La fe es un caminar sobre las aguas,
pero con la posibilidad de encontrar siempre
esa mano que nos salva.
Si miras a Jesús descubrirás su mano
Mateo 14,22-33 – XIX domingo Tiempo Ordinario –A- 10 de agosto de 2008
22Luego
mandó a sus discípulos que subieran a la barca y que fueran delante
de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
23Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Al llegar la noche
estaba allí solo.
Jesús nos enseña la necesidad de la oración para conocer, como Él,
el proyecto de Dios sobre nuestra vida.
Mirándole a Él aprendemos que la oración es alabanza, contemplación,
acción de gracias. Encuentro personal con Dios que nos ilumina, compromete
y orienta en la tarea del Reino.
24La
barca, que estaba ya muy lejos de la orilla, era sacudida por las olas,
porque el viento era contrario. 25Al final ya de la noche, Jesús se acercó a
ellos caminando sobre el lago. 26Los discípulos, al verlo caminar sobre el
lago, se asustaron y decían:
-Es un fantasma.
Jesús es imprevisible.
No le encontramos donde suponemos que está o queremos que esté.
Puede presentarse de manera sorprendente,
pero su estilo es el susurro de la vida de cada día (Primera lectura).
La persona creyente descubre en cada momento, en cada situación,
que Jesús está, que viene, aunque desconcierte.
Siempre está y no es un fantasma.
Y se pusieron a gritar de miedo.
El miedo que nace de la falta de confianza en Dios,
nos paraliza y debilita nuestra fe.
Jesús nos llama a pasar del miedo a la fe, de la angustia a la confianza.
Ponemos en manos de Jesús nuestros miedos y los de los hombres y mujeres
que viven angustiados y amenazados por el dolor, la persecución, la injusticia...
27Pero
Jesús les dijo en seguida:
-¡Ánimo! Soy yo, no temáis.
En situaciones de peligro y dificultad –y siempre-,
a nosotros también nos dice Jesús:
¡ánimo, no temáis!.
Jesús se asombra, le parece imposible que tengamos miedo
sabiendo que Él está siempre a nuestro lado.
28Pedro
le respondió:
-Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.
29Jesús le dijo:
-Ven.
La fe en Jesús nos lleva a caminar hacia Él sobre las aguas,
a afrontar, con Él, los retos de cada día.
Para descubrir a Jesús, en la noche, en lo inesperado, en la vida,
es necesario escuchar su voz tranquilizadora: ¡VEN!. ¡Ánimo!.
Te llevo de la mano...
Pedro saltó de la barca y, andando sobre las aguas, iba hacia Jesús. 30Pero
al ver la violencia del viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó:
-¡Señor, sálvame!
Con frecuencia se vive la búsqueda de Dios en la inseguridad, la oscuridad
y el riesgo.
Cuando miramos más el peligro que nos amenaza que a Jesús, que sale
a nuestro encuentro, nos hundimos.
Lo fundamental es saber gritar como Pedro. Levantar a Dios nuestras manos
y nuestro corazón, como entrega confiada de quien se siente necesitado.
31Jesús
le tendió la mano, lo agarró y le dijo:
-¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?
La fe es un proceso abierto hacia el encuentro con Jesús.
Fe en Jesús.Tener la seguridad de que camina a nuestro lado aunque no sepamos
reconocerlo o le confundamos con un fantasma.
Tener la capacidad para reconocer a Dios en las circunstancias de cada día
y dejar que sea el protagonista de nuestra vida.
Proclamar nuestra fe, no sólo en nuestros días de tormenta, también en los días
de bonanza. Hacer de cada momento de nuestra vida un acto de fe.
32Subieron
a la barca, y el viento se calmó
Jesús nunca nos prometió que no habría tormentas en nuestra vida
ni que nuestra travesía sería un crucero de placer, sin viento ni olas.
Sí nos prometió que estaría siempre con nosotros,
dándonos paz, calma y serenidad.
Con Él a bordo amaina el viento y encontramos la fuerza para remar
y afrontar todas las adversidades de la travesía hacia el Puerto.
33Y
los que estaban en ella se postraron ante Jesús, diciendo:
-Verdaderamente eres Hijo de Dios.
La fe de los discípulos, como la nuestra, se debate entre la confianza en Jesús
y el temor a los problemas y dificultades.
La presencia y la palabra de Jesús transforma el desconcierto
en confesión de fe
Quien quiera atravesar las aguas del mar de la vida por sus propias fuerzas,
en un alarde de autosuficiencia, en cuanto sienta el aire contrario, se hundirá.
Necesitamos a Jesús y necesitamos confesar que Él es el Hijo de Dios.
Jesús, Tú acompañas nuestro vivir cuando las aguas están calmadas
y todo va sucediendo en armonía, sin nada fuera de lo normal.
Tú estás aún más cerca de nosotros cuando de pronto surge una enfermedad,
un problema de trabajo, un conflicto de relación, un desencanto, una muerte...
Tú estás cuando las tempestades de la vida nos hacen sentir miedo,
se mueve nuestra barca y dudamos de tu presencia y de tu amor.
Tú, que conoces nuestras tormentas, nos tienes siempre envueltos en tu amor,
estás esperando que nos pongamos con confianza en tus brazos.
Tú sólo esperas que tengamos fe en ti,
que creamos, de verdad, que acompañas siempre nuestra vida,
y que en ti nuestro valor aumenta y nos llenas de fuerza,
para poder con todo lo que la vida nos depare,
Siempre que sepamos que vives dentro de nosostros,
que somos personas habitadas, impulsadas desde dentro por ti. AMÉN
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