La agresión a la mujer no es un fenómeno nuevo, lleva siglos
produciéndose amparada, incluso legalmente, por un sistema
social androcéntrico y patriarcal en el que la mujer es
considerada propiedad del hombre.
Hasta el siglo XX la mujer estaba bajo la tutela del padre hasta
que se casaba y pasaba a la tutela del marido, no era dueña ni
de los bienes que heredaba que pasaban a engrosar el
patrimonio del cónyuge. En caso de quedarse soltera la tutela
y disposición de los bienes lo ejercían los miembros varones
de la familia.
Esta situación se mantiene en la actualidad en muchos países en
los que la mujer vive prácticamente esclavizada dentro del
matrimonio. Pero no es necesario irse fuera de España para
encontrarse con que la opresión de la mujer se ejerce con
violencia reiterada y continua.
“La mujer está hecha para obedecer al hombre, la mujer debe
aprender a sufrir injusticias y aguantar tiranías de un esposo
cruel sin protestar... La docilidad por parte de una esposa
hará a menudo que el esposos no sea tan bruto y entre en
razón”. (Jean-Jacques Rousseau)
La mujer maltratada, vive situaciones emocionales perturbadoras:
1. Perdida de la autoestima.
2. Ambivalencia hacia el maltratador por el que siente miedo,
agresividad y amor (durante las remisiones).
3. Ansiedad de la marcha que conlleva la responsabilidad del fracaso
familiar y, en la mayoría de los casos, hacerse cargo de los hijos.
4. Presiones del medio, que la culpabiliza por su posición de víctima y
por el fracaso conyugal, por ejemplo, las amistades presionan para
que le abandone, mientras que la madre para que le aguante.
5. Consecuencias económicas de una marcha.
6. Ineficiencia de apoyos jurídicos para protegerla y el temor
permanente a ser agredida de nuevo por la pareja que sigue
persiguiéndola.
Las causas del maltrato se atribuyen al
paro, las extremas condiciones laborales, el
alcoholismo y la drogadicción, la falta de
valores que engendra violencia...
Ni de una en una, ni todas ellas juntas
explican por qué el maltrato va dirigido del
hombre a la mujer y no a la inversa.
Ruptura rápida: La mujer se va en cuanto aparecen
las primeras manifestaciones de violencia.
•
Tiene el grado de estudios necesario para
encontrar un trabajo.
•
Tiene amigos con los que contar.
•
No tiene pasado familiar de violencia.
•
Tiene alternativas, conoce recursos y tiene
acceso a ellos.
•
Tiene una buena autoestima.
Ruptura a disgustos: Se separa tras varios años de soportar
violencia, después de haber intentado salvar la relación.
Reduce su culpabilidad puesto que ha hecho todo lo que
ella pensaba que podía salvar su pareja.
•
Ha puesto medios para poner fin a la violencia.
•
Ha buscado ayuda: psiquiátrica, alcohólicos anónimos,
etc…
•
Ha intentado salvar su matrimonio.
•
Su decisión ha sido pensada y meditada.
•
Evalúa que el precio del abuso es demasiado alto para ella y
los niños, y decide irse.
Ruptura evolutiva: Abandona la relación y vuelve sucesivas
veces, hasta adquirir el convencimiento de que es
preferible afrontarlos problemas derivados de la separación
que soportar la tortura de semejante relación. La violencia
se añade a la dificultad de irse.
•
Tiene baja autoestima
•
No conoce los recursos.
•
Tiene dificultades económicas.
•
Tiene pocas posibilidades de trabajar fuera de casa.
•
Comulga con los estereotipos femeninos (muy arreglada,
conforme le gusta al hombre).
•
Tiene la responsabilidad de los hijos teme la soledad.
•
Se siente aislada.
La violencia generada en una situación de maltrato no
se limita a la mujer sino que abarca, en la mayoría
de los casos, a los hijos. Estos comienzan por ser
testigos de la agresión a la madre y paulatinamente
van entrando en el círculo del maltrato. El
mecanismo es el mismo que en el caso de la mujer,
el padre golpea para imponer su voluntad y su
dominio. La coartada utilizada es enderezar a los
hijos, educarlos e impedir que se desmanden.
