De nuevo, los cristianos nos
reunimos para dar gracias a
Dios, para escuchar su Palabra y
para compartir nuestra fe como
miembros de la Iglesia de Cristo.
Y en esta reunión eucarística no
importa la procedencia de cada
uno de nosotros.
La fe en Jesús está por encima de
todo tipo de fronteras. Pero no
siempre ha sido así; y actualmente
también
existen
criterios
"discriminatorios"
sobre
tales
personas o sobre el origen de tales
otras que, incluso, comparten la
misma eucaristía.
AMBIENTACIÓN
El Señor nos da hoy una gran lección
de "universalismo de la salvación".
Compartimos la misma fe en
Jesucristo y la misma esperanza.
JAMBIENTACIÓN
esús predicaba y actuaba
normalmente sólo en territorio
de Israel, aunque a veces se
acercó a las fronteras de los
países paganos. Esta vez entra
en territorio fenicio, al norte de
Galilea, en el actual Líbano,
hace un milagro a favor de una
mujer extranjera y además
alaba delante de todos su fe.
Es el aspecto que ya se anticipa
en la primera lectura, con el
anuncio profético de que también
los extranjeros pueden acudir al
Templo y obtener los favores de
Dios.
AMBIENTACIÓN
En un mundo cada vez más
pluralista, pero a la vez tentado de
particularismo egoísta, nos va bien
esta llamada a la universalidad, a la
catolicidad, imitando el estilo de
Dios y del mismo Cristo Jesús.
Ven, Espíritu Santo,
ilumina nuestra mente,
nuestro corazón y nuestra voluntad,
para que podamos comprender,
aceptar y vivir
la Palabra de Dios.
Llena con tu santo poder
a todos los que nos acercamos
a escuchar la Palabra
para que, guiados por ella,
nos encontremos con Jesucristo vivo
para gloria del Padre.
Que nos dejemos empapar
por la Palabra de Dios
para hacer
más fecunda mi vida
en relación con los demás
y que nuestra vida
produzca frutos de amor
y de justicia.
Amén.
Estamos en la tercera parte del libro de
Isaías, a la vuelta del destierro. Su
primer mensaje es una página muy
universalista: la salvación de Dios
también está destinada a los extranjeros:
"a los extranjeros los traeré a mi monte
santo... aceptaré sus sacrificios... mi
casa es casa de oración para todos los
pueblos". El profeta afirma que también
hay extranjeros que merecen el
beneplácito de Dios porque se dan al
Señor y le sirven y aman su nombre y
guardan la alianza.
La liturgia de hoy pone énfasis en la
misericordia de Dios con los no cristianos
y sus caminos de salvación. Isaías, por
ejemplo, dice que el pagano que sigue su
buena conciencia y se entrega a Dios de
acuerdo con ella, será llevado, al fin, a un
encuentro con el verdadero Dios.
La salvación de Dios es para todos los
justos La comunidad después del exilio
fundamenta las bases de su nueva
existencia: el sábado, el culto, el templo,
la ley. Esta ha de ser la nueva forma de
vivir la alianza, sin exclusivismos; todos
están llamados.
En
consonancia
con
el
mensaje del profeta, la liturgia
de hoy ha elegido un salmo
universal y misionero: "oh Dios,
que te alaben los pueblos, que
todos los pueblos te alaben".
El deseo y la oración del
salmista es que "conozca la
tierra tus caminos, y todos los
pueblos tu salvación".
Sigue en la carta de Pablo el
tema de la obstinación y el
misterioso destino de Israel.
Vuelve a mostrar el apóstol su
amor al pueblo judío, sin perder
la esperanza de que un día
lleguen a reconocer al Mesías,
como lo están haciendo muchos
pueblos paganos. Su deseo
mayor es "a ver si salvo a alguno
de los de mi raza".
Pablo está orgulloso de poder ser
llamado apóstol de los paganos,
pero no por eso se desentiende de
su pueblo. Si los paganos están
siendo admitidos a la comunidad de
los salvados, ¿cuánto más no
habría que esperar que los del
pueblo elegido, los herederos de
las promesas, tengan igual o mejor
suerte? El razonamiento de Pablo
es valiente: "los dones y la llamada
de Dios son irrevocables".
San Pablo también pone énfasis en la
misericordia universal de Dios y su
voluntad de salvar a todos. Dios tiene
misericordia de todos Universalismo de la
salvación por una parte y gratuidad por
otra. Esta idea aparece cuando compara
la situación de judíos y gentiles con
respecto a Dios. Primero, los gentiles
eran ajenos a Dios, y Dios los llamó para
hacerlos parte de su Pueblo. Luego,
después dé Cristo, los judíos se
apartaron, pero a la larga, por la
misericordia
de
Dios,
quedarán
reintegrados a su pueblo.
Ni judíos ni gentiles
son los detentadores
de la salvación.
Dios se sirve de
unos para atraer
a otros.
La mujer cananea
(Mc. 7,24-30)
21 Desde
allí se fue a la región de Tiro y
Sidón. 22 Una mujer cananea de la
zona salió gritando:
–¡Señor, Hijo de David, ten compasión
de mí! Mi hija es atormentada por un
demonio.
23 Él no respondió una palabra. Se
acercaron
los
discípulos
y
le
suplicaron.
–Señor, atiéndela, para que no siga
gritando detrás de nosotros.
24 Él
contestó:
– ¡He sido enviado solamente a las
ovejas perdidas de la Casa de Israel!
25 Pero ella se acercó y se postró ante él
diciendo:
– ¡Señor, ayúdame!
26 Él respondió:
–No está bien quitar el pan a los hijos
para echárselo a los perritos.
27 Ella replicó:
– Es verdad, Señor; pero también los
perritos comen las migajas que caen
de la mesa de sus dueños.
28 Entonces
Jesús le contestó:
–Mujer, ¡qué fe tan grande tienes! Que
se cumplan tus deseos.
Y en aquel momento, su hija quedó
sana.
Una mujer extranjera, sirofenicia, le
pide a Jesús que cure a su hija
enferma, que está "poseída por un
demonio muy malo". Jesús no le pone
la cosa fácil a la buena mujer. Primero
hace ver como que no la oye. Sólo
ante la petición de los apóstoles (a los
que molesta esa mujer "que viene
detrás gritando"), responde, pero
parece que negativamente, alegando
que él ha sido enviado sobre todo
para los que pertenecen al pueblo
elegido de Israel.
A la mujer, no sólo parece no atenderla,
sino que pone a prueba su fe, con la
comparación, que a nosotros nos puede
parecer ofensiva, de que el pan es para
los hijos y no para los perros, aludiendo al
pueblo de Israel, como "los hijos", y a los
demás como no pertenecientes a la casa.
Pero la mujer contesta finamente que en
cualquier casa, sin quitar el pan a los
hijos, se procura que quede algo para los
perritos. Jesús, entonces, le concede lo
que pide, alabándole su fe: "mujer, qué
grande es tu fe: que se cumpla lo que
deseas".
Este episodio evangélico de Cristo
y la mujer cananea es desconcertante:
a) Jesús rehúsa ayudarla. ¿Por qué? Jesús
siguió un criterio en su evangelización: aunque
vino para todos y el bien de todos, incluidos los
cananeos, dio preferencia, durante la etapa
apostólica de su vida mortal, al pueblo de