P. Joseba Segura
PRIMERA PARTE
ESPERANZA CRISTIANA Y
ESPERANZAS DEL MUNDO
(1-31)
Introducción (1)
La salvación no es algo que nos ha ocurrido y ya
está. La salvación se nos ofrece como esperanza
fiable que nos ayuda a vivir.
Esta esperanza ilumina el presente y nos permite
avanzar hacia el futuro, seguros de la meta y, por
esa razón, capaces de afrontar las dificultades del
camino.
Pero, ¿qué clase de esperanza es capaz de producir
este efecto, capaz realmente de salvarnos? ¿De
qué certeza se trata?
La fe es esperanza (2)
• Esperanza es una palabra central en la Biblia. En
muchos pasajes fe y esperanza parecen
intercambiables.
• “No os aflijáis como hombres sin esperanza” (1Ts
4,13). No conocemos los detalles de nuestro
futuro pero sabemos algo importante, cierto, que
nos permite sobrellevar el presente. Para los
creyentes la puerta oscura del futuro se ha
abierto de par en par.
• Eso sí: quien tiene esta esperanza, vive de una
manera nueva.
Una esperanza que cambia la vida (3)
• El único modo de alcanzar esta esperanza es
buscar y conocer al Dios verdadero (Ef 2,12).
• Para nosotros, acostumbrados a vivir en esta
esperanza, puede que esta noticia ya no nos
sorprenda. Pero para los que descubren la fe,
como por Josefina Bakhita, la esperanza en
Cristo transforma radicalmente la vida.
La esperanza de la Iglesia primitiva (4)
• La experiencia de Bakhita fue la de muchas
personas, esclavos o maltratados en el mundo
antiguo que conocieron el cristianismo.
• Jesús no traía un mensaje revolucionario sino una
propuesta radical: el encuentro con el Dios vivo.
• Pero su propuesta tiene consecuencias en las
relaciones sociales como se refleja en la carta de
Pablo a Filemón, al recomendarle que acoja a
Onésimo, su antiguo esclavo, como hermano. Así
la sociedad cambia desde dentro incluso si las
estructuras sociales son las mismas.
Esperanza para los pobres y para todo
ser humano (5)
• El cristianismo fue un mensaje liberador para
esclavos y oprimidos pero también hubo
conversiones en las clases cultas y acomodadas.
• La esperanza cristiana libera del determinismo
cósmico y de la creencia de que todo está regido
por las leyes de la materia. La vida no es producto
de un destino cerrado o de una simple
casualidad: en última instancia hay un sentido,
una voluntad personal, un Espíritu que en Jesús
se ha revelado como amor.
Cristo, filósofo y pastor (6)
• En la imaginería de los sarcófagos antiguos, Cristo se
representa como filósofo y como pastor.
• En aquel tiempo el filósofo no era el intelectual sino el
maestro que enseñaba el arte de vivir y morir rectamente.
Así Cristo era percibido y representado como el filósofo por
excelencia, que conocía el camino verdadero. Un camino
que lleva más allá de la muerte.
• Lo mismo puede decirse de la imagen de pastor. El pastor
verdadero es aquel capaz de acompañar por sendas
oscuras (Sal 22), incluso de atravesar el valle de la muerte.
Tener la convicción de que Cristo es ese filósofo y ese
pastor, es la nueva esperanza que se extiende con rapidez
en el mundo antiguo.
La fe, substancia de lo que se espera
(Hb 11,1) (7)
• Este texto nos dice que por la fe, de manera incipiente,
ya están realmente presentes en nosotros las
realidades que esperamos.
• La realidad substancial de la fe genera una certeza: lo
que todavía no vemos, está sin embargo en camino y
ya podemos percibirlo.
• Es importante subrayarlo: la fe no es una disposición
subjetiva que espera lo que ha de venir. La fe nos
aporta ya algo, concreto y significativo, de aquello que
esperamos. El hecho de que ese futuro existe, cambia
nuestro presente.
