Se levantó entonces un maestro de la ley y le dijo para
tenderle una trampa:
-Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Jesús le contestó:
-¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?
Jesús le remite a la Escritura,
indicándole dónde tiene que buscar la respuesta.
El maestro de la ley respondió:
-Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu
prójimo como a ti mismo.
Jesús le dijo:
-Has respondido correctamente.
Haz eso y vivirás.
Jesús quiere sacarlo de la teoría para llevarle a la práctica.
La teoría no sirve de nada si el amor a Dios y a los demás no determina la forma de
actuar. Jesús le dice lo mismo que a nosotros: vive y ama y realizarás el precepto.
Pero él, queriendo justificarse,
preguntó a Jesús:
-¿Y quién es mi prójimo?
El maestro de la ley espera y desea una definición del prójimo que
corresponda a su conducta habitual.
Como hace con frecuencia, Jesús no contesta a lo que le preguntan, sino a lo
que deberían haberle preguntado.
¿Para quién soy prójimo? ¿Quién espera mi ayuda? ¿Quién ve en mí al
prójimo?
Lo importante no es quién es mi prójimo sino si soy capaz de hacerme
prójimo,
de aproximarme a quien lo necesita.
Jesús le respondió:
-Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó...
La parábola, exclusiva de Lucas, está perfectamente ambientada.
El camino que bajaba de Jerusalén a Jericó era muy inseguro,
lleno de ladrones, salteadores de caminos que robaban
y hasta mataban a los viajeros.
... y cayó en manos de unos salteadores que, después de desnudarlo
y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándolo medio muerto. Un
sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se
desvió y pasó de largo. Igualmente un levita que pasó por aquel
lugar, al verlo, se desvió y pasó de largo
“Afirman conocer a Dios
y lo niegan con sus acciones”
Tito 1,16
El sacerdote y el levita, pertenecen al mundo oficial y respetado del culto,
cumplen la ley, pero no practican la misericordia.
El estar en el templo y supuestamente en las cosas de Dios,no les ayuda a
acercarse a quien les necesita.
No miran al herido, se alejan de él. Para ellos es un obstáculo a evitar. En
ésta y en otras ocasiones, Jesús denuncia la poca coherencia en la vida de los
“oficialmente buenos”.
¿De qué, de quiénes paso de largo en la vida? ¿Ante qué, ante quién doy un
rodeo? ¿Hay ciertas situaciones, ciertas personas que no quiero ver?
Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo,
sintió lástima. Se acercó y le vendó las heridas después de
habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su
cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él. Al día siguiente,
sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: «Cuida de
él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».
Un samaritano, toda una provocación. Ningún judío le hubiera considerado como
prójimo suyo. Es extranjero, hereje, despreciado, cismático. Pertenece a un
pueblo con una historia turbia.
Aunque no tenía un catecismo tan bueno como el del sacerdote y el levita, lo
primero que hace es detenerse y acercarse. Despliega con solicitud gran
cantidad de acciones concretas a favor del necesitado, le mira, se acerca, se
conmueve, asume el encuentro, se deja interpelar por la necesidad del otro, le
cura. Todo lo hace movido por un corazón tocado por la compasión.
Para Jesús es modelo de cómo ser prójimo.
¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en
manos de los salteadores?
El otro contestó:
-El que tuvo compasión de él.
Jesús antepone la compasión a cualquier tipo de exigencia ritual o legal.
Su mensaje se resume en que no se puede encontrar ni servir a Dios en el templo, si
no se le encuentra ni se le sirve en los necesitados que encontramos en el camino de
la vida. El amor al prójimo, inseparable del amor a Dios, se realiza en la práctica
y resume toda la vida cristiana .
Es la experiencia personal de Jesús, el Buen Samaritano por antonomasia, que
frecuentemente recordó: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,13;12,7)
Jesús le dijo:
-Vete y haz tú lo mismo.
La duda sobre quién es mi prójimo, para quién soy prójimo, se resuelve cuando
“voy y hago lo mismo”. Cuando no paso de largo ante los problemas sociales: el
paro, la inmigración, el acoso, la explotación, la violencia, la insolidaridad...
El prójimo no aparece en el momento y la hora que yo tengo programada. Surge
de repente, haciéndome acortar distancias, suprimir barreras, cambiar mis
planes, modificar mi itinerario, cuando me están esperando un montón de cosas
y de deberes importantes. Jesús me invita a improvisar ante las sorpresas de
cada día.
La Palabra está dicha; es nuestro turno, a cada uno nos toca responder.
Seguirte hoy es hacerse uno con los pobres,
mancharse las manos trabajando con ellos
y apostar por su dignidad.
Ser uno de ellos.
Seguirte a Ti, es haberte descubierto
en los rostros necesitados,
en los que lloran de miedo.
Es hacerse solidario de su destino incierto.
Juanjo Elezkano
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