San Pedro Nolasco:
una vida al servicio
de la libertad del
hombre.
El fundador de los
mercedarios nos
recuerda que el camino
del hombre pasa a
través de su libertad. Y
la libertad tiene un
precio que no es el de
las palabras sino el del
espíritu.
San Pedro Nolasco, queriendo imitar a Jesús en su
misericordia, busca socorrer a los más pobres entre
los pobres, que en aquel tiempo eran los cautivos.
Podríamos
decir que
queda
cautivo
para
siempre de
los
cautivos.
Había viajado mucho por ser mercader. Ahora seguirá
cruzando mares, frecuentando los mercados, pero ahora
buscará otra mercancía: ¡la libertad de los cautivos!
Resulta algo raro que,
siendo san Pedro
Nolasco de familia bien
acomodada y siendo
fundador de una orden
religiosa de prestigio,
como son los
mercedarios, haya mucha
incertidumbre, entre los
que han estudiado su
vida, sobre el año y lugar
de nacimiento y también
sobre su muerte.
Apuntaremos a lo más
probable.
De hecho eso tiene poca importancia ante el gran mensaje
de su entrega caritativa por los “más pobres”, los cautivos.
Pedro Nolasco parece que nació en Mas de Saintes
Puelles. Es un pequeño poblado entre Carcasona y
Tolosa, cerca del viejo Recaudum, en la vía del Imperio
Romano del sur de Francia, cercano a España. Parece
ser que el nombre provenía de unas jóvenes
Algunos
martirizadas allí.
ponen el
poblado
cerca de
Barcelona, donde
según
dicen
tenía una
propiedad
la familia
Nolasco.
El año más probable de nacimiento es el 1282. Su padre
era Guillermo Nolasch, en francés, o Nolasco en
castellano. Su madre era Theodota, hermana de la
Vizcondesa de Narbona, y cercana en parentesco al
Conde de Tolosa y en parte a la casa real de Aragón.
Con el conde
de Tolosa el
padre
Guillermo
había sido
militar; pero
ahora se
dedicaba a
sus
propiedades
y al comercio.
La familia Nolasco, además de ser bien acomodada, era
muy cristiana. Eran los Nolasco como padres de sus
súbditos y su casa era como un albergue de los
peregrinos, especialmente los que pasaban a venerar el
sepulcro del apóstol Santiago en España. Solían mandar
dones y pedían oraciones ante el sepulcro. Dicen que un
sacerdote peregrino les anunció el nacimiento de un hijo
santo.
Dos virtudes se
vislumbran en el
alma del niño
Pedro desde que
tiene uso de
razón: la caridad y
la humildad.
Gozaba de dar a los pobres cuanto tenía a mano. Se
sentía feliz de hacer dichosos a los otros aunque él se
quedase sin nada. Su infancia y primera juventud
transcurren en el contacto con la naturaleza,
aprendiendo a hacer fructificar la hacienda familiar,
juntamente con el aprendizaje del oficio de mercader.
A los 15 años sufre la muerte de su padre y se dispone a
repartir santamente sus muchos bienes a lo que su
madre asiente. Pocos años después muere su madre.
Pedro Nolasco se dedica ya especialmente al comercio
y debe viajar bastante.
Siendo mercader de profesión, los continuos viajes de
negocios le ponen en contacto con la dura realidad del
cautiverio de los cristianos en poder de los musulmanes.
Los familiares de Pedro,
queriendo que se casase, ya lo
estaban preparando; pero él
desea hacer una peregrinación
espiritual a Monserrat. Allí, a los
pies de la Virgen, comprendió
mejor el vacío de las vanidades
mundanas y el tesoro que es la
vida eterna. Prometió a la Virgen
mantenerse puro y dedicarse a su
servicio.
Como por el sur de Francia los albigenses hacían
muchos estragos a los católicos, Pedro Nolasco vende
su hacienda y se instala en Barcelona.