Una fe que genera libertad (8)
• Donde está viva la substancia de la fe, queda
relativizada lo que la mayoría considera
verdaderamente substancial, es decir, la seguridad
económica (Hb 10, 34).
• La fe otorga a la vida una base nueva. La fe crea
libertad. Y esa libertad está en la base de la aceptación
de las grandes renuncias, incluso del martirio. Libertad
de quienes dejan todo por amor a Cristo y para
transmitir a Cristo.
• La vida de esos testigos reflejan que la fe es realmente
“substancia” y fundamento de una esperanza sólida.
Perseverancia y valentía (9)
• El creyente sabe esperar, soportando
pacientemente las pruebas, hasta alcanzar la
plenitud de la promesa (Hb 10,36). Puede
perseverar con fidelidad porque su existencia
se basa en la certeza de una esperanza.
• Esa certeza hace que, en una situación
arriesgada, en vez de retraernos con miedo,
podamos defender lo que es verdadero y justo
(Hb 10,39).
¿Qué es la vida eterna? (10)
• La forma clásica de acogida al rito del
Bautismo pregunta a los padres: ¿Qué pedís a
la Iglesia? La fe. Y ¿qué da la fe? La vida
eterna.
• Pero, ¿qué es vivir eternamente? A muchos
hoy esta propuesta les produce rechazo. Vivir
sin fin les parece aburrido e incluso
insoportable.
Confusos, seguimos buscando (11)
• Sufrimos cierto grado de contradicción: por un lado no
queremos morir; por otro tampoco queremos seguir
existiendo ilimitadamente y además la tierra no lo
soportaría.
• Dice San Agustín: nos gustaría vivir la vida en plenitud;
aspiramos y pedimos en la oración constantemente la
felicidad para nosotros y para nuestros seres queridos.
Aunque no sabemos lo que deseamos, lo que nos
conviene (Rm 8, 26), estamos convencidos de que debe
existir algo diferente, algo hacia lo que nos sentimos
impulsados.
Eternidad intemporal (12)
• Esta realidad desconocida a la que aspiramos es, al
mismo tiempo, causa de impulsos positivos y
destructivos, motivo de esperanza y desesperación.
• Desde esta experiencia ambivalente, la expresión “vida
eterna”, entendida como prolongación sin fin de la vida
que conocemos, no resulta una perspectiva atractiva.
• Pero la intemporalidad de Dios no es una sucesión
ilimitada del tiempo que conocemos sino la
experiencia prolongada de un momento de plenitud.
Jesús lo expresa así: “volveré a veros, se alegrará
vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn
16,22).
Esperanza individualista (13)
• Este saber que no sabe, esta esperanza que
busca concretarse, ha sido representada de
maneras diversas a lo largo de la historia.
• Algunas de esas representaciones han sido
acusadas de individualismo, de ser una
búsqueda de salvación eterna exclusivamente
privada que abandona el mundo a su miseria.
Esperanza comunitaria (14)
• En la teología de los Padres la salvación es
siempre comunitaria. El pecado es destrucción de
la unidad del género humano; por eso la
redención refleja de manera sacramental y real,
el restablecimiento de esa unidad.
• La vida verdadera hacia la que buscamos
reorientarnos siempre de nuevo, solo puede
realizarse dentro de un “nosotros.” El aislamiento
en el “yo” es incompatible con la experiencia de
la alegría de Dios y con Dios mismo.
Esperanza y mundo presente (15)
• La búsqueda de la vida plena, va más allá del mundo
presente pero tiene también que ver con la edificación de
este mundo.
• Incluso los monasterios medievales tenían conciencia clara
de sus responsabilidades en el mundo. Bernardo lo expresa
así: aunque el monasterio no puede restablecer el Paraíso,
se esfuerza, cultivando la espiritualidad y el trabajo, en
preparar el nuevo Paraíso, talando los árboles de la
soberbia y extirpando las malas hierbas que hacen
inservible el terreno.
• Hoy lo comprobamos una vez más: allí donde las almas
crecen salvajes, no es posible una organización justa y
humana del mundo.
