“Le mataron un día, de madrugada,
cuando los hombres duermen,
cuando los gallos cantan.
Por todos los caminos su voz gritaba
las verdades que hieren,
las verdades que salvan”.
Texto: P. Teodoro Baztán, oar
Tuve la suerte de conocerlo dos meses
antes de caer abatido por las balas.
Unas balas que no han sido capaces de
acallar su voz ni de empequeñecer su
figura.
Y lo conocí precisamente ahí donde fue
asesinado. En un hospital para
cancerosos. Ellos, y las religiosas que
los atendían, eran su familia, su hogar.
El hospital, su casa.
Allí oraba, estudiaba y preparaba sus
homilías dominicales. Y en él recibía a
todos los suyos: a los sencillos y a los
pobres, a los perseguidos y a los que
luchaban por una vida más humana y
más justa. Me acompañó en la visita el
P. Fermín Moriones, agustino recoleto
Y párroco.
Nuestra entrevista duró más de
una hora. Hablamos de la
situación del país, de la lucha del
pueblo, de la Iglesia salvadoreña,
del trabajo pastoral de nuestra
comunidad agustino recoleta, del
testimonio valiente de los
cristianos, de los religiosos y
sacerdotes comprometidos todos
en una misma lucha por la justicia
como camino de evangelización.
Hablamos mucho. Pero no eran
únicamente palabras, palabras
más o menos bonitas o llamativas
que se pueden pronunciar al
margen de unos hechos. Como
Jesús, pasó por la vida diciendo y
haciendo el bien.
Viví con él una jornada que,
para mí, fue un verdadero
testimonio. Fuimos juntos, por
caminos dificiles e
interminables, a un pueblo
perdido entre montes, para
celebrar la fiesta patronal con
los campesinos.
Misa al aire libre con muchísima
gente venida también de los
alrededores. Primeras
comuniones, una boda,
confirmaciones... Sin un gesto
de cansancio, sencillo como
ellos, muy cercano a todos.
Escuchaba y anotaba todo lo que oía. Luego, el domingo,
lo proclamaría a los cuatro vientos de una manera patética,
pero firme y contundente. Vi a madres que se acercaban a
él, llorando, para contarle su desventura y dolor por el hijo
asesinado, torturado o desaparecido.
Porque su voz era la voz de los pobres, la voz de los que no
tenían voz. La voz de la Iglesia, la voz del Padre, la voz del
Profeta. La voz que, en la homilía de su misa dominical, se
escuchaba en todos los rincones del país. Y también en los
cuarteles. Y en las mansiones de los mandamás.
La catedral se llenaba hasta los topes para celebrar con él la
Eucaristía y para escuchar su palabra.
Homilías todas de más de una hora. A veces, dos y aun más, si el momento, la problemática o el tema lo exigían. Se le escuchaba con agrado, con interés.
Pedía y exigía justicia
Pedía y exigía amor.
Denunciaba las torturas, la explotación del pobre, la situación de hambre y de miseria, la marginación de la mayoría. Ponía en evidencia un sistema político que amparaba ún
Si en el trato personal parecía tímido e introvertido, en el púlpito su Su
Si en el trato personal parecía tímido e introvertido, en el
púlpito su figura se agigantaba y su palabra era clara,
valiente, denunciadora y evangélica.
Homilías todas de más de una hora. A veces, dos y aun más, si
el momento, la problemática o el tema lo exigían. Se le
escuchaba con agrado, con interés.
Pedía y exigía justicia.
Pedía y exigía amor.
Denunciaba las torturas,
la explotación del pobre,
la situación de hambre
y de miseria,
la marginación de la
mayoría.
Ponía en evidencia un
sistema político que
amparaba únicamente al
poderoso, al más fuerte.
Y todo ello desde el Evangelio de Jesús, con la fuerza del Espíritu,
con la verdad de los hechos y con la convicción de su fe cristiana
vivida hasta la raíz. Y por eso lo mataron. Por ser la conciencia y
la voz de todo un pueblo.
Lo mataron porque la VERDAD no admite
componendas, y a Ella la mataron primero.
"Si a mí me han perseguido,
también os perseguirán a vosotros".
Son palabras de Jesús.
Lo mataron por subversivo. Y era cierto. Es que no se podía
esperar justicia de un sistema político injusto y opresor.
Como a los Profetas y a Jesús.
Por identificarse con su pueblo.
Por fidelidad a Dios y al Evangelio.
Pero su palabra no ha muerto con él ni tampoco la obra
comenzada. La siembra ya está hecha..
Un día fructificará.
Tiene que ser así.
Porque la sangre de los mártires
es semilla de fe,
de amor y de justicia
Este es su testimonio:
He estado amenazado de muerte frecuentemente.
He de decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección: si me
matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.
Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad.
Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos a
quienes amo, que son todos los salvadoreños,
incluso por aquellos que vayan a asesinarme.
Si llegasen a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre
por la redención y por la resurrección de El Salvador.
El martirio es una gracia de Dios, que no creo merecerlo.
Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de
libertad y la señal de que la esperanza pronto será una realidad.
Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea para la liberación de mi pueblo
y como un testimonio de esperanza en el futuro.
Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquellos que
lo hagan.
De esta manera se convencerán que pierden su tiempo.
Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, nunca perecerá.
MARZO DE 1980
"Lo mataron un día de
madrugada...
Pero su voz resuena
por las montañas.
Seguiremos cantando,
seguiremos soñando,
Seguiremos viviendo
con su palabra"
“In memoriam”
Teodoro Baztán, 23 de mayo de 2015
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