TEMA 4
LA FORMACION PASTORAL
DEL DISCIPULO MISIONERO
OBJETIVO:
Suscitar o fortalecer la conciencia de la llamada de Dios
a participar activamente en el apostolado de la Iglesia,
en el reconocimiento de los carismas otorgados por el Espíritu
Santo a todos los miembros de la Iglesia,
en la conciencia también de una necesidad de formación
pastoral que haga más eficaz la actividad apostólica.
Ven, Espíritu Creador, visita las almas
de tus fieles y llena de la divina gracia
los corazones, que Tú mismo creaste.
Tú eres nuestro Consolador,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego, caridad
y espiritual unción.
ORACIÓN
Tú derramas sobre nosotros
los siete dones;
Tu, el dedo de la mano de Dios;
Tú, el prometido del Padre;
Tú, que pones en nuestros labios
los tesoros de tu palabra.
Enciende con tu luz nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece nuestra débil carne.
V. Envía tu Espíritu
y serán creados.
R. Y renovarás la faz de la tierra.
Oremos
Oh Dios, que has iluminado
los corazones de tus hijos
con la luz del Espíritu Santo;
haznos dóciles a tu Espíritu
para gustar siempre el bien
y gozar de su consuelo.
Por Jesucristo Nuestro Señor.
R. Amén
VER CON LOS OJOS DEL PADRE
A veces he pensado que la historia de la Iglesia es como una
de esas series de televisión en las que capítulo a capítulo
se va desarrollando una trama con diversos giros,
a veces lentos, a veces vertiginosos.
Siguiendo este pensamiento, uno se sorprendería realmente
si habiendo visto el capítulo de la Iglesia de hace sesenta
años dejara de ver la serie y, después de varios días, volviera
a encender el televisor en el capítulo de la Iglesia actual
Saltaría rápidamente
a la vista el cambio de
escenario, de lenguaje,
de preocupaciones,
e incluso, de protagonista
de la serie.
Surgiría seguramente
la pregunta
¿Qué sucedió?
¿De qué me perdí?
Quien no hubiera
perdido la secuencia
de la serie respondería:
mira, en los últimos
capítulos sucedió
un acontecimiento
grande e importante
llamado el Concilio
Vaticano II.
Allí la Iglesia dio un giro
que lo cambió todo.
El padre Raniero Cantalamessa,
que es el predicador del Papa,
dice que este giro es tan especial
que solo se ha dado cuatro veces
a lo largo de dos mil años
de historia.
Él descubre que estos cuatro
giros han sido provocados
siempre por el mismo motivo:
la necesidad de una renovada
evangelización, o mejor dicho,
un ambiente necesitado
de escuchar la Buena Noticia
de Cristo, el Hijo de Dios muerto
y resucitado para darnos
la vida y la felicidad.
A cada uno de estos giros
corresponde una categoría nueva
de protagonistas.
PRIMER GRANDE GIRO
Corresponde a la primera
grande oleada
de evangelización.
Aquella primera predicación
con la que, a lo largo de cinco
siglos, se transformó el mundo
pagano greco-romano.
Esta tuvo como protagonistas
a los Apóstoles
y sus sucesores, los obispos,
quienes una vez predicado
el evangelio, guiaron
las comunidades
con la defensa de la doctrina
ortodoxa y la santidad de vida.
Los santos padres de la Iglesia
jugaron aquí
el papel preponderante.
SEGUNDO GRANDE GIRO
El segundo corresponde a la reevangelización de Europa,
que había sido conquistada por los pueblos bárbaros.
Este segundo giro se llevó a cabo hacia los siglos VII y VIII
y corrió a cargo de los mojes, venidos especialmente de Irlanda
e Inglaterra; como san Columbano, san Bonifacio, entre otros.
TERCER GRANDE GIRO
El tercer grande giro se vio motivado por el descubrimiento
de América. Allí surgió la necesidad de evangelizar a los nativos
de las nuevas tierras descubiertas [En torno
a esta llamada “conquista espiritual” no han dejado
de haber voces que se han levantado para denunciar
los graves atropellos a los derechos humanos por parte
de los conquistadores hacia los conquistados.
No dejando a un lado el aspecto humano y limitado
propio de cada etapa de la historia, hemos de hacer
hincapié en lo más importante: lo más importante
que sucedió hace más de quinientos años
no fue que Cristóbal Colón descubrió América,
sino que América descubrió a Cristo.
Esta evangelización fue llevada a cabo por otra categoría
nueva y distinta de evangelizadores:
Las ordenes mendicantes (franciscanos, dominicos,
agustinos y, posteriormente, jesuitas).
Grandes son los testimonios de pobreza y generosidad
de estos evangelizadores de nuestras tierras.
Muchos de ellos tomaban los barcos hacia nuestras tierras
sabiendo que jamás regresarían a sus patrias.
CUARTO GRANDE GIRO
El cuarto grande giro es el de nuestros tiempos,
donde se trata de transformar el mundo secularizado
postmoderno, entusiasmado profundamente por la ciencia,
la tecnología, la información, la ecología,
la belleza y el disfrutar de todo.