La esperanza cristiana se transforma:
la fe en el progreso (16-17)
• En el siglo XVII, con Francis Bacon, la ciencia
moderna promete al hombre una nueva forma
de redención: el restablecimiento del dominio
sobre la creación, la vuelta al paraíso perdido.
• Así la redención ya no se espera de la fe. En
esta clave la fe es “fe en el progreso.” Los
constantes y visibles adelantos que genera la
tecnología, parecen confirmar y alimentar esta
confianza.
Progreso en razón y libertad (18)
• La idea de “progreso” se vincula a dos categorías centrales:
“razón” (progreso como creciente dominio de la razón) y
“libertad” (progreso que nos permite superar todas las
dependencias).
• En un primer momento las condiciones políticas de este
“reino humano” de razón y libertad aparecen poco
definidas. Se considera que la bondad intrínseca de estas
ideas garantiza el logro de una comunidad humana
perfecta.
• Pero es clara la potencialidad revolucionaria de este modo
de pensar: cuestiona los vínculos de la fe y de la Iglesia, así
como los ordenamientos estatales de la época.
La revolución francesa (19)
• La revolución francesa es el intento de instaurar en un
ordenamiento político el ideal de esa fe en el progreso
de la razón y la libertad.
• Kant lo interpreta así: el Reino de Dios del que había
hablado Jesús, se redefine y se concreta. La fe
eclesiástica es reemplazada por la fe en la razón.
• Más adelante Kant expresará un temor: la substitución
de la fe cristiana por otra secular podría resultar en un
régimen “fundado presumiblemente en el miedo y el
egoísmo” que, tras un breve periodo de tiempo
evolucione en una perspectiva moral hacia “un final
perverso de todas las cosas.”
La revolución proletaria (20)
• Pero el “progreso” presentó pronto otra cara: la tecnología
y la industrialización crearon rupturas sociales y un enorme
colectivo de pobres.
• Engels y Marx anuncian la necesidad de una nueva
revolución, esta vez proletaria, que iba a suponer el paso
definitivo en la historia de la salvación, la etapa final de lo
que Kant había denominado la llegada del Reino de Dios.
• Así la verdad del más allá (ahora irrelevante) se convierte
en la verdad del más acá, la crítica del cielo en crítica de la
tierra, la batalla contra la teología en batalla política.
• Ahora el progreso no se espera automáticamente de la
ciencia sino de la política, de un ordenamiento social
científicamente construido.
El error de Marx (21)
• Marx indicó con exactitud cómo promover la
revolución pero no nos dijo nada sobre qué se debía
hacer después. Suponía que acabando con el
capitalismo llegaría una “nueva Jerusalén” en la que
desaparecerían todas las contradicciones y tensiones
históricas.
• Tras este error se esconde otro más de fondo: Marx
olvidó que el ser humano es siempre ser humano, no
tomó en cuenta su libertad. Creyó que transformando
las condiciones económicas todo quedaba solucionado.
El error de fondo de Marx es su materialismo.
La ambigüedad del progreso técnico
(22)
• El cristianismo tiene que repensar su esperanza
para saber lo que puede y lo que no puede
ofrecer al mundo.
• La idea de progreso, ya lo anunció Adorno, se ha
manifestado enormemente ambigua: el progreso
puede ponerse al servicio del bien o abrir
terribles posibilidades para el mal.
• Si el progreso técnico no conlleva una
correspondiente formación ética, un crecimiento
interior del ser humano (Ef3,16; 2Cor4,16), se
convierte en una amenaza para el mundo.
Un “Reino de Dios” sin Dios (23)
• De igual modo, una razón y una libertad sin Dios,
pierden su orientación y su sentido auténticos.
• La razón del poder y del hacer necesita apertura a la
fuerza salvadora de la fe, que le permite discernir el
bien del mal.
• La libertad, sin dirección, se convierte en una amenaza
para si misma y para la creación.
