Lucas 15, 1-11
XXIV Domingo Tiempo Ordinario –C16 de septiembre de 2007
Jesús supo y nos enseñó
a amar al Padre y al prójimo
sin cuidarse de normas,
interpretaciones,
cálculos ni medidas
1Entre
tanto, todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo.
2Los fariseos y los maestros de la ley murmuraban:
–Este anda con pecadores y come con ellos.
La murmuración es la forma de expresarse de quienes quieren controlar
una situación que se les escapa.
Ante la incomprensión y el rechazo de los fariseos y maestros de la Ley
Jesús justifica su forma de actuar desde el Dios de la misericordia.
Los publicanos y pecadores se reconocen en las palabras de Jesús como
destinatarios del amor gratuito y entrañable del Padre.
3Entonces
Jesús les dijo esta parábola:
4–¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas,
no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la
descarriada hasta que la encuentra?
El Reino de Dios llega con Jesús y uno de los rasgos de esa llegada es el
inédito interés por lo “perdido”. Dios está más cerca cuanto más se le
necesita.
Jesús refleja cómo es el corazón de Dios: amor no condicionado a
nuestro buen decir ni a nuestro correcto actuar. Amor gratuito que se
adelanta a todos nuestros gestos.
Podemos preguntarnos si la imagen que muestra Jesús del Padre
coincide con la que nos han enseñado y con la que [email protected] mostramos.
5Y
cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría, 6y al llegar
a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque
he encontrado la oveja que se me había perdido!». 7Pues os aseguro que
también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que
por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
La inquietud por lo que se ha perdido sólo tiene comparación con la
alegría del encuentro que supone un bien para todos.
Lucas subraya la fiesta, la gran alegría que convoca, reúne y necesita
ser compartida.
Para [email protected] es una invitación a dejarnos encontrar por Dios, a crear
espacios en nuestra vida para que se realice ese encuentro, a vivir
con alegría cada nuevo día.
8O
¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una
lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla? 9Y
cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: «¡Alegraos
conmigo porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!». 10 Os
aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un
pecador que se convierta.
La moneda y la oveja, sin que ellas hagan nada, son buscadas por el
inmenso interés de sus dueños.
Ese interés y entusiasmo produce conversión, seguimiento y fiesta.
La conversión no es un condición, sino la consecuencia del amor gratuito
y desbordante de Dios
POR ENCIMA DE LO NUESTRO
Tú eres el Dios sobre el que todos opinamos,
el Dios que todos buscamos,
el Dios que todos abandonamos,
el Dios con el que todos luchamos.
Pero, a la vez, Tú eres el Dios que nos recreas,
que nos encuentras aunque no te busquemos,
que permaneces fiel cuando te dejamos,
que nos vences y convences.
Tú eres el Dios del que todos hablamos,
el Dios al que todos usamos,
el Dios que todos desfiguramos,
el Dios al que todos intentamos comprar
Pero, a la vez, Tú eres el Dios que nos habla con amor,
que nos respeta y cuida con pasión,
que nos da identidad y rostro,
que se muestra insobornable en su gratuidad.
Tú eres el Dios que cree en nosotros,
el Dios que espera en nosotros,
el Dios que ama en nosotros,
por encima de nuestros gestos, hechos y palabra.
F.Ulibarri
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