Cuantas veces
nos reunimos
para celebrar la
la misa, lo hacemos
destacando la realidad
de Cristo resucitado; presente
en nosotros por la Palabra y por el
sacramento del Pan.
Pero en los días de Pascua lo
destacamos con mayor acento. ¡Cristo
ha resucitado y es el fundamento
de nuestra fe!
En el domingo cuarto de Pascua
conmemoramos a Cristo como Buen
Pastor, después de haber pasado tres
domingos celebrando la presencia viva de
Jesús resucitado.
Y en este domingo desde hace muchos
años celebramos en toda la Iglesia la
Jornada Mundial de Oración por las
Vocaciones consagradas: al sacerdocio, a
la vida religiosa, a la dedicación
misionera.
Nosotros queremos hacernos eco de
estas celebraciones, como miembros que
somos de la Iglesia universal.
Ven, Espíritu Santo,
Abre nuestros oídos para que
escuchemos la Palabra y desde ella
aumente en la grey de Cristo el deseo
de unidad, de mutuo respeto,
de acogida, de fraternidad,
porque éstos son los signos
de la presencia entre nosotros
y de la voluntad del Padre.
Que escuchemos la Palabra
Para que sigamos
a nuestro único Pastor, Jesucristo.
Amén.
Del discurso de Pedro el día de
Pentecostés, que habíamos leído en gran
parte el domingo pasado, escuchamos hoy
su conclusión, que es también el resumen de
todo el «kerigma» de Pedro en sus varios
discursos, o sea, del núcleo evangelizador
que contienen:
«sepa,
pues, todo Israel que a
ese Jesús, a quien ustedes
crucificaron, Dios lo ha
constituido Señor y Mesías».
Pedro invita a la conversión.
La situación del paganismo
se presentaba como obstáculo
a la evangelización.
Pedro afronta de modo
cariñoso, pero enérgico, esa
situación, llamando a la
conversión de todos.
El efecto del discurso es inmediato,
y muchos de los oyentes de Pedro
se preguntan: «¿qué hemos de
hacer?».
Lo que sigue es como el camino
programático de lo que significa la
iniciación cristiana, desde la fe al
bautismo y a la agregación a la
comunidad.
San Pedro, en su sermón,
explica cómo Jesús crucificado
y resucitado es Señor de todos.
Por lo mismo todos están
llamados a reconocer el señorío
de Jesús, no sólo con palabras
y sentimientos, sino por el
camino de la conversión.
No podía ser otro hoy el
salmo intercalado entre las
lecturas: «el Señor es mi
pastor, nada me falta». No
tanto como eco a la primera
lectura de hoy, sino por
sintonía con el ambiente de
toda la celebración, con la
clave central del Buen
Pastor.
La segunda lectura complementa la
primera. Aquí Pedro nos recuerda
que Jesús obtuvo su señorío por la
humildad y la misericordia, y
colocándose en nuestro lugar. («Sus
heridas nos han sanado»).
Por lo tanto Jesús es nuestro Señor
no como dueño o dominador, sino
como
pastor
bueno
y
misericordioso.
Ser perseguido por la justicia debe
ser lo más natural en el cristianismo.
De esa forma nos asimilamos con
Cristo por su misma causa.
Sería muy sospechosa la Iglesia,
si al proclamar el evangelio, no
tuviese que sufrir nunca nada de los
poderes constituidos, sino que más
bien apareciese como aliada de los
mismos.
Para un cristiano que tiene
que soportar dificultades y
sufrimientos, según Pedro en
su carta, el mejor modelo es
Cristo Jesús:
«padeció su pasión por
ustedes,
dejándoles
un
ejemplo para que sigan sus
huellas».
Al describir este ejemplo que nos
ha dejado Jesús, la carta hace como
un resumen del cuarto cántico del
Siervo, en Isaías 53:
«él no cometió pecado ni
encontraron engaño en su
boca... cargado con nuestros
pecados subió al leño... para
que nosotros vivamos para la
justicia. Sus heridas nos han
curado».