A esta etapa corresponde también un nuevo género de protagonistas.
Exactamente, LOS LAICOS.
No en cuanto sustitutos de obispos, sacerdotes, religiosos o monjes,
sino a título propio, con su características propias y con una realidad
no sólo reconocida sino profundamente promovida
por el Concilio Vaticano II:
LOS CARISMAS
JUZGAR
CON LOS CRITERIOS DEL HIJO
Iniciamos con la lectura de 1 Cor 12,4-11...
“Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo
Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay
diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en
todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El
Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para
enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también en el mismo
Espíritu.
A este se le da el don de curar, siempre
en ese único Espíritu; aquel, el don
de hacer milagros; a uno, el don
de profecía; a otro, el don de juzgar
sobre el valor de los dones del Espíritu;
a este, el don de lenguas;
a aquel, el don de interpretarlas.
Pero en todo esto, es el mismo y único
Espíritu el que actúa, distribuyendo
sus dones a cada uno en particular
como él quiere”.
a) El Espíritu Santo dador de los carismas
Para san Pablo la realidad
que fundamenta la existencia
de los diversos dones
en la comunidad eclesial
es la presencia viva del Espíritu Santo,
enviado por Nuestro Señor Jesucristo.
No se trata de algo otorgado
sólo a la Jerarquía,
sino a la Iglesia entera: pastores y fieles
Una realidad que da cumplimiento
al deseo de Moisés cuando
siendo designados para recibir
el espíritu de Yahvé
setenta y dos ancianos,
dos no acudieron (Eldad y Medad)
a la tienda del encuentro.
Cuando llegó el Espíritu,
también se posó sobre ellos
y comenzaron a profetizar.
Al enterarse Josué acudió a Moisés
para comunicarle lo ocurrido
y pedirle que los hiciera callar.
Moisés lo reprendió diciendo:
“¿sientes celo por mí? Quisiera el
cielo que todo el pueblo profetizara”
(Nm 11,25).
Se trata de una realidad
que ya veía y anunciaba
como promesa
el profeta Joel:
“Y sucederá que después
de esto, derramaré
mi Espíritu sobre toda carne;
y vuestros hijos
y vuestras hijas profetizarán,
vuestros ancianos
soñarán sueños,
vuestros jóvenes
verán visiones.
Y aun sobre los siervos y las siervas
derramaré mi Espíritu en esos días” (Jl 2,28-29).
Promesa que san Pedro declara como cumplida
el día de Pentecostés (cf. Hch 2,17).
Los carismas entonces
son una realidad que pertenecen
a la Iglesia entera y que ayuda
a los laicos a desempeñar
la misión propia que les es dada
directamente por Dios.
Misión que consiste concretamente, según palabras
del Concilio, en: “tratar de obtener el reino de Dios
gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según
Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno
de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social,
con las que su existencia está como entretejida.
Allí están llamados por Dios, para que,
desempeñando su propia profesión guiados
por el espíritu evangélico, contribuyan
a la santificación del mundo como desde dentro,
a modo de fermento.
Y así hagan manifiesto a Cristo
ante los demás, primordialmente
mediante el testimonio
de su vida, por la irradiación de
la fe, la esperanza y la caridad.
Por tanto, de manera singular,
a ellos corresponde iluminar
y ordenar las realidades
temporales a las que están
estrechamente vinculados,
de tal modo que sin cesar
se realicen y progresen conforme
a Cristo y sean para la gloria
del Creador y del Redentor”
(LG 31).
b) Los carismas al servicio
de la actividad apostólica.
No perdiendo nunca
de vista esto,
el Concilio afirma
que además de esta
vocación propia
de los laicos, ellos,
con sus carismas,
pueden ser llamados
a colaborar más
de cerca con
la Jerarquía,
desempeñando
un apostolado especial,
pudiendo ejercer
incluso algún cargo
eclesiástico oficial,
para contribuir
a la salvación de más
personas (cf. LG 33).
No es difícil descubrir que el tiempo actual ha sabido pasar
de la letra escrita del documento a la realidad vivida de la Iglesia.
Un evangelizador en Estados Unidos se dedicaba con mucho celo
al ministerio de la predicación.
Esposo, padre de familia, profesionista que predicaba con un
cierto y respetuoso humor (como los americanos saben hacerlo).
Comenzaba sus predicaciones diciendo:
“dos mil quinientos obispos reunidos en el Vaticano
me han enviado a ustedes para predicarles…” y, viendo
la reacción de extrañeza de la gente que lo escuchaba,
explicaba que esos dos mil quinientos obispos eran
los obispos reunidos en el Vaticano, los cuales habían
escrito el decreto sobre el Apostolado de los laicos en el
cual se dice que los laicos deben ir a predicar (cf. AA 6).
También en nuestras comunidades hoy
es fácil ver que esto es algo muy común.
Puede verse gran profesionalismo, rectitud de intención
y ortodoxia de doctrina, pericia y habilidad, disponibilidad
y fidelidad en varios miembros de nuestras comunidades,
que ejercen un servicio gratuitamente, en obediencia y con
mucho espíritu de fe.
