Sufrimientos y sacrificios, ¿será
este el camino de la humillación
que necesitamos para alcanzar
gracia y salvación?
Y si no es este, ¿necesitamos
humillarnos? ¿por qué? ¿ante
quién?
La misma noche que Jesús fue entregado,
previamente compartió la cena y antes
instituyó el rito del lavamiento de los pies con
un mensaje impactante para los discípulos y
para todos nosotros.
El Señor Jesús, “habiendo amado a los
suyos, los amó hasta el extremo” es
decir los amó hasta el fin, sin cesar y
hasta el extremo al que solo puede llegar
su amor.
Amó a los suyos aunque no lo recibieron.
Amó y ama a los que no lo recibieron ni lo
reciben aún, pero son suyos.
Son sus hermanos, sus hijos, su familia.
Y una manera clara y gráfica de
mostrar ese amor fue lavando los
pies.
“Y habiendo amado a los suyos que estaban en
el mundo, los amó hasta el fin. Estaba ahora en
la misma sombra de la cruz, y el dolor torturaba
su corazón. Sabía que sería abandonado en la
hora de su entrega. Sabía que se le daría muerte
por el más humillante procedimiento aplicado a
los criminales…
... Conocía la ingratitud y crueldad de aquellos a
quienes había venido a salvar. Sabía cuán grande
era el sacrificio que debía hacer, y para cuántos
sería en vano. Sus pensamientos acerca de lo
que él mismo debía sufrir estaban siempre
relacionados con sus discípulos. No pensaba en
sí mismo. Su cuidado por ellos era lo que
predominaba en su ánimo” (El deseado de todas las
gentes, p. 599).
“Sabiendo Jesús que el Padre le había
dado todas las cosas en las manos […]
se levantó de la cena” (v.3, 4).
Conocía su rango, sabía de su reino
presente y futuro. Y se levantó de la
cena, no para ser tratado como Rey sino
para brindar un servicio de esclavos.
Ninguno de los discípulos pensó en
lavar, ellos estaban discutiendo quien era
el mayor, no se rebajarían al papel de
siervos.
Y la máxima evidencia de la
humildad de Jesús fue lavar los pies
de Judas, el mayor de los
pecadores, aún sabiendo que estaba
tramando entregarle.
Jesús le pide a Pedro, confianza y
obediencia aunque al momento no
entienda: lo entenderá después.
En aquellos días los invitados se
bañaban en sus casas y al llegar a la
fiesta solo necesitaban ser lavados
los pies sudorosos y polvorientos.
Los que están lavados, es decir los
que recibieron el evangelio, no
necesitan lavarse todo el cuerpo, pero
sí necesitan los pies, porque todos los
días el Señor renueva su limpieza si
reconocemos nuestra suciedad.
“Pues si yo, el Señor y Maestro he
lavado vuestros pies, vosotros
también os debéis lavaros los pies
los unos a los otros” (v.14).
Aquí vemos la excelencia de la virtud de la
humildad, ya que Cristo le tributó el mayor
honor posible al humillarse a sí mismo.
Cuando vemos a nuestro Maestro sirviendo
¿cómo podremos atrevernos a vivir
dominando?
Debemos ir a Cristo para obtener su
gracia purificadora. Pedro rehuía el
poner sus pies contaminados en
contacto con las manos de su Señor
y Maestro.
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2-Pasos De Humillacion