Y describe lo que significa en la vida
de un cristiano el haber encontrado a
Cristo Jesús: «si, obrando el bien,
soportan el sufrimiento, hacen una
cosa hermosa ante Dios, pues para
esto han sido llamados».
Además, este encuentro con Jesús,
buen Pastor, debe representar un
cambio
en
la
vida:
«andaban
descarriados como ovejas, pero ahora
han vuelto al pastor y guardián de sus
vidas».
Seguir el camino del Evangelio
de Jesús no es cosa fácil, pues para
llegar a la luz de la resurrección hay
que pasar por la cruz del
sufrimiento.
Por ello, el Apóstol Pedro insiste
en que hemos de seguir el camino y
ejemplo de Jesús que venció al mal
con el bien y tratado injustamente
no devolvía insulto por insulto.
El Apóstol Pedro pone de manifiesto en
su
primera
carta
tres
actitudes
fundamentales
en
el
creyente:
obedecer, hacer el bien y aceptar
el sufrimiento.
El Apóstol Pedro, al igual que San
Pablo, no son revolucionarios de las
estructuras sociales de su tiempo.
Tampoco aceptan la injusticia o los
malos tratos que se daban a las gentes
(criados o esclavos) con resignación.
La doctrina por ellos
proclamada, siguiendo el
Evangelio del amor
fraterno, de la igualdad
entre los hombres, de la
libertad en Cristo, llevaría a
la supresión de la
esclavitud.
Por otra parte, no solamente
el sufrimiento inocente de
Jesucristo es ejemplo para
nosotros, sino que fue el medio
por el que alcanzó el perdón para
nuestros pecados:
«se sometió al sacrificio
de la cruz para que por sus
heridas fuéramos
curados».
1 Les
aseguro: el que no entra por
la puerta al corral de las ovejas,
sino saltando por otra parte, es
un ladrón y asaltante. 2 El que
entra por la puerta es el pastor
del rebaño. 3 El cuidador le abre,
las ovejas oyen su voz, él llama a
las suyas por su nombre y las
saca.
14 Cuando
ha sacado a todas
las suyas, camina delante de
ellas y ellas lo siguen;
porque reconocen su voz.
5 A un extraño no le siguen,
sino que escapan de él,
porque no reconocen la voz
de los extraños.
Ésta es la parábola que
Jesús les propuso, pero ellos
no entendieron a qué se
refería. 7 Entonces, les habló
otra vez:
–Les aseguro que yo soy
la puerta del rebaño.
8 Todos los que vinieron
[antes de mí] eran ladrones y
asaltantes; pero las ovejas no
los escucharon.
6
Yo soy la puerta: quien
entra por mí se salvará;
podrá entrar y salir y
encontrar pastos.
10 El ladrón no viene más
que a robar, matar y
destrozar. Yo vine para
que tengan vida, y la
tengan en abundancia.
9
Palabra del Señor
R/. Gloria a Ti,
Señor Jesús
RE-LEAMOS LA PALABRA
PARA INTERIORIZARLA.
En el Evangelio Jesús se presenta
como el único Pastor confiable del pueblo.
Podemos confiar en él y seguirlo, porque
nos ha dado amplia prueba de ser «la
puerta de las ovejas»".
Y la prueba final fue su propia
muerte dolorosa y su resurrección por
el bien de las ovejas.
Como Jesús, los pastores y
evangelizadores de la Iglesia
deberían ser seguidos como
verdaderas y confiables «puerta de
las ovejas».
Pero también como Jesús, deben
«ganarse» esta confianza,
entregando sus vidas por las
ovejas, por el servicio y la
misericordia.
Las últimas palabras de este evangelio
merecen una atención especial. «Vine para que
tengan vida y la tengan en abundancia». Vida
abundante para cada persona es el don pascual
de Jesús.
