La alegría de los peregrinos al emprender la marcha
hacia Jerusalén (v. 1), el espectáculo de las tribus que
avanzaban procesionalmente (v. 4) y la emoción que se
experimentaba al pisar el suelo de Sión (v. 2), dan pie al
salmista para hacer un elogio entusiasta de la Ciudad
santa.
La
masa “compacta y armoniosa” de sus casas y sus
palacios (v. 3), imagen de la unidad del Pueblo elegido
(Sal. 87), constituía un especial motivo de admiración.
En los versículos finales, el elogio se convierte en augurio
de felicidad para Jerusalén y sus moradores (vs. 6-9).
1. CON ISRAEL
Salmo de "peregrinación" en ritmo gradual, con palabras claves que se repiten.
Los peregrinos, después de un largo viaje de acercamiento llegan finalmente ante
Jerusalén. Uno de ellos exclama de alegría y admiración. La ciudad ¡qué bella es!
Se siente la sorpresa de un pueblerino o de un nómada pasmado al mirar las
construcciones que forman un todo compacto: casas, calles, palacios, el templo,
todo rodeado de murallas y torres sólidas.
2. CON JESÚS
En esta "ciudad", única en el mundo, Jesucristo murió y resucitó! En esta ciudad
se celebró la primera Eucaristía, misterio de "agrupación" fraternal de todos los
hombres, alrededor del Cuerpo de Cristo, nuevo ¡Templo de Dios!
3. CON NUESTRO TIEMPO
Alegría: iremos a la ¡Casa del Señor! La experiencia de la peregrinación que
entonces se hacía a pie, debía tener un profundo sentido simbólico: partir de
casa, ponerse en marcha, afrontar los peligros y la fatiga de un largo viaje, contar
los días, tener la mente fija en la meta lejana, que día a día se acerca... Mirar
finalmente la colina, ¡largamente deseada! Es ésta la parábola de la condici6n
humana, en marcha hacia la "Casa de Dios". ¿Estamos realmente en marcha
hacia Dios? ¿Concebimos nuestra vida como algo que avanza, que avanza hacia
una meta, hacia alguien?
¡Qué alegría cuando me dijeron: "Vamos a la casa del Señor"!
Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.
Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus, las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.
Desead la paz a Jerusalén: "Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios".
Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: "La paz contigo".
Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.
Jerusalén, tu nombre es «Ciudad de Paz» y, sin embargo, no has visto la paz desde que
te fundaron. Estás destinada a ser la ciudad donde todas las tribus se reúnan para unirse
y, sin embargo, a través de la historia sólo han venido a ti para luchar. Tus muros han sido
edificados y destruidos una y otra vez; un templo nuevo se erigió sobre las ruinas del
antiguo, muchos gobernantes se han sentado en el trono de David, y hoy la policía armada
patrulla tus calles día y noche.
Jerusalén, ¿qué ha sido de tu paz? ¿Por qué ha huido siempre de tus murallas, a pesar
de proclamarla con tu deseo y con tu nombre? ¿Por qué está tu historia llena de sangre, y
tu cielo sigue ennegrecido por el odio? ¿Es tu nombre «Ciudad de Paz» o «Ciudad de
Terror»? ¿No eres tú el corazón de las tribus de Israel, la cuna de la fe del hombre, la
patria de todos los hijos de Dios? ¿Por qué eres ahora noticia en los periódicos, en vez de
ser bendición en la plegaria? ¿Por qué has de ser protegida tú, cuyo deber y privilegio era
proteger a todos cuantos vinieran a ti?
Seas lo que seas, Jerusalén, yo siempre seguiré de camino hacia ti. Peregrino perpetuo
de tu eterno encanto. Siempre soñando en tus puertas, peregrinando a tu templo,
escudriñando el horizonte para ver cuándo aparece el perfil de tus torres contra el cielo
azul. Para mí, tu nombre resume todo a lo que aspiro llegar en esta vida y en la otra:
justicia, felicidad, salvación, paz. Tú eres símbolo y esperanza, fantasía y plegaria, piedra
y poesía. Siempre camino hacia ti, y me lleno de alegría cuando oigo decir a mis
hermanos: «Vamos a la casa del Señor».
Te damos gracias, Señor Jesucristo, por la alegría que nos has
dado en tu ciudad de Jerusalén: tu santa resurrección y la efusión
de tu Espíritu; que, al reunirnos mañana con nuestros hermanos y
compañeros en la asamblea eucarística, sintamos nuevamente el
gozo de tu presencia de Resucitado, que nos desea la paz, como
hiciste en el primer domingo con tus discípulos, tú que fuiste
muerto y ahora vives, por los siglos de los siglos. Amén.
Música: Salve Regina
Liturgia Corsa
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SALMO 121 - Liturgia de las Horas, Oficio Divino