Érase una vez un enanito chiquito que se llamaba Pedrito.
Vivía con su familia en un bosque muy hermoso lleno de
Árboles y flores.
La familia estaba formada por el papá, la mamá y cuatro
hermanitos. Pedrito era el mayor de todos y, aunque era
muy bueno y tranquilito,era muy, pero muy, pero muy enojón.
Casi todo lo enojaba, apenas comenzaba el día, se levantaba
de mal humor. Hacer los deberes lo ponía de peor humor.
Si su mamá cocinaba algo que no le gustaba, ¡pero que peor!
Sus papás estaban muy preocupados por él. Pedrito era
Muy cariñoso, buen hijo y cuando quería, podía ser muy
gracioso, pero parecía haber perdido su buen humor…
Sin encontrar una solución, sus papás decidieron consultar
al gran sabio del bosque, llamado Don Yolosetodo quien,
por supuesto, también era enano, para ver si él los podía
ayudar a que Pedrito encontrase su buen humor escondido
quizás en algún lugar.
–No es fácil… –dijo Don Yolosetodo, agarrándose la barba
larga y puntiaguda como un pirulín, y agregó:
–El buen humor es algo que se lleva dentro, ¡no se puede
salir a buscarlo como quien perdió un chocolate en medio
del cine!
Don Yolosetodo en una semana ya tenía su plan bien
armadito, con la esperanza de que Pedrito recuperase su
buen humor.
En la siguiente visita, los papás dejaron solo a Pedrito con
Don Yolosetodo. El sabio lo estudió de arriba abajo y
pensó: “La verdad es que este chico tiene cara de bueno,
¿será verdad
lo que dicen los padres?”. Pero bastó que le ofreciera un
vaso de leche
(que a Pedrito no le gustaba ni medio) para comprobar que
los papás
sí tenían razón.
–Bueno, niño, vamos a lo que nos importa –dijo Don
Yolosetodo.
El sabio le mostró un montó de llaves de colores. Le
explicó que él se las iba a dar y que
Pedrito tenía que tratar de encontrar la puerta correcta, allí
justo donde se había quedado su buen humor y así poder
rescatarlo.
Y allí se fue Pedrito, con los bolsillos llenos de
llaves misteriosas y la cabecita llena de dudas.
El día siguiente comenzó su camino, medio a desgano y
con cara de pocos amigos. Empezó su recorrido, encontró
la primera puerta, la abrió, pero allí no había nada, algo
que le pareció más que extraño.
–Debe de ser un error –dijo Pedrito.
Siguió caminando y detrás de cada puerta que abría, no
Había absolutamente nada y ya empezaba a fastidiarse.
Pensó “¡Qué sabio mentiroso este!”. Abrió todas las
puertas, excepto la última, y en ninguna encontró nada,
realmente estaba muy confundido.
Sólo le quedaba una llave, la última, y la última puerta por
abrir. Al abrirla y para su sorpresa, esta vez sí encontró
algo, un espejo grande, hermoso y del cual salían chispitas
Multicolores. Se reflejaba su imagen, pero con destellos y
cada destello representaba algo que a él no le agradaba.
Habían destellos más relucientes y eran los esfuerzos de
sus padres en cada cosa por las cuales se enfadaba.
Se puso a pensar que la mayor parte de su tiempo lo había
pasado enojándose y eso lo puso muy triste. Se dio cuenta
de que había otro modo de vivir. Entendió que cada cosa
que lo enojaba, que eran la mayoría, por no decir todas,
tenían otro lado, otro modo de verse, y hasta su lado
bueno y divertido.
–¡Gracias, Don Yolosetodo! ¡Gracias de verdad! Encontré
el espejo mágico y con él, mi sonrisa. También encontré
otro modo de ver las cosas y sobre todo, entendí.
–¿Qué entendiste? –preguntó intrigadísimo
el sabio, tocándose su larga barba de
chupetín pirulín.
–Que todo está dentro de uno, la alegría, el
buen y el mal humor, que todo puede
verse desde muchos lados y quehay que
tratar de elegir el mejor de todos ellos, el
que más felicidad nos dé.
FIN
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