El hombre que amaba a los
dragones
Valeria Dávila; Pablo de Bella.(versión del relato de Shen
Tsé- Obra de Shen Bu-jai)
Ed. Cangrejo. 2009, Bogotá- Colombia
Los dragones representan las fuerzas del Universo y la
Naturaleza –Explica el maestro Ye-. Por lo general, son
enormes serpientes, con cuerpo recubierto con escamas, y
patas de murciélago. Algunos tienen cuernos, garras y cola
en forma de tridente.
Los discípulos de Ye lo miraban atentos, tratando de imaginar a ese
ser del que tanto les hablaba su maestro. Es que Ye era realmente
un experto, más aún, un enamorado de los dragones. El más sabio,
el que más conocía y los amaba.
Las paredes de su hogar estaban pintadas con imágenes de
dragones. Los había pequeños y delicados, sutiles como la brisa,
livianos como el aire,. Los había fuertes y grandes, poderosos,
temibles. Los había espeluznantes. Y otros, extraordinariamente
bellos.
El maestro llevaba años pintando dragones. Decía tener
visiones y que con solo cerrar los ojos, podía ver claramente
a las fabulosas criaturas. Y así los retrataba, por cientos, en
cada centímetro de los muros de su casa.
Porque ellos ocupaban su pensamiento en todo momento.
Eran su refugio, su familia, la única compañía de su vida
solitaria.
Los dragones tienen el poder de atraer la lluvia, vigilar los
cielos y controlar el curso de los ríos- continuaba,
incansable, cada día- viven en cuevas, en los cráteres de
volcanes o en las profundidades de mares y océanos…
Cuando los discípulos dejaban su hogar, por las noches, Ye
se quedaba a solas con los dragones de sus paredes.
Y ocurrió que un día, el Gran Dragón de los Cielos se enteró
de que en un poblado llamado Piang She, existía un maestro
de nombre Ye, que decía conocer todo sobre los dragones.
Supo de su pasión y su amor, de sus pinturas y las visiones
que decía tener.
Por eso, pidió permiso al Venerable Señor de la Aurora, para
bajar a la Tierra y conocer al maestro en persona. El
Supremo Creador aceptó el pedido, con una sola condición:
la de no dañar al sabio.
Y así fue como una noche, mientras el profesor dialogaba con los
dragones de sus muros, el Gran Dragón descendió sobre las
montañas que rodeaban el poblado de Piang She.
Desde allí, observó los techos de las humildes chozas apiñadas, una
junto a la otra, tan iguales entre sí. Se preguntó cómo reconocería la
morada del maestro Ye.
Comenzó a recorrer las calles vacías, lentamente, bajo la luz
tenue de millones de estrellas. Y al pasar frente a una
ventana, escuchó una voz, única voz en la noche de Pian
She.
- Longway, Rey Dragón, protege mi sueño esta noche.
El Gran Dragón se sorprendió al escuchar su propio nombre
y reconoció, en la voz de aquel anciano, al sabio Ye, del que
le habían hablado.
- Concédeme la calma y la sabiduría para poder transmitir
mi ciencia hasta que muera.
El Gran Dragón observó desde la ventana, las hermosas
pinturas que adornaban las paredes. Tal como se decía de él,
aquel maestro era sin duda un hombre sabio, que amaba a los
dragones como ningún otro mortal.
Ye estaba ya sobre su catre con los ojos entrecerrados,
sumido en la maravillosa visión de un dragón blanco, cuando
el Gran Dragón asomó su cabeza por la ventana. El sabio
abrió los ojos, espantado.
Horrible criatura. ¿Quién eres? ¡cómo te atreves a
interrumpir mis meditaciones? ¡vete de aquí, ahora!
El Gran Dragón lo miró sorprendido. No esperaba ese
recibimiento de aquel hombre sabio.
-Maestro Ye, ¿acaso no me reconoces?
Mírame bien. Observa las brillantes escamas de mi piel y
mis ojos como dos soles.
Extraño ser. Te miro, mas no te conozco. No sé quien eres ni
por qué me visitas. Vete, te lo pido, vete ya de aquí.
-pero, ¿es que acaso no eres tú el maestro Ye, el sabio, el
que cada noche duerme con mi nombre en sus labios?
-¿tu nombre? No conozco tu nombre, ni quiero conocerlo.
Seguramente eres un enviado del mal y no quiero recibirte
en mi hogar. ¡te pido, te ordeno que te vayas!- gritó Ye con
todas sus fuerzas, en la noche calma.
El Gran Dragón sintió un profundo deseo de abrir su boca
para que las llamas de fuego demostraran al anciano su
poder magnífico, su fuerza ancestral. Pero tuvo miedo de
dañar a aquel hombre tan pequeño y débil. Recordó la
condición impuestas por el Venerable Señor de la Aurora y
decidió alejarse de la choza, decepcionado.
Recorrió nuevamente las calles vacías y llegó a la montañas
blancas que rodeaban el poblado.
En su choza, el maestro Ye oró toda la noche:
-Oh, Gran Dragón.
Oh, Longwang, magnífico Señor del Fuego, te doy gracias
por haberme protegido de la espantosa criatura que hoy me
visitó…
Las garras poderosas del Dragón eran ya solo destellos sobre
el cielo claro de Pian She.
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