Dedicado al
comercio,
recorre el
Mediterráneo
comprando,
vendiendo,
canjeando su
mercancía.
Eran tiempos en que los musulmanes saqueaban las
costas y llevaban a los cristianos como esclavos al
Africa. La horrenda condición de estas víctimas era
indescriptible. Muchos por eso perdían la fe pensando
que Dios les había abandonado. Esto principalmente es
lo que más movió a Pedro Nolasco a ayudarles con todas
sus fuerzas y fortuna.
En Barcelona brota su vocación singular de Pedro
Nolasco: dedicarse a la liberación de los cristianos caídos
como esclavos en manos de los moros. Los esclavos
cristianos en manos de los musulmanes, y los de otras
religiones también, recibían el nombre de cautivos y se
les sometía a toda clase de servicios duros y humillantes.
La
condición
de cautivo
se
asemejaba a
la de un
animal u
objeto en
manos de
un amo.
Pedro Nolasco que, como rico y audaz empresario había
surcado mares y cruzado tierras y reinos de moros y
cristianos, no pudo resistir el triste espectáculo de dolor
y cadenas que contemplaban sus ojos y decide cambiar
la razón social de la empresa: no se ocupará ya de la fácil
ganancia sino del hermano cautivo que, herido en su
dignidad de persona, llora la libertad perdida; y por la
libertad de los cautivos llegará a desprenderse de toda su
fortuna.
El 10 de marzo de 1203 sabemos que Pedro Nolasco
se titula “responsable de la limosna de los
cautivos”, según sentencia del canónigo de la seo
barcelonesa, Pedro de Oller. En este año de 1203
realiza la primera redención en la ciudad de
Valencia. Su gesto, a pesar de la reserva y humildad
con que lo realiza, no pasa inadvertido y algunos
jóvenes lo imitan.
Juntos hacen
diversas
redenciones,
liberando a
prisioneros
cristianos a
cambio de
dinero.
Cuando el dinero
se les termina,
viajan por
diversos pueblos
y ciudades, no
sólo recogiendo
dinero sino
sensibilizando a la
gente sobre la
situación de los
cautivos.
Comprometen la cabeza y el corazón de las personas y
no sólo sus bolsillos, convenciéndolas que la liberación
de los cristianos es algo que incumbe a toda la
comunidad.
Llega un momento en que la ayuda también se agota.
Pedro Nolasco, presionado por la urgente necesidad de
su tarea redentora, y viéndose sin dinero, se dice que
más de una vez concibió el proyecto de venderse a sí
mismo para liberar a los cautivos. Se plantea entrar en
alguna orden religiosa o retirarse al desierto. Entra en
una etapa de reflexión y oración profunda.
En la noche del 1 al 2 de
agosto de 1218 se le
aparece la Virgen
pidiéndole que fundara
una orden que se
dedicara a la redención de
los cautivos. Es la manera
de orientarle para
organizarse,
estructurando mejor la
empresa redentora. Debe
fundar una orden
religiosa: la Orden de la
Merced.
Según una tradición dudosa, también se apareció la
Virgen a San Raimundo de Peñafort y al rey Jaime I de
Aragón, y les comunicó a los tres por separado su deseo
de fundar una orden para redimir cautivos. Lo cierto es
que su confesor, San Raimundo de Peñafort, alentó a
Pedro Nolasco y le asistió en este proyecto al tiempo que
el rey Jaime I le ofreció su protección.
La Fundación de la Orden se realiza el día 10 de agosto de
1218 en la catedral de Barcelona, en ceremonia abierta,
con testigos del pueblo, del reino de Aragón y de la
Iglesia.
En el altar mayor de la
catedral Pedro Nolasco y
sus amigos hacen
profesión de redentores. El
obispo don Berenguer de
Palou acepta su
consagración como
religiosos y les impone el
hábito blanco, por la
pureza de la Virgen. De
esta manera se consagran
a Dios, para consagrarse
mejor a los hombres.