• Dicho de modo sencillo y directo: el hombre necesita
de Dios. Sin él se queda sin esperanza. La búsqueda de
un “Reino de Dios” secular, es decir sin Dios,
desemboca en el “final perverso de todas las cosas” al
que se refirió Kant.
Progreso moral y libertad humana
(24a)
• En el ámbito científico y tecnológico es posible un
progreso acumulativo y creciente pero en el
ámbito de la conciencia ética y la decisión moral,
esa posibilidad no existe porque la libertad del
ser humano es siempre nueva y tiene que tomar
sus decisiones.
• La libertad humana presupone que cada ser
humano, cada generación, tiene un nuevo inicio.
Cierto que ellas pueden construir a partir del
tesoro moral acumulado en la humanidad pero
también pueden rechazarlo.
Progreso moral y libertad humana
(24b)
a.
b.
(Textos de la encíclica citados literalmente por su interés)
El recto estado de las cosas humanas, el bienestar moral del mundo, nunca
puede garantizarse solamente a través de estructuras, por muy válidas que éstas
sean. Dichas estructuras no sólo son importantes, sino necesarias; sin embargo,
no pueden ni deben dejar al margen la libertad del hombre. Incluso las mejores
estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas
convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al
ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción; una convicción
no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada comunitariamente
siempre de nuevo.
Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también
siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente
consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para
siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad
debe ser conquistada para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca
existe simplemente por sí misma. Si hubiera estructuras que establecieran de
manera definitiva una determinada –buena– condición del mundo, se negaría la
libertad del hombre, y por eso, a fin de cuentas, en modo alguno serían
estructuras buenas.
Ampliar el horizonte de la esperanza
cristiana (25)
• Cada nueva generación puede y debe hacer su
contribución para establecer ordenamientos
justos y convincentes en la estructura social. Pero
esa búsqueda será siempre lenta, fatigosa e
inacabada.
• El cristianismo, acomplejado ante los avances
científicos, ha concentrado gran parte de sus
esfuerzos en el individuo y la salvación personal.
De este modo ha reducido el horizonte de su
esperanza y limitado su responsabilidad ante el
mundo.
Solo el amor incondicional redime al
ser humano (26)
• La ciencia no salva. El hombre es redimido por el amor.
Nuestra propia experiencia confirma esta convicción
fundamental. Pero el amor humano es frágil y el ser
humano necesita amor incondicional, esa certeza de
que “ni muerte, ni vida, ni ángeles ni principados, ni
presente ni futuro… podrá apartarnos del amor de
Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”
(Rm8,38-39).
• Solo la certeza absoluta de este amor absoluto puede
redimir al ser humano, a todo ser humano, en
cualquier situación y condición.
Esperar la vida en plenitud (27)
• Desde la experiencia de la fe podemos decir que
quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples
esperanzas, está sin esperanza (Ef2,12).
• Quien ha sido tocado por el amor que nos ama
“hasta el extremo” (Jn13,1) empieza a entender
lo que es la esperanza cristiana y a entender que
“la vida eterna” es, sencillamente, vida en
plenitud (Jn10,10).
• Y esa vida no es vida para sí sino vida en relación
con quien no muere, con quien es la fuente de la
Vida y el Amor.
En comunión con Jesús (28)
• La comunión con Jesús nos impide caer en un
planteamiento individualista de salvación y nos
hace participar de su “ser para todos.”
• Esta comunión con Jesús resulta en una
inmediata responsabilidad por el otro: búsqueda
de la justicia, bondad en las relaciones humanas,
libertad interior respecto a bienes materiales.
Vivir para Cristo (2Cor5,15) significa dejarse
moldear en su “ser-para.”
La esperanza de Agustín (29)
Agustín, a pesar de la situación límite del africa romana
en la que le tocó vivir, quiso transmitir esperanza
participando con todas sus fuerzas, a pesar de su
carácter introvertido, en la gestión de la vida pública.