Primeramente la vida nueva del espíritu: la
liberación del mal y del pecado haciéndonos
hijos de Dios para siempre.
Segundo, la humanización, el crecimiento en
verdadero humanismo, pues todo lo realmente
humano es también cristiano.
De las varias imágenes que en
el Nuevo Testamento intentan
describir quién es Jesús para
nosotros (el Cordero, el Señor, el
Rey, la Piedra angular, el Hijo del
Hombre, la Luz, el Siervo, la
Verdad, la Vida), en este domingo
cuarto de Pascua cada año se nos
presenta Jesús cómo el Buen
Pastor, siguiendo el capítulo 10 del
evangelio de Juan.
Ya
hablan
-aunque
menos
explícitamente que los pasajes de otros
ciclos- de Cristo como el auténtico
Pastor, que «conoce a sus ovejas», que
da la vida por ellas, que ha venido
«para que tengan vida y la tengan
abundante»
Pero, sobre todo, al explicar a los
fariseos la intención de sus palabras,
insiste más en que él mismo, Cristo
Jesús, es la legítima Puerta que da
acceso a pastores y ovejas al redil de
Dios.
Jesús es el buen pastor. El
pastor se distingue del ladrón en
que frente al rebaño tiene una
actitud de generosidad y de
entrega.
El pueblo que escuchaba a
Jesús retendría en su memoria
el recuerdo y la imagen cariñosa
del Rey David como Rey-Pastor,
que ganó la adhesión de su pueblo por
su dulzura y servicio a sus gentes.
Por eso esperaban que «el
Rey-Mesías» lejos de
«alimentarse a sí mismo», se
esforzaría en «buscar y cuidar la
oveja herida o descarriada».
Jesús se presenta
precisamente como ese Buen
Pastor, que atendería más a las
«ovejas», a las personas, que a
otros intereses.
El Buen Pastor, acaso para nosotros
un tanto desconocido por la diversidad
de culturas y de medios de vida
actuales pero muy común en el entorno
geográfico y cultural que vivió Jesús:
• camina
delante
de
sus
ovejas:
orientándolas, guiándolas, llamándoles a
cada una por su nombre...
• las defiende hasta dar la propia vida por
ellas, les ofrece alimento saciándoles su
hambre y sed.
Una de las características de
Jesús es «acoger» a quien se
acerca a él, porque «ha venido a
salvar lo que estaba perdido».
Esto es lo que hace Jesús, en
contraposición a la actitud de los
fariseos.
Jesús está al servicio de quien le
sigue y entrega su doctrina y su vida
por el bien de los suyos; por eso es
la «puerta que lleva a la salvación».
Jesús es el pastor que marca
el camino, pero el compañero
que lo recorre, desbrozando a
veces las dificultades; es fuerte
frente a los enemigos que atacan
al rebaño, pero cariñoso con las
ovejas; su autoridad indiscutible
está basada en la fe que las
ovejas han depositado en el
pastor: le siguen porque se fían
de él.
Por otra parte, Jesús conoce
personalmente a cada uno y nos
llama por nuestro propio
nombre; por eso sabe de
nuestras debilidades y de
nuestros buenos propósitos
demasiadas veces incumplidos,
pero siempre
«comprendidos por él».
Es dichoso el que sigue a
Jesús, el que hace suyo el
mensaje evangélico fijándose
solamente en lo que Jesús dice
hoy:
«Yo soy la puerta: quien
entra por mí se salvará...
porque he venido para que
tengan vida y la tengan
abundante».
Por la resurrección Jesús es
constituido «el Señor».
Y la resurrección de Jesús
ofrece una extraordinaria fuerza
renovadora a nuestras vidas.
Jesús respondió, en su vida y en
su muerte, a la vocación y a la
misión que le habían sido
confiadas.
La resurrección es para
todos una llamada y el
fundamento, a vivir la vocación
de la fe cristiana.
