San Fernando (1198?1252) es, sin hipérbole,
el español más ilustre de
uno de los siglos
cenitales de la historia
humana, el XIII, y una de
las figuras máximas de
España; quizá con Isabel
la Católica la más
completa de toda
nuestra historia política.
Conjuga en alto grado la
piedad, la prudencia y el
heroísmo.
Fernando III unió definitivamente las coronas de
Castilla y León. Reconquistó casi toda Andalucía
y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y
Sevilla y el asalto de muchas otras plazas
menores tuvieron grandeza épica. El rey moro
de Granada se hizo vasallo suyo.
Emprendió la construcción de nuestras mejores
catedrales (Burgos y Toledo ciertamente). Apaciguó
sus Estados y administró justicia ejemplar en ellos.
Fue tolerante con
los judíos y
riguroso con los
apóstatas y
falsos conversos.
Impulsó la ciencia
y consolidó las
nacientes
universidades.
Protegió a las nacientes Ordenes mendicantes de
franciscanos y dominicos y se cuidó de la
honestidad y piedad de sus soldados. Preparó la
codificación de nuestro derecho e instauró el idioma
castellano como lengua oficial de las leyes y
documentos públicos, en sustitución del latín.
Como gobernante fue a la
vez severo y benigno,
enérgico y humilde, audaz y
paciente, gentil en gracias
cortesanas y puro de
corazón. Encarnó, pues,
con su primo San Luis IX de
Francia, el dechado
caballeresco de su época.
Su muerte, según
testimonios coetáneos, hizo
que hombres y mujeres
rompieran a llorar en las
calles, comenzando por los
guerreros.
Era amigo de trovadores y se le atribuyen
algunas cantigas, especialmente una a la
Santísima Virgen. Es la afición poética,
cultivada en el hogar, que heredó su hijo
Alfonso X el Sabio, quien nos dice: "todas estas
vertudes, et gracias, et bondades puso Dios en
el Rey Fernando".
Al coronar su cruzada,
enfermo ya de muerte, se
declaraba a sí mismo en
el fuero de
Sevilla caballero de
Cristo, siervo de Santa
María, alférez de
Santiago. Iban envueltas
esas palabras en
expresiones de adoración
y gratitud a Dios, para
edificación de su pueblo.
Ya los papas
Gregorio IX e
Inocencio IV le
habían proclamado
"atleta de Cristo” y
"campeón invicto de
Jesucristo". Aludían
a sus resonantes
victorias bélicas
como cruzado de la
cristiandad y al
espíritu que las
animaba.
Ninguno de los elogios que debemos a su hijo,
Alfonso X el Sabio, sea en el fondo tan elocuente
como éste: “no conoció el vicio ni el ocio”.
"Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor
de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de
Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que
conquistó toda España, el más leal, é el más
verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el
más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el
más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más
le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos
sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus
amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es
cabeza de toda España, é passos hí en el postrimero
día de Mayo, en la era de mil et CC et noventa años."
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