(Nota: este número no va a quedar como el más inspirado
de la Encíclica. Especialmente la última frase que dice:
“Gracias a su esperanza, Agustín se dedicó a la gente
sencilla y a su ciudad; renunció a su nobleza espiritual y
predicó y actuó de manera sencilla para la gente
sencilla”??? Uno tiene la sensación de que Benedicto
se identifica con Agustín, en su “carácter introvertido”
y en una “nobleza espiritual” a la que toca renunciar
para asumir responsabilidades eclesiales.)
Resumen de lo dicho hasta aquí
(30-31)
(Nota: Estos dos números quieren ser un
resumen sencillo de las principales ideas
desarrolladas en esta primera parte que
hemos titulado, “Esperanza cristiana y
esperanzas del mundo.” Por esa razón se
recogen a continuación en su literalidad.)
(30)
30. Resumamos lo que hasta ahora ha aflorado en el desarrollo de nuestras reflexiones. A lo largo de su
existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los
períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que
no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio;
la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su
vida. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no
lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que
sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá
alcanzar. En este sentido, la época moderna ha desarrollado la esperanza de la instauración de un
mundo perfecto que parecía poder lograrse gracias a los conocimientos de la ciencia y a una
política fundada científicamente. Así, la esperanza bíblica del reino de Dios ha sido reemplazada por
la esperanza del reino del hombre, por la esperanza de un mundo mejor que sería el verdadero «
reino de Dios ». Esta esperanza parecía ser finalmente la esperanza grande y realista, la que el
hombre necesita. Ésta sería capaz de movilizar –por algún tiempo– todas las energías del hombre;
este gran objetivo parecía merecer todo tipo de esfuerzos. Pero a lo largo del tiempo se vio
claramente que esta esperanza se va alejando cada vez más. Ante todo se tomó conciencia de que
ésta era quizás una esperanza para los hombres del mañana, pero no una esperanza para mí. Y
aunque el « para todos » forme parte de la gran esperanza –no puedo ciertamente llegar a ser feliz
contra o sin los otros–, es verdad que una esperanza que no se refiera a mí personalmente, ni
siquiera es una verdadera esperanza. También resultó evidente que ésta era una esperanza contra
la libertad, porque la situación de las realidades humanas depende en cada generación de la libre
decisión de los hombres que pertenecen a ella. Si, debido a las condiciones y a las estructuras, se
les privara de esta libertad, el mundo, a fin de cuentas, no sería bueno, porque un mundo sin
libertad no sería en absoluto un mundo bueno. Así, aunque sea necesario un empeño constante
para mejorar el mundo, el mundo mejor del mañana no puede ser el contenido propio y suficiente
de nuestra esperanza. A este propósito se plantea siempre la pregunta: ¿Cuándo es « mejor » el
mundo? ¿Qué es lo que lo hace bueno? ¿Según qué criterio se puede valorar si es bueno? ¿Y por
qué vías se puede alcanzar esta « bondad »?
(31)
31. Más aún: nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos
mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no
bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer
y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don
forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el
Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a
la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que
nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su
amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la
esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para
nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo,
esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es « realmente » vida. Trataremos de
concretar más esta idea en la última parte, fijando nuestra atención en algunos « lugares » de
aprendizaje y ejercicio práctico de la esperanza.
SEGUNDA PARTE
LUGARES DE APRENDIZAJE Y EJERCICIO DE LA
ESPERANZA
La oración (32-34)
El actuar y el sufrir (35-40)
El juicio (41-48)
La oración, escuela de esperanza
(32-34)
•
•
•
•
Cuando nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Si no puedo hablar con
nadie, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si nadie puede
ayudarme, El puede ayudarme. Quien reza no está totalmente solo.
Agustín ilustra de forma bella la relación entre oración y esperanza. Define la
oración como un ejercicio de deseo. El hombre ha sido creado para ser colmado
por Dios mismo. Pero su corazón es demasiado pequeño. Necesita ser
ensanchado. Dios, retardando su don, ensancha el deseo; con el deseo, ensancha
el alma y así la hace capaz de su don.” Agustín entiende así a San Pablo que dice
estar lanzado a lo que está delante (Flp3,13).