En la misma ceremonia el rey Jaime I de Aragón les arma
caballeros. Era una orden todavía medio clerical y medio
caballeresca. Pedro y sus compañeros recibieron el
escudo con las cuatro barras rojas sobre un fondo
amarillo de la corona de Aragón y la cruz blanca sobre
fondo rojo, titular de la catedral de Barcelona. Este será el
escudo de los mercedarios.
Pedro Nolasco tiembla
por si esto no podrá ir
adelante. Y oye una
voz que le dice
mientras está en
éxtasis: "No temas a
nada ni a nadie,
pequeño rebaño“. Su
espiritualidad se
fundamenta en Jesús,
el liberador de la
humanidad y en la
Virgen, la Madre
liberadora e ideal de la
persona libre.
El rey Jaime I se
constituyó en protector
de la nueva orden y,
para comenzar, asignó
a los frailes de la
Merced, como primera
residencia, el viejo
hospital
de
Santa
Eulalia,
vecino
al
palacio real. Más tarde,
en 1243, se instalan en
su nueva sede.
La nueva orden fue laica en los primeros tiempos.
En su primera sede que era el
hospital de Santa Eulalia,
junto al palacio real, recogían
a indigentes y a cautivos que
regresaban de tierras de
moros y no tenían donde ir.
Seguían la labor, que ya antes
hacían, de crear conciencia
sobre los cautivos y recaudar
dinero para liberarlos. Eran
acompañados con frecuencia
de ex-cautivos, ya que,
cuando uno era rescatado,
tenía obligación de participar
durante algún tiempo en este
servicio.
El fin específico de la
Orden se fijó en la "visita y
redención" de los cautivos
cristianos, selladas con el
cuarto voto de redención,
llamado en la orden “voto
de sangre”, por el cual el
mercedario se compromete
a dar la vida, si es
necesario, por la libertad
del cautivo en peligro de
perder su fe. La Orden
estaba
formada
por
clérigos
y
laicos
o
caballeros.
Los frailes hacían, además de los tres votos de la vida
religiosa, pobreza, castidad y obediencia, un cuarto
voto: dedicar su vida a liberar esclavos.
Al entrar en la orden los
miembros se comprometían a
quedarse en lugar de algún
cautivo que estuviese en
peligro de perder la fe, en caso
que el dinero no alcanzara a
pagar su redención. Entre los
que se quedaron como
esclavos está San Pedro
Armengol, un noble que entró
en la orden tras una juventud
disoluta. Este cuarto
voto distinguió a la nueva
comunidad de mercedarios.
No era, sin embargo, la
primera orden fundada
con tal carisma, pues
veinte años antes, san
Juan de Mata en
Francia fundaba en el
mismo espíritu la Orden
de la Santísima Trinidad
para la redención de
cautivos, generalmente
conocida como orden
de los trinitarios.
San Pedro Nolasco fue el primer superior adoptando el
título de General de la nueva familia religiosa,
que después tomó el
nombre de "Santa María
de la Merced para la
redención de los
cautivos" y se impuso
un ordenamiento
jurídico semejante al de
las órdenes de
caballería y militares,
aunque diferenciándose
claramente de ellas en
el espíritu, la finalidad y
los medios.
San Pedro Nolasco y sus frailes eran muy devotos de la
Virgen María, tomándola como patrona y guía. Pedro
Nolasco reconoció siempre a María Santísima como la
auténtica fundadora de la congregación mercedaria. Su
espiritualidad se fundamenta en Jesús el liberador de la
humanidad y en la Virgen, la Madre ideal de la persona
libre.
Los mercedarios
querían ser caballeros
de la Virgen María al
servicio de su obra
redentora.
Por eso la honran como
Madre de la Merced ó
Virgen Redentora.
San Pedro Nolasco sintió profundamente y así lo
transmitió a sus seguidores que la Virgen María le había
inspirado la fundación de una orden religiosa para la
redención de cautivos cristianos.