Es necesario precisar, sin embargo, que toda esta actividad
no puede ser llamada propiamente actividad pastoral.
La actividad pastoral corresponde exclusivamente
a los pastores, es decir, a los miembros de la jerarquía:
el Obispo, el párroco, el vicario,
el sacerdote de tu comunidad, el diácono.
Llamar a los laicos que colaboran en la actividad parroquial
“agentes de pastoral” es impreciso.
Pueden ser llamados impropiamente así sólo porque colaboran
directamente con esta actividad de los pastores.
Como dice el Vaticano II: “Los laicos también puede ser
llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata
con el apostolado de la Jerarquía” (LG 33).
“La Jerarquía encomienda a los laicos algunas funciones
que están muy estrechamente unidas con los ministerios
de los pastores, como en la explicación de la doctrina
cristiana, en ciertos actos litúrgicos, en cura de almas” (AA 24).
“En este orden sobre todo se completan mutuamente
el apostolado de los laicos y el ministerio pastoral” (AA 6).
En cuanto al deber de los pastores con respecto
a este apostolado de los Laicos, el Concilio afirma:
“Los sagrados Pastores conocen perfectamente cuánto contribuyen
los laicos al bien de la Iglesia entera.
Saben los Pastores que no han sido instituidos por Cristo
para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia
en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar
a los fieles y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos,
a su modo, cooperen unánimemente en la obra común”
(LG 30).
Además “es deber de la Jerarquía promover el apostolado
de los laicos, prestar los principios y subsidios espirituales,
ordenar el ejercicio del apostolado al bien común de la Iglesia
y vigilar para que se respeten la doctrina y el orden” (AA 24).
Junto con esto es deber de los pastores procurar
una verdadera formación integral de los laicos
para lograr una mayor eficacia de su actividad apostólica.
c) La fuente única del apostolado
Nunca está de más
recordar que toda
esta actividad apostólica
tiene una única fuente:
CRISTO.
Quien ha descubierto
a Cristo resucitado
siente la necesidad
de comunicarlo.
El encuentro vivo con Cristo es el origen verdadero del
apostolado de la Iglesia y de la evangelización.
No se da lo que no se tiene. No se puede exportar a Jesús si
no lo producimos dentro; exportaríamos palabras.
Es necesario primero tenerlo realmente en el interior.
¿Por dónde recomenzar?
Por la aceptación del Kerigma
Dice san Pablo que la fe, la vida del Espíritu y la actividad apostólica,
surge por la escucha de la Buena Noticia. Surge de frente a la
afirmación de san Pedro el día de Pentecostés: Ustedes lo han
crucificado, Dios lo ha resucitado y lo ha constituido Señor.
Esta aceptación se hace real cuando se vive profundamente
desde la sinceridad del Corazón, el Papa Francisco afirma que:
“Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo
a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte,
para liberarte” (EG 164).
Es desde aquí que se experimenta la fuerza
del Espíritu que Cristo envía a sus discípulos;
fuerza que envía a la evangelización
y a la actividad apostólica, y que capacita
a través de los dones derramados.
ACTUAR
BAJO EL IMPULSO DEL ESPÍRITU SANTO
¿Qué nos toca hacer concretamente?
a) Suscitar para todos los
miembros de la comunidad
el encuentro con Jesucristo
vivo, a través de los medios
sobrenaturales
accesibles a todos,
tales como los sacramentos,
la Palabra de Dios,
encuentros, retiros, ejercicios,
la caridad, etc.
Todas estas actividades
o actos deben llevar
a la vivencia del Kerigma.
b) Renovar
la unción del Espíritu
para reconocer su acción
especial en cada miembro
de la comunidad eclesial y,
más concretamente, parroquial.
Es necesario suscitar
la capacidad de descubrir
los carismas que el Espíritu
ha donado a la comunidad
en cada uno de sus fieles,
no sólo en los dones
sobrenaturales, sino también
en aquellos más ordinarios
como las capacidades,
habilidades, profesiones,
e, incluso, gustos y aficiones.
c) Incentivar, apoyar la participación de los fieles
en apostolados que se suman a la actividad pastoral
de sus sacerdotes. Con una formación que oriente
todas las capacidades hacia un objetivo mismo:
la salvación del mundo.
d) Capacitar a los agentes de apoyo pastoral,
a través del estudio de la doctrina y teología católicas,
el estudio de la Palabra de Dios, entre otras cosas.
ORACIÓN FINAL
Recibid ¡oh Espíritu Santo!,
la consagración perfecta y absoluta
de todo mi ser, que os hago en este día
para que os dignéis ser en adelante,
en cada uno de los instantes
de mi vida, en cada una
de mis acciones, mi director,
mi luz, mi guía, mi fuerza,
y todo el amor de mi corazón.
Yo me abandono sin reservas
a vuestras divinas operaciones,
y quiero ser siempre dócil a vuestras
santas inspiraciones.
¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme
con María y en María, según el modelo
de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre
Creador. Gloria al Hijo Redentor.
Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén.
GRACIAS POR SU ATENCIÓN
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Ejercicios 04 - Vicaria Diocesana de Pastoral