La proclamación que hace
el Apóstol Pedro de este
mensaje llega al corazón de
muchos, que aceptan la «vida
nueva» anunciada por el
Apóstol en nombre del Señor.
La proclamación de esa
Buena Nueva la hace un
hombre que «no
tiene
letras»; un hombre que tuvo
miedo de confesarse cristiano;
un hombre lleno de debilidades
como las nuestras; pero un
hombre lleno del Espíritu Santo
y de entusiasmo al saberse
salvado por Cristo resucitado.
La resurrección de Jesús
confirma su realidad como
Hijo de Dios y Salvador. Y la
resurrección de Jesús nos
pide y exige a nosotros una
verdadera conversión al
señor y a su Evangelio,
como anunciaba el Apóstol
Pedro.
La proclamación de Cristo
Salvador y la conversión a él
mediante la acogida de su
Evangelio por el bautismo,
hacen que la Iglesia vaya
creciendo y afianzándose
entre nosotros, como
sucedió con la predicación
del Apóstol Pedro.
Los Apóstoles realizaban
una verdadera labor
misionera anunciando a
Cristo resucitado como el
enviado por Dios para la
salvación de todos los
hombres.
San Pedro no nos predica una
resignación pasiva ante el sufrimiento
injusto.
Quiere enseñarnos que si alguna vez
nos vemos afligidos por la prueba del
sufrimiento, tengamos presente que la
participación voluntaria y dichosa en los
sufrimientos de Cristo, es la vocación
mayor a la que un cristiano puede ser
llamado por Dios.
Porque el sufrimiento se
convierte en gracia y en
participación de la obra
salvadora de Cristo cuando se
le da dimensión redentora.
Los cristianos estamos
llamados a "obrar bien con los
que sufren, pero también a
obrar bien con nuestro
sufrimiento".
La carta de San
Pedro nos ofrece un
mensaje de esperanza
y consuelo para
situaciones difíciles e
injustas por las que
podamos estar
pasando.
Procuremos seguir
el ejemplo de Cristo
que no devolvía mal
por mal y se ponía en
manos de quien juzga
justamente.
•Cristo, el Pastor
El protagonista de hoy,
como no podía ser de otra
manera en Pascua, es Cristo
Jesús, que se proclama a sí
mismo como el Buen Pastor
y la Puerta.
Puede ser que no nos guste
mucho el símil del pastor y las
ovejas, sobre todo si nos fijamos
en lo del «rebaño» y que todas
las ovejas «lo siguen».
Parecería como si se
favoreciese una visión
paternalista y gregaria de la
comunidad eclesial.
O podemos pensar que tal vez los
que vivimos en ciudades no
entenderemos el símil empleado por
Jesús.
Sin embargo, no es la intención de
Cristo ese tono peyorativo del
«rebaño» y del seguimiento al pastor,
porque él les describe con rasgos
claramente personalistas y de respeto
a la libertad de cada uno.
Y tampoco es verdad que
los «urbanos» no podamos
entender las características
de un pastor y su relación
con las ovejas, aunque no
veamos cada día rebaños
que cruzan nuestras calles o
autopistas.
Otros textos del día también
inciden en el mismo tema de Cristo
como el buen Pastor. La carta de
Pedro termina diciendo a sus
lectores: «han vuelto al pastor y
guardián de sus vidas»;
la oración colecta pide que «el
débil rebaño de tu Hijo tenga
parte en la admirable victoria de
su Pastor»;
el versículo del aleluya anticipa ya el contenido
del evangelio: «yo soy el Buen Pastor,
conozco a mis ovejas y las mías me
conocen»;
la antífona de la comunión afirma que «ha
resucitado el Buen Pastor que dio la vida
por sus ovejas y se dignó morir por su
grey»;
la poscomunión llama Pastor a Dios Padre:
«Pastor
bueno... haz que el rebaño
adquirido por la sangre de tu Hijo pueda
gozar...».