La oración verdadera supone purificación del vinagre interior y de su sabor,
produce una apertura que recibe el don de Dios y resulta en apertura a los demás.
La oración enseña a purificar deseos y esperanzas de las mentiras con las que nos
engañamos a nosotros mismos.
La oración debe ser personal pero también ha de estar iluminada por las grandes
oraciones de la Iglesia y de los santos. De este modo nos hacemos capaces de Dios
y de servir a los hombres. Así nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos
hacemos ministros de esperanzas para los demás.
El actuar: escuela de esperanza (35)
• Toda actuación seria y recta es esperanza en acto.
• Pero para que los esfuerzos cotidianos no nos cansen o no
se conviertan en fanatismo, estos deben ser iluminados por
la luz de una esperanza más grande. Una esperanza que no
se acaba cuando mi debilidad física o las limitaciones de la
situación histórica que me toca vivir nos dejan sin otras
esperanzas.
• Con nuestras fuerzas no construimos Reino de Dios sino
reinos del hombre. Aquel es don y nunca es merecido. Pero
nuestro esfuerzo merece la pena como trabajo para abrir al
mundo a Dios. Y esto siempre tiene sentido, incluso cuando
en apariencia las fuerzas hostiles son mucho más
poderosas que las nuestras.
Sufrimiento: escuela de esperanza (36)
• El sufrimiento es parte de la experiencia humana. Resulta
de nuestra finitud y de la gran cantidad de culpas
acumuladas en la historia.
• Se debe luchar contra el sufrimiento pero, por ser reflejo de
nuestra limitación y de la fuerza del mal, nunca vamos a
extirparlo por completo. Además en las últimas décadas ha
aumentado el sufrimiento de inocentes y las dolencias
psíquicas.
• Nuestra esperanza incluye una salvación, don de Dios, que
“quita el pecado del mundo” y nos libera del sufrimiento.
Esta esperanza nos da valor para ponernos de parte del
bien. Pero es esperanza y aún no es realización plena. En
esta existencia “el poder de la culpa permanece como una
presencia terrible, incluso para el futuro.”
Sufrimiento: camino de crecimiento
humano y cristiano(37)
• La obsesión por evitar el sufrimiento y huir del
dolor, lejos de ayudar al hombre, le hace daño.
• La tribulación ayuda a madurar y adquiere pleno
sentido en la unión con Cristo, que sufrió con
amor infinito.
• En algunos casos, como el del mártir vietnamita
Pablo Le-Bao-Thin, la experiencia del infierno
acompañado por Cristo que descendió a los
infiernos, sin dejar de ser sufrimiento, se
convierte en canto de alabanza.
Actitud ante el sufrimiento: medida de
humanidad (38)
• La grandeza ética de una sociedad se expresa en su capacidad de
compadecerse ante el sufrimiento.
• Pero una sociedad no aceptará y sostendrá a los que sufren si sus
miembros no lo hacen. Y éstos no lo harán si no ven en el
sufrimiento un sentido, un camino de maduración. Cuando el
sufrimiento es vivido junto a otros, queda traspasado por la luz del
amor y adquiere así un sentido nuevo.
• La defensa del bien, de la verdad y de la justicia conlleva en muchas
situaciones una dosis de sufrimiento. Si el único valor es mi
bienestar, si nadie quiere arriesgar nada por defender lo justo,
nuestra vida se convierte en una gran mentira.
• Además el amor verdadero es fuente de sufrimiento porque exige
renuncias de mi yo, en las que me dejo modelar y aprendo a
madurar. De otro modo no es amor sino egoísmo disfrazado.
Sentido cristiano del sufrimiento
(39)
• Así pues sufrir (1) con los otros (2) por defender la verdad y la justicia (3)
para aprender a amar realmente, son experiencias esenciales cuya pérdida
destruiría al mismo ser humano.
