Himno de peregrinación
Al llegar a Jerusalén, un peregrino entona esta
alabanza al Templo de Sión, Morada del Señor y
lugar donde se manifiesta su presencia.
Con profundo lirismo, evoca su ansia de Dios que lo
trajo hasta el Santuario (v. 3), las etapas recorridas
por los peregrinos (vs. 7-8) y la felicidad de
encontrarse en la Casa del Señor (vs. 5, 11).
1. CON ISRAEL
El salmo 83 es un salmo de peregrinación. Celebra la "Casa de Dios". Difícilmente
comprendemos lo que significaba el “Templo” para un judío, nosotros que
construimos "iglesias" en cada ciudad y varias iglesias en una misma ciudad... Sólo
había un lugar de culto, en una sola ciudad, Jerusalén. Los judíos de Palestina
"subían" a Jerusalén una vez al año, y los de la "diáspora" debían subir al menos una
vez en su vida. Era el acontecimiento. Dios mismo es la fuerza para comenzar la
peregrinación, él atrae y ayuda.
2. CON JESÚS
Jesús cantó con toda seguridad este salmo. Los evangelios de Lucas y Juan están
construidos con base en las "subidas" de Jesús a Jerusalén como buen judío que era,
hacía su peregrinación anual, mezclado entre la muchedumbre. La atmósfera de
inmensa alegría que respira este salmo corresponde perfectamente al episodio
célebre en que el Niño Jesús abandona a María y José para "quedarse" en el
Templo: la primera "palabra" que conocemos de Jesús la pronunció en el Templo de
Jerusalén y fue justamente para manifestar su amor a la "Casa de Dios"... "¿No
sabíais ; que debo estar en casa de mi Padre?" (Lucas 2,49).
3. CON NUESTRO TIEMPO
Se abre caminos en el corazón. El creyente tiene un camino en el corazón. Sabe a
dónde va. Sabe que va hacia el “encuentro”, hacia “la Casa de Dios”. Su “alma”, su
“corazón”, su carne” son un grito hacia Dios”.
¡Qué deseables son tus moradas,
Señor de los ejércitos!
Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo.
Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío.
Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichosos los que encuentran en ti su fuerza
al preparar su peregrinación:
Cuando atraviesan áridos valles,
los convierten en oasis,
como si la lluvia temprana
los cubriera de bendiciones;
caminan de baluarte en baluarte
hasta ver a Dios en Sión.
Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;
atiéndeme, Dios de Jacob.
Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,
mira el rostro de tu Ungido.
Vale más un día en tus atrios
que mil en mi casa,
y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados.
Porque el Señor es sol y escudo,
él da la gracia y la gloria;
el Señor no niega sus bienes
a los de conducta intachable.
¡Señor de los ejércitos,
dichoso el hombre
que confía en ti!
"¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!"
Al pronunciar esas palabras mágicas, Señor, pienso en cantidad de cosas a la vez, y varias
imágenes surgen de repente en feliz confusión del fondo de mi memoria. Me imagino el
templo de Jerusalén, me imagino las grandes catedrales que he visitado y las pequeñas
capillas en que he rezado. Pienso en el templo que es mi corazón, y en cuadros clásicos de
la gloria del cielo. Todo aquello que puede llamarse tu casa, tu morada, tu templo. Todo eso lo
amo y lo deseo como el paraíso de mis sueños y el foco de mis anhelos.
"¡Dichosos los que viven en tu casa!"
Ya sé que tu casa es el mundo entero, que llenas los espacios y estás presente en todos los
corazones. Pero también aprecio el símbolo, la imagen, el sacramento de tu santo templo,
donde siento casi físicamente tu presencia, donde puedo visitarte, adorarte, arrodillarme ante
ti en la intimidad sagrada de tu propia casa. Estar allí, sentirme a gusto junto a ti, verme
rodeado de memorias que hablan de ti.
Me encuentro a gusto en tu casa, Señor. ¿Te encontrarás tú a gusto en la mía? Ven a
visitarme. Que nuestras visitas sean recíprocas, que nuestro contacto sea renovado y
nuestra intimidad crezca alimentada por encuentros mutuos en tu casa y en la mía.
"Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor"
A tus fieles, Señor, a quienes has dado a conocer tu ley,
concédeles también tu bendición abundante: que, caminando
durante la vida de baluarte en baluarte, pasemos de este valle de
lágrimas a tu Jerusalén celeste y lleguemos hasta ti cargados de
aquel fruto que tú mismo has sembrado en nuestros corazones.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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SALMO 83 - Ciudad Redonda