•Cristo, la Puerta
Pero hoy Jesús se presenta sobre
todo como la Puerta por la hay que
entrar y salir. Puerta significa acceso,
entrada, mediación, acogida.
Las palabras de Jesús se aplican,
ante todo, a los pastores mismos. Los
que entran por esa puerta son guías y
pastores legítimos.
A los que no entran por
ella, sino que «saltan por
otra parte», los compara
Jesús a los ladrones, los
bandidos y los extraños, que
vienen a robar y matar, o a
aprovecharse de las ovejas
en favor propio.
Él mismo, Cristo Jesús, es un
Pastor que ha entrado por la
puerta legítima, enviado por Dios.
Y él, a su vez, es el verdadero
Maestro, el Camino, la bienvenida
de Dios a su Reino.
«El que entre por mí se
salvará». Como dice Pablo, «por él
unos y otros tenemos acceso al
Padre» (Ef. 2,18).
Y como razona el autor de la
carta a. los Hebreos, «tenemos la
seguridad para entrar en el Santuario
en virtud de la sangre de Jesús, por
este camino nuevo y vivo, inaugurado
por él para nosotros a través de su
propia carne» (Hbr.10,19).
El próximo leeremos, en el
evangelio, una afirmación del mismo
Jesús en la última cena: «nadie va al
Padre sino por mí».
Jesús es también la Puerta para todos los
que quieren salvarse. Es la Puerta abierta que
invita a entrar en el Reino, una Puerta que es
una verdadera bienvenida a la casa del Padre.
En la lectura hemos visto cuál es el camino
de la iniciación cristiana, o sea, de entrada en
el Reino de Cristo:
a) después del discurso evangelizador de
Pedro;
b) viene la conversión y la fe por parte de
muchos: “¿qué hemos de hacer?";
c) Pedro les dice que se conviertan, que
abandonen su camino anterior, propio de una
«generación perversa»;
d) o sea, que crean en Jesús;
e) los que creen, reciben el Bautismo,
que es perdón de pecados y a la vez don
del Espíritu;
f) bautismo que es universal, para
todos los que se sientan llamados por Dios;
y
g) así quedan agregados a la
comunidad eclesial, la comunidad del
Resucitado, el nuevo Israel, que empieza a
crecer nada menos que con tres mil nuevos
miembros.
El programa de vida de esta
comunidad ya lo leímos el
segundo domingo de Pascua en
el primer «sumario» de Lucas:
doctrina, fracción del pan,
oración, fraternidad.
Ese es el camino auténtico, la
Puerta por la que se entra en la
comunidad de la salvación.
En un mundo que busca
respuestas al sentido de la vida y
ensaya caminos y puertas diferentes
para la felicidad o el progreso, la
respuesta de Dios es hoy clara: la
Puerta verdadera es Cristo, el Señor.
Aunque entrar por la Puerta que
es Cristo no significa sólo estar
bautizado o haber inscrito el nombre
en una comunidad, sino oír su voz,
seguirle e imitarle.
Concede, Padre, a la Iglesia,
que sus pastores – servidores,
el Papa, los Obispos y Sacerdotes,
realicen fielmente y con ilusión
su labor evangelizadora en todo el mundo.
Te rogamos que siempre haya
corazones jóvenes
que estén dispuestos a seguir tu llamada
y dedicar su vida, como Jesús y los
Apóstoles, al servicio de todos los hombres,
siendo testigos de la Buena Nueva
de la esperanza.
Que los hogares cristianos
se sientan testigos del Evangelio
y fomenten la vocación cristiana
y misionera de sus hijos.
Que todos nosotros,
en el lugar y circunstancias en las
que vivimos,
demos testimonio de nuestra fe
y compartamos con gozo
nuestra esperanza en Cristo
resucitado.
Amén.
•Lecciones
para
«pastores» de hoy
los
Cristo dedica palabras muy duras a
los fariseos, que eran en verdad
«malos pastores» del pueblo.