• El cristianismo ha demostrado históricamente su capacidad de dar sentido
a estos modos de sufrir decisivos para la humanidad. La compasión de
Dios manifestada en la vida y en la muerte de Cristo entra en cada
sufrimiento como “con-solatio”, como consuelo del amor cercano de Dios
que hace surgir la estrella de la esperanza.
• Para superar pruebas menores son suficientes los gestos y las esperanzas
menores. Pero las grandes pruebas requieren de la certeza verdadera que
da la fe y de la gran esperanza que solo Dios puede dar.
• Necesitamos testigos mártires, ejemplos de entrega total, que nos
recuerden diariamente una verdad esencial: la humanidad lo es
plenamente en la medida en que el ser humano demuestra capacidad de
sufrir por amor a la verdad. Y para poder aceptar y entender ese
sufrimiento es necesario estar llenos de la gran esperanza.
“Ofrecer” los propios sufrimientos (40)
• La espiritualidad tradicional animaba a los creyentes a
“ofrecer” contrariedades y sufrimientos personales,
dándoles así un sentido religioso.
• Ese “ofrecer” era un modo de conectar sus dificultades
con el gran tesoro de compasión que necesita el
género humano, de integrarlas en el gran océano de
“compasión” de Cristo.
• Superando algunas exageraciones e incluso ciertas
prácticas malsanas, tal vez en estas formas
tradicionales de espiritualidad haya un sentido valioso
que merezca la pena recuperar.
Juicio: lugar de aprendizaje y ejercicio
de esperanza (41)
• El credo concluye con estas palabras sobre
Cristo: “de nuevo vendrá con gloria para juzgar
a vivos y muertos.”
• Desde los primeros tiempos la perspectiva del
juicio ha influido en los cristianos:
1. Como llamada a la conciencia para ordenar su
vida presente.
2. Como esperanza en la justicia de Dios.
Una justicia imposible (42)
• En la época moderna la idea cristiana del juicio final se ha
debilitado y se ha visto transformada en algo diferente.
• Se dice: un mundo con tanta injusticia no puede ser la obra de un
Dios bueno. La búsqueda moral de una sociedad justa lleva a
cuestionar a Dios. Y ya que no hay un Dios que cree justicia, el
mismo ser humano está llamado a restablecerla.
• Si la protesta contra Dios es comprensible, la pretensión de que la
humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace o puede
hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa. No por casualidad de
esta premisa se han derivado las más grandes crueldades y
violaciones de la justicia.
• Un mundo condenado a crear justicia por sí mismo es un mundo sin
esperanza. Nadie ni nada responde al sufrimiento de los siglos.
Nadie ni nada asegura contra el cinismo del poder que se oculta
tras diversos revestimientos ideológicos.
Juicio final como justicia plena (43)
•
•
•
Hablar de Dios requiere siempre cautela. Pero desconfiar de las imágenes
divinas no significa renunciar a conocer o decir nada sobre Dios. Porque Él
mismo se ha dado una “imagen” en Cristo.
Nuestra confianza en la justicia divina se asienta en la vida, muerte y
resurrección de Cristo: Dios sabe crear justicia de un modo que nosotros no
somos capaces de comprender del todo pero que, sin embargo, podemos
intuir en la fe.
La fe en el juicio final es ante todo esperanza en el triunfo definitivo de la
justicia: “estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento
esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte a favor de la vida eterna.” La
búsqueda de la plenitud que aquí no alcanzamos y de la inmortalidad del
amor que esperamos, son dos motivos importantes para creer en la vida
eterna. Pero la necesidad del retorno de Cristo llega a ser plenamente
convincente sólo desde la convicción de que la injusticia de la historia no
puede ser la última palabra.
Juicio final: esperanza,
responsabilidad y gracia (44)
• Así pues el juicio final, más que producir terror, es la
imagen decisiva de la esperanza. Eso sí, al mismo tiempo
exige responsabilidad.
• Dios es justicia y crea justicia. Pero en su justicia hay
también gracia. Ambas –justicia y gracia- han de ser vistas
en una relación equilibrada. La gracia no excluye la justicia.
