San Antonio, 29 de enero de 1933
Señor Leonidas E. Proaño
Quito
Mi querido Eduardito:
Mi siempre pensado hijito no me olvido a ninguna hora
de usted. Siempre le tengo en mi mente y siempre
clamándole a Dios por mi hijito: que derrame sus gracias
y bendiciones, le proteja con sus auxilios divinos porque
nada somos, nada valemos, nada podemos hacer sin la
ayuda de Dios. No es otro fin el que me he propuesto, no
tengo otra idea, no quiero adquirir bienes para este
mundo … lo único que anhelo es que salve su alma y
salvar la mía. Creo que mi hijito también pedirá a Dios por
mi valor. Hijito mío, siga su camino que Dios le ayudará.
Hoy 29 de enero, qué fecha tan
memorable en que nació hijito,
nació a este mundo a padecer
en este valle de lágrimas; fecha
en la que me hace recordar todo
cuanto hemos pasado los
dositos: mi hijito me consolaba
en mis aflicciones, desde
pequeñito me daba buenas
insinuaciones, gozaba de su
dulce compañía … bueno, en fin,
a lo que vamos: cumplamos con
la voluntad de Dios.
Le deseo un buen principio y un buen fin de este nuevo
año; que Dios quiera que aumente más y más sus virtudes
e inflame su corazón en el fuego de su divino amor.
Recibí su muy cariñosa cartita
junto con la de su papá; le
agradezco mucho su buena
voluntad. Cuando me escribe,
tengo consuelo. Sé por medio de
sus frasesitas que las conozco
muy bien, que mi hijito es quien
me escribe. Le leo y le vuelvo a
leer. Su retrato que me mandó:
su carita le veo y no me canso de
verle tan sonreído que está,
conmigo parece que está
conversando, conmigo. Ay mi
hijito, cómo quisiera verle, cómo
conversara con usted.
Cuénteme todo lo que
pasa por allí. ¿Va a
recibir la primera
tonsura? ¿cuándo?...
¡Si podré irme, mi hijito!
Que Dios le bendiga.
Eduardito, me despido
hasta tener el gusto de
ver sus letras.
Su madre que desea su
felicidad y ansía verle.
A continuación la carta original
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