no la da sin que le
haya sido requerida, sino solamente si
nosotros o nosotras la pedimos.
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De esta manera Dios corre el riesgo de ser
rechazado, porque es él quien tendría la
libertad de imponernos su gracia, es libre
hasta de su propia libertad, libre por amor.
Dios por su gracia nunca humilla, sino que
ella misma es humilde y se entrega
humildemente a su decisión de aceptarla o
rechazarla.
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