“Vivía un
caballero que
pensaba que era
muy bueno,
generoso y
amoroso...
luchaba contra
todos sus
enemigos, que
eran malos,
mezquinos y
odiosos.
Mataba
Dragones y …
… rescataba
damiselas en
apuros... tenía
la mala
costumbre de
rescatar
damiselas
incluso cuando
ellas no
deseaban ser
rescatadas...
Y ante la mera
mención de una
cruzada, el
caballero se ponía
la armadura
entusiasmado,
montaba su
caballo y
cabalgaba en
cualquier
dirección”.
Lo malo del caballero
en cuestión es que
enamorado de su
armadura acabó por
no quitársela nunca.
Es una metáfora de
quien se va cerrando
en su mundo, por no
enfrentarse a la
realidad. Vive
metido en su coraza,
sin ver las
preocupaciones de
los demás.
Julieta es la mujer del
caballero de la novela,
era su mujer, y un día
ella le dijo que no lo
quería, que estaba
amargada; él le dijo que
sí que la amaba y que
por eso la había
rescatado, pero ella
contestó: “no me amas,
lo que tú amabas era la
idea de rescatarme. No
me amabas realmente
entonces ni me amas
realmente ahora”
Pasa que hay quien piensa
que en el fondo no necesita
de los demás, y esta
“misión” que siente de
ayudar a los otros quizá es
un modo de sentirse útil,
pero no hay ahí realmente
amor a los demás, sino
egoísmo. El caballero
estaba atrapado en su
visera metálica que le
impidió ver a los demás; y
por la cortedad de su visión
iba pisando con su armadura
de hierro los pies de los
demás; no sentía el dolor
de los demás.
La vida es como probar una fruta amarga al
comienzo pero después apetecible, la vida es
buena cuando se acepta, cuando no se huye
bajo armaduras ni corazas. A veces nos
pasamos la vida huyendo ante las dificultades,
pensamos que todo es una conquista y en
realidad es un don; pero para descubrir la
vida como un don hay que sentirse aceptado.
El “caballero” encerrado en la armadura que
somos todos, estaba en realidad usando a los
demás, los necesitaba para mostrarse bueno y
rescatarlos, pero como no se amaba no podía
amar a los demás.
Es necesario verse en el espejo de la verdad, y
descubrirse amable, y hecho para el amor, para ver
ese potencial hermoso, inocente y perfecto que hay
dentro de cada uno. Estamos acostumbrados en un
mundo algo hipócrita a esconder los sentimientos y no
decir lo que nos pasa... pasamos la vida intentando
agradar a la gente, y montamos cruzadas y matamos
dragones por fuera cuando los que hemos de batallar
son los de dentro. En lugar de intentar demostrar
que somos buenos y generosos “rescatando
damiselas”, el caballero descubre que la ambición
mata cuando nos hace pretender ser mejores que los
demás, no hemos de demostrar nada sino ser felices
siendo simplemente como somos. Un caballero
ambicioso quiere como casa el mejor castillo, y
cambiar de caballo cada dos años y progresar... y así
no vive.
En realidad la felicidad está en ganar en
riqueza interior: ser más generoso,
compasivo, inteligente y altruista, eso es ser
rico y ambicioso de verdad. La ambición mala
es tener más y la buena es tener un corazón
puro. Decía san Josemaría Escrivá que “más
que en ‘dar’, la caridad está en ‘comprender’”,
conocer al otro en sus afanes y sentimientos,
ponerse en sus circunstancias, ver las cosas
con serenidad... querer y dejarse querer. No
se requiere competir con nadie, no hay que
hacer daño a nadie; simplemente darse a los
demás, como el manzano, que cuantas más
manzanas coge la gente más crece el árbol y
más hermoso se vuelve: así el hombre
desarrolla su potencial para beneficio de
todos, así progresan los que tienen ambiciones
del corazón.
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1El caballero de la armadura oxidada