Y los frailes fundados por
Nolasco no se llamaron
nolasquinos en la línea de los
“dominicos” (de Domingo de
Guzmán) o los “franciscanos”
(de Francisco de Asís) sino
mercedarios, es decir, hijos e
hijas de Santa María de la
Merced,
Redentora
de
Cautivos, a quien toman como
su auténtica Fundadora y
expresión de este sentir
tradicional en la Orden.
En las frases de promulgación del texto constitucional de
1272 se afirma que estas Constituciones están hechas
para “honor de Dios y de la Virgen su Madre, para señoría
perpetua y utilidad de la Orden y cuidadosa y suspirada
liberación de los cautivos”.
Es costumbre
recibida de
San Pedro
Nolasco
dedicar a
nuestra Madre
las iglesias y
oratorios que
se construyen
en la Orden.
Desde 1219, una vez que todo
estaba un poco organizado,
Pedro Nolasco comenzó a llevar
a cabo su trabajo de redención
en: Valencia, Argel, Granada,
Baleares... Quien iba a las
tierras de los musulmanes para
rescatar a los presos cristianos
que había en las cárceles
musulmanas recibía el título de
“redentor”.
El ideal era: “Seguir a Cristo
Redentor dispuestos a seguirlo
sacrificando hasta la propia
vida en el ejercicio del
ministerio redentor”.
Estos religiosos
siguieron la regla
elaborada para ellos por
San Raimundo de
Peñafort. La orden fue
aprobada primero por
Honorio III y después,
como reconocimiento
universal de la Iglesia,
por Gregorio IX el 17 de
Enero de 1235,
concediéndose la Bula
de confirmación,
dándoles la regla de San
Agustín.
San Pedro Nolasco hizo que
los conventos fueran puntos
de apoyo desde los que se
irradiaba un mensaje de
amor y libertad; y en torno a
estos centros iba surgiendo
un movimiento redentor
laical en el que, participando
de la espiritualidad del nuevo
instituto, grupos de hombres
y mujeres ofrecían su trabajo
y se empeñaban en la tarea
de colectar limosnas para los
cautivos y en la de atender
en los hospitales de la Orden
a los pobres y enfermos.
Normalmente los
mercedarios iban cada
año en expediciones
redentoras. San Pedro
Nolasco continuó sus
viajes personalmente en
busca de esclavos
cristianos. En
Argelia, Africa, lo hicieron
prisionero pero logró
conseguir su
libertad. Aprovechando
sus dotes de comerciante,
organizó con éxito por
muchas ciudades
colectas para
los esclavos.
La profesión de mercader
de Pedro Nolasco fue de
gran utilidad para este
grupo de redentores en
esta primera época, ya que
los mercaderes tenían fácil
acceso a los países
musulmanes, eran
conocidos y, durante
siglos, ellos fueron casi
los únicos intermediarios
para el rescate de
cristianos en tierra de
moros y de moros en
tierra de cristianos.
El rey Jaime seguía
unido al nuevo
instituto. Decía que si
había logrado
conquistar la ciudad
de Valencia, ello se
debía a las oraciones
de Pedro
Nolasco. Cada
vez que obtenía
algún triunfo lo
atribuía a las
oraciones de este
santo.
Muchos eran,
por entonces,
los cristianos
capturados y
vendidos
como
esclavos a
los
musulmanes
de África.
Esto siguió ocurriendo hasta que desapareció la
piratería. Los mercedarios cumplieron con la promesa
hecha y en su historia constan, perfectamente
documentadas, 344 redenciones y más de 80.000
redimidos.
Los mercedarios querían
ser caballeros de la
Virgen María al servicio
de su obra redentora.
Por eso la honran como
Madre de la Merced o
Virgen Redentora. En el
capítulo general de 1272,
los frailes toman el
nombre de “La Orden de
Santa María de la
Merced, de la redención
de los cautivos,
mercedarios”.