Los niños víctimas de la violencia en el hogar sufren retraso
escolar y alteraciones de la conducta, pero quizá la secuela más
importante es la aceptación de la violencia como un
comportamiento normal y cotidiano.
El niño expuesto a esta situación acaba por considerar la
agresión como un recurso válido para solucionar conflictos. La
violencia funciona y consigue sus objetivos, de esta forma se
transmite la idea de que pegar y golpear son conductas
aceptables y necesarias.
• Física. La violencia física es aquella que puede ser
percibida objetivamente por otros, que más
habitualmente deja huellas externas. Se refiere a
empujones, mordiscos, patadas, puñetazos, etc,
causados con las manos o algún objeto o arma. Es
la más visible, y por tanto facilita la toma de
conciencia de la víctima, pero también ha supuesto
que sea la más comúnmente reconocida social y
jurídicamente, en relación fundamentalmente con la
violencia psicológica.
Psicológica. La violencia psíquica aparece
inevitablemente siempre que hay otro tipo de
violencia. Supone amenazas, insultos,
humillaciones, desprecio hacia la propia mujer,
desvalorizando su trabajo, sus opiniones... Implica
una manipulación en la que incluso la indiferencia o
el silencio provocan en ella sentimientos de culpa e
indefensión, incrementando el control y la
dominación del agresor sobre la víctima, que es el
objetivo último de la violencia de género.
Sexual. “Se ejerce mediante presiones físicas
o psíquicas que pretenden imponer una
relación sexual no deseada mediante
coacción, intimidación o indefensión”
(Alberdi y Matas, 2002). Aunque podría
incluirse dentro del término de violencia
física, se distingue de aquella en que el
objeto es la libertad sexual de la mujer, no
tanto su integridad física. Hasta no hace
mucho, la legislación y los jueces no
consideraban este tipo de agresiones como
tales, si se producían dentro del matrimonio.
Esta destrucción resulta “visible” a través de síntomas varios:
depresión, ansiedad, insomnio, complacencia excesiva por
miedo a provocar ataques; en casos extremos deseos de
suicidio.
El maltratador alterna días de ataque con arrepentimientos y
días de “cariño”. Estos días son, precisamente, el gran
enemigo de la mujer maltratada porque descansa en esta “paz
aparente” y “se olvida”.
En este descuido reaparece la tensión y sobreviene el nuevo
ataque.
Estos días de calma devienen, además, en impedimento para
cortar el vínculo –porque hay que cortarlo-.
En España durante el año 2000 por cada millón de
mujeres hubo 2,4 asesinadas por su pareja. Este
índice ha aumentado en un 27% entre 1997 y el
2001. Cuatro de cada cien mujeres españolas
declara haber sido maltratadas en el último año.
Aunque la mayoría de las mujeres maltratadas sigue
sin denunciar a sus agresores, en el 2001 hubo un
incremento del 6.5% de denuncias respecto al
2000, pero se ha dado un aumento también de las
mujeres asesinadas por sus maridos luego de
haberles denunciado.
Los maltratadores suelen provenir de hogares violentos, en los
que han visto maltratar, y en los que les han maltratado,
generalmente. Estas personas suelen padecer trastornos
psicológicos y, muchos de ellos, utilizar sustancias, como el
alcohol, que ayudan a potenciar su agresividad.
Los maltratadores trasladan habitualmente la agresividad que
han acumulado en otros ámbitos hacia sus mujeres. Además,
consideran a la mujer como algo de su propiedad. Dentro de su
patología, está el arrepentimiento frecuente, y la mujer
malinterpreta este arrepentimiento, que sólo es temporal, hasta
el próximo golpe."
Los esfuerzos encaminados a acabar con el maltrato tropiezan
con varios escollos:
• La opinión de los demás (entorno, familia, amigos) sobre el
papel de sumisión de la mujer dentro del matrimonio.
• La culpa derivada de esa situación de sumisión:“estoy
comportándome mal, por eso me merezco un castigo”.
• La falta de independencia económica y la necesidad de sacar
adelante a los hijos.
• La ley: las reiteradas denuncias de amenazas son archivadas
porque “la policía no puede actuar hasta que se ha cometido
el delito”
Para solucionar eficazmente las situaciones de maltrato es
necesario tratar estos cuatro problemas conjuntamente.
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