Por contraste, las cualidades que
debe tener un buen pastor les hacen
falta hoy, en positivo, a todos los que
de alguna manera son «pastores» en
la comunidad como colaboradores de
Cristo a favor de todos…
Son pastores, ante todo,
los ministros ordenados,
desde el Papa hasta los
obispos, presbíteros y
diáconos, pero también los
padres, los educadores, los
catequistas, los que llamamos
«agentes pastorales» de
una comunidad.
Todos participan en un grado u otro
del ministerio pastoral de Cristo Jesús. Y
a todos ellos les va bien recordar que el
auténtico pastor:
a) entra por la puerta legítima y no, como
los ladrones, por la puerta falsa; no se
arroga él mismo el ministerio, sino que
lo recibe de la Iglesia, y en el caso de
los ministros ordenados, sellado con
un sacramento;
no puede actuar como los
falsos profetas o guías ciegos
que no conducen a la salvación,
sino a la perdición;
si Pedro predica con valentía y
autoridad, es porque ha oído de
labios del mismo Maestro la
palabra: «apacienta a mis
ovejas»;
b) Conoce a sus ovejas, las
llama por su nombre: ¿no es
esta una invitación a que los
pastores conozcan y respeten
a cada persona, con sus
características, su
temperamento y formación?
¿se puede decir que conocemos a
cada oveja por su nombre, a cada
persona en su contexto y sus
circunstancias, y no considerar que
todas son iguales y tratarlas
"gregariamente"?;
c) «va delante de las ovejas»,
camina precediéndolas: da la
cara por ellas si acecha el
peligro, las conduce por
caminos seguros, les da
ejemplo de servicialidad, de
entrega por los demás, de
desinterés,
de
vida
de
oración, de lucha por la
justicia;
es como Jesús, que en su decidida
marcha hacia Jerusalén, iba delante
de sus discípulos (cf. Marcos10,32) y,
en la última cena, se ciñó la toalla y
les dio un magnífico ejemplo de
servicialidad fraterna, y al final les dijo:
«ustedes
también
deben
lavarse los pies unos a otros,
porque os he dado ejemplo, para
que también vosotros hagáis
como yo he hecho con vosotros»
e) anuncia a todos la buena noticia
de la resurrección de Cristo
con el mismo entusiasmo que
el primer Papa, Pedro, y los
demás apóstoles, que no
podían guardar para sí la gran
convicción y llenaron el mundo
de su anuncio;
f) no se aprovecha a favor propio
de la misión que se le ha
encomendado, sino que debe
estar dispuesto a defender y dar
su vida por las ovejas, como
Cristo...
• Va llamando por
nombre a sus ovejas
su
Además, las lecturas de hoy nos
invitan a pensar si nuestro método
evangelizador es como el de Cristo:
conociendo a cada uno y respetando
su situación y su cultura.
Pablo y Bernabé predicaban a
judíos y a paganos.
Lo hacían con una pedagogía adecuada a
cada caso. También de ellos se puede decir que
"conocían a sus ovejas" y respetaban su
situación cultural y religiosa.
Si eran paganos, partían del Dios Creador,
de la hermosura de este mundo, de los valores
que entendían sus oyentes, y de ahí les
llevaban a Cristo Jesús.
En la tarea misionera que la Iglesia ha ido
desarrollando desde hace muchos siglos, es
notorio, en algunas ocasiones, el esfuerzo de
inculturación de la teología y de la liturgia según
las características culturales de cada pueblo.
Desde el Vaticano II, la Iglesia
se ha decidido a adoptar las
lenguas vivas de cada región para
su celebración litúrgica: cosa que ya
en el siglo IX intentaron realizar los
hermanos Cirilo y Metodio en tierras
eslavas, y otros misioneros en el
siglo XVI por el lejano Oriente.
Aunque no ha sido una opción
seguida en otras ocasiones.