No es un cepillo que borra todo, desdibujando lo que cada
cual ha hecho en la tierra.
• En la parábola del rico Epulón (Lc16,19-31) Jesús nos
presenta la imagen de un alma que ha cavado ella misma
un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su
cerrazón, el foso del olvido del otro y de la incapacidad para
amar.
La vida entera ante el juez (45-46)
• Tras la muerte, la vida del ser humano está toda ella ante el Juez. Su
opción puede tener distintas formas:
– Puede haberse destruido totalmente el deseo de verdad y la
disponibilidad para el amor.
– Puede haber personas purísimas, completamente abiertas al prójimo
que se han dejado impregnar completamente por Dios.
– La mayoría estaremos entre estos dos extremos: serán personas
abiertas a la verdad en su ser íntimo pero con mucha suciedad
acumulada en una vida con muchas decisiones que recubren esa
pureza.
• San Pablo (1Cor3,12-15) nos dice que los cristianos construimos
sobre Jesucristo, cimiento común, casas de mayor o menor calidad.
Esas construcciones serán probadas a fuego en el juicio. Algunas
resistirán y otras sufrirán daño.
Juicio final: encuentro de fuego con
Cristo (47)
• Algunos teólogos recientes opinan que ese fuego que arde y salva
no es sino Cristo, juez y salvador. Ante su mirada las máscaras caen
al suelo y la falsedad se desvanece. En este encuentro purificador
está la salvación. No es posible calcular con nuestras medidas la
duración de este arder purificador con el Hijo, de ese tiempo de
paso a la comunión con Dios en el cuerpo de Cristo.
• Así se entiende mejor la relación “justicia-gracia”: nuestro modo de
vivir no es irrelevante pero nuestra inmundicia no nos ensucia
eternamente, al menos si permanecemos orientados a Cristo que
con su pasión y cruz ya ha quemado esa suciedad. Si este
encuentro fuera solamente gracia, lo terrenal sería irrelevante. Si
fuera solo justicia, el juicio sería motivo de temor. Esperamos
nuestra salvación “con temor y temblor” (Fil2,12). Pero la realidad
de la gracia nos permite encaminarnos con confianza al encuentro
con el juez, que también es nuestro abogado (1Jn2,1).
Rezar por los difuntos (48)
•
•
•
•
La tradición cristiana ha defendido siempre que el amor llega más allá de la
muerte, que es posible un recíproco dar y recibir a ambos lados de lo que para
muchos es una barrera infranqueable, que por la Eucaristía, la oración y la
limosna las almas de los difuntos pueden tener consuelo y alivio.
Ahora bien, si el purgatorio es una experiencia de purificación en el fuego que
es Cristo, ¿cómo puede intervenir un tercero, por mucho que sea cercano?
Nadie vive solo, ninguno peca solo, nadie se salva solo. Mi vida entra en la de
los demás, tanto en el bien como en el mal. Por eso la intercesión por otra
persona tiene sentido incluso después de la muerte. En el entramado del ser
mi gratitud, mi oración puede significar parte de su purificación.
Así se aclara otro aspecto de la esperanza cristiana: nuestra esperanza es
siempre y esencialmente esperanza para los otros. Solo así será también
esperanza para mí. El cristiano no debe preguntar solo por su propia salvación.
El camino más pleno de la salvación personal es siempre este: ¿qué puedo
hacer para que otros se salven, para que también para ellos surja la estrella de
la esperanza?
María, estrella de la esperanza (49)
• La vida es un viaje a través de un borrascoso mar.
¿Quién mejor que María, la “estrella del mar” para
orientar esa travesía?
• Invoquemos confianza a la que con su “sí” abrió en el
mundo una esperanza que no defrauda, un sí que
inauguró un reino distinto al esperado pero que
iniciado en la encarnación de Cristo ya nunca tendrá
fin.
• María, madre de Dios y madre nuestra, enséñanos a
creer, esperar y amar contigo. “Stella maris”, brilla
sobre nosotros y guía nuestro camino.
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