Era el año 1245, San
Pedro Nolasco estaba
enfermo y se dice que
le gustaba pronunciar
parte del salmo 76 (ó
77) un poco a su
manera: "Tú, oh Dios,
haciendo maravillas,
mostraste tu poder a
los pueblos y con tu
brazo has rescatado a
los que estaban
cautivos y
esclavizados".
Se sabe que san Pedro
Nolasco
murió
poco
después de concluir un
acuerdo que hizo el 7 de
marzo de 1245, para
recibir la propiedad de
Arguines, pues cuando el
documento notarial llega a
Barcelona para su firma
por el Capítulo General, el
12 de junio de dicho año,
se dice que Pedro Nolasco
ya había fallecido.
Efectivamente el 6
de mayo de 1245,
san Pedro Nolasco
moría en
Barcelona. Se dice
que, estando muy
enfermo, apareció
en el coro sin
saber cómo había
llegado. Por eso se
dijo que había sido
llevado por
ángeles.
Su cuerpo fue
sepultado en la iglesia
de su convento. El
recuerdo de san Pedro
Nolasco, como un fiel
imitador de Cristo
Redentor, continuó no
sólo entre los
religiosos sino también
en el pueblo que lo
veneró como santo.
La sagrada Congregación de Ritos, después de un
regular proceso canónico, el 30 de septiembre de 1628,
aprobó el culto inmemorial que desde su muerte se le
había tributado. Alejandro VI, el 11 de junio de 1664,
extendió su culto a toda la Iglesia.
Para san Pedro Nolasco la auténtica riqueza del hombre
es su dignidad de persona, su libertad. Y al servicio de la
libertad de los cautivos de su tiempo puso su empresa,
sus dotes humanas y toda su persona.
Es el hombre de
espíritu práctico y
de gran capacidad
organizativa, que
entiende del riesgo
en sentido
evangélico, y sabe
unir en perfecta
síntesis la causa de
Dios y del hombre.
Su fe le hizo escuchar
el clamor del oprimido
y se sintió enviado por
Dios. Su esperanza la
vivió como dinamismo
de superación hasta lo
imposible y su amor le
llevará a ofrecer la
propia
libertad
e
incluso la vida por la
redención del otro: es
el
cuarto
voto
mercedario.
San Pedro Nolasco es un
alma de oración y penitencia
extraordinarias. Él quiere
clavarse en la Cruz como
Jesucristo. Conoce a fondo
que lo más esencial de
Cristo es su "gran
misericordia" y es lo que él
quiere imitar. Hay que llegar
al heroísmo de entregarse
para rescatar a los cautivos.
Es el "voto de redención"
que añadirá a los tres
tradicionales de la vida
religiosa.
El propósito principal de san Pedro Nolasco fue
arrancar de la perdición eterna las almas de los
cristianos a quienes el tedio de una prolongada
cautividad invita a renegar de la fe.
Así quería, al
mismo tiempo,
salvar el
cuerpo y el
alma de esos
desventurados.
Rico para los pobres y
pobre para sí, cualquier
privación o sacrificio le
parecía bien pagado si
con ello podía ayudar a la
persona necesitada; por
ello ordenará que antes
de admitir a los novicios a
la profesión les “deben
ser expuestas todas las
asperezas y pobrezas de
la Orden” y se habitúen a
un estilo austero de vida.
El secreto de la
asombrosa caridad de
Nolasco lo hallamos en su
profunda
devoción
al
Redentor del mundo. Por
eso les pedirá a sus hijos
que en el cumplimiento de
la misión redentora estén
“alegremente dispuestos
a dar sus vidas, si fuere
necesario,
como
Jesucristo la dio por
nosotros”.
Esta configuración con
la persona y la doctrina
del Redentor alimenta
toda la vida de la
Merced
desde
sus
orígenes.
De
esta
manera la figura y la
obra de Jesucristo,
Redentor del mundo,
son las que iluminan
todas las páginas del
testamento
espiritual
de San Pedro Nolasco.