Para evangelizar a las personas y a
los pueblos, además del paso que se
ha dado del latín a las más de
cuatrocientas lenguas en que ahora se
celebra la liturgia en la Iglesia, todavía
queda mucho por hacer en la búsqueda
de un lenguaje más accesible para el
hombre de hoy.
Es un esfuerzo continuado de
encarnación, tanto en la labor
evangelizadora como en la celebrativa.
Como el pastor, según dice Jesús,
conoce a sus ovejas, y como Pablo y
Bernabé se adaptaban a la situación
cultural de fe de sus auditorios, los
cristianos de hoy -en particular los que
tienen alguna clase de autoridad o
misión catequética y evangelizadoratambién tendremos que adaptarnos a la
situación de fe de las personas: de los
novios que vienen a pedir la boda por
la Iglesia, o de las familias que piden el
Bautismo o la Primera Comunión o el
entierro eclesiástico para los suyos.
Deberíamos ser universales, cada
uno en su ambiente. No sólo en el
ministerio pastoral de los ordenados en la
comunidad, sino también en nuestro
servicio de educación de los jóvenes o de
atención a los ancianos o en la catequesis
o en nuestro diálogo con los alejados o
con personas de otra cultura y religión,
deberíamos aprender el método del Buen
Pastor, método de cercanía, de
acompañamiento, de conocimiento de
cada persona.
Como el pastor, según dice Jesús,
conoce a sus ovejas, y como Pablo y
Bernabé se adaptaban a la situación
cultural de fe de sus auditorios, los
cristianos de hoy -en particular los que
tienen alguna clase de autoridad o
misión catequética y evangelizadoratambién tendremos que adaptarnos a la
situación de fe de las personas: de los
novios que vienen a pedir la boda por
la Iglesia, o de las familias que piden el
Bautismo o la Primera Comunión o el
entierro eclesiástico para los suyos.
* El Buen Pastor
nos habla
y nos
alimenta
en la Eucaristía
Cristo es Pastor del Pueblo y Siervo de
Dios entregado en sacrificio.
Renunciando a su vida se entrega
para la salvación de todos.
En la Eucaristía tal vez sea el momento privilegiado en
que nosotros, seguidores de Jesús, "escuchamos su
voz", hacemos caso de lo que nos dice y nos
alimentamos con su Cuerpo y Sangre, cuando él,
como el auténtico Buen Pastor, «nos da la vida
eterna».
En la oración sobre las ofrendas de
hoy expresamos una vez más una
"definición" de lo que sucede cada
vez que celebramos la Eucaristía,
como memorial de la muerte
salvadora de Cristo:
«que la actualización repetida de
nuestra redención sea para
nosotros fuente de gozo
incesante».
Aunque luego, fuera de
la celebración, a lo largo
del día y de la semana,
debemos seguir siendo
discípulos de Cristo que
escuchan su voz y le
siguen en su estilo de
vida.
En el «domingo del Buen
Pastor» haremos bien en
examinarnos si nosotros somos
«buenas
ovejas»,
«buenos
obreros del Evangelio»,
buenos discípulos de Cristo
Jesús, con una relación vital e
interpersonal con él, no sólo
«creyendo
en
él»,
sino
siguiéndole....
Por
lo
tanto, como
cristianos y
evangelizadores,
preocupados por la
promoción del Reino
de Dios (Reino de vida),
debemos trabajar por todo lo que lleva
a la vida en el pueblo (espiritual,
intelectual, ética, cultural, etc.) y
debemos oponernos a todo lo que
destruye o disminuye la vida del pueblo
(pecado,
corrupción,
violencia,
represión, miseria, hambre, etc.)
1. Piense en situaciones y cosas que
atentan contra la vida en su
ambiente.
2. ¿Qué puedo hacer para mejorar lo
que es vida a mi alrededor?
P. Carlos Pabón Cárdenas, eudista.
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