Su segundo gran amor
fue María, de la que se
consideró
humilde mensajero y
servidor y a ella confió
la Orden fundada bajo
su inspiración.
Pedro Nolasco ama a la
Virgen con toda su
alma. A Ella ofrece y
entrega su Orden.
Siente una filial
devoción a la Santísima
Virgen María, a quien él
siempre consideró
inspiradora de su obra
redentora.
San Pedro Nolasco
tiene a veces una
oración mística
profunda hasta sentir
externamente lo
espiritual. La
aparición de la Virgen
en la noche del 1 al 2
de Agosto de 1218 es
la primera de una
larga serie.
Aunque mucho consiguió, san Pedro Nolasco soñaba
siempre con lo mejor en la unión con Dios. Quizá por eso
veía espiritualmente la Jerusalén celestial mostrada por
un ángel.
Otra aparición
famosa fue la
que tuvo san
Pedro Nolasco
del apóstol san
Pedro
crucificado.
Parece ser que Nolasco deseaba ir a visitar la tumba del
apóstol, ya que de él llevaba su nombre. Pero San Pedro
apóstol le dijo que no era necesario, pues en España
estaba ya haciendo mucho bien con la redención de
cautivos.
Con las actuales Constituciones de la Orden de la
Merced, siguen manifestando los mercedarios que se
consagran a Dios con un voto particular (cuarto voto) por
el cual: “prometemos dar la vida como Cristo la dio por
nosotros, si fuere necesario, para salvar a los cristianos
que se encuentran en extremo peligro de perder su fe, en
las nuevas formas de cautividad” (Const. 14).
Las Constituciones señalan cuales son las características que tienen que concurrir para que puedan decir que
esa situación es una nueva forma de cautividad:
-Es opresora y degradante de la persona humana.
-Nace de principios y sistemas opuestos al evangelio.
-Pone en peligro la fe de los cristianos.
-Ofrece la posibilidad de ayudar, visitar y redimir a las
personas que se encuentran dentro de ella.
Actualmente las “nuevas formas de cautividad”
suelen ser:
refugiados,
exiliados,
inmigrantes,
prisioneros,
“niños de la
calle” en
Brasil, y las de
aquellos que
están faltos de
libertad o
cuyos
derechos
fundamentales
son
conculcados.
El mercedario ha aprendido de san Pedro Nolasco a
descubrir con ojos de fe a Cristo Redentor en cada
persona que sufre por su dignidad humana, en cada
persona que está privada de libertad, en cada persona
que es esclava de su egoísmo. En cada cautivo, en cada
esclavo, en cada marginado el mercedario descubre a
Cristo Redentor que sufre y muere allí donde sufre y
muere un ser humano.
Siempre puesta la confianza en el Señor, porque Cristo
nos da la libertad, la salvación, la esperanza y el amor.
Automático
Cristo
nos da la
salvación.
Cristo nos
da la
esperanza.
Cristo
nos da
el amor.
Cuando
luche por
la paz y la
verdad, la
encontraré;
Cuando
cargue con
la cruz de
los demás,
me salvaré.
Dame,
Señor,
tu
palabra;
Oye,
Señor,
mi
oración.
Cristo
nos da la
libertad.
(Con María)
Cristo
nos da la
salvación.
Cristo nos
da la
esperanza.
Cristo
nos da
el amor.
Cuando
siembre la
alegría y la
amistad,
vendrá el
Amor;
Cuando
viva en
comunión
con los
demás,
seré de
Dios.
Dame,
Señor,
tu
palabra;
Cristo
nos da la
salvación.
Cristo nos
da la
esperanza.
Cristo
nos da
el amor.
Que María nos
haga la
merced de
acompañarnos
hasta el cielo.
AMÉN
Autor:
Silverio Velasco
Capellán de las hermanas Jesu Communio
en el Monasterio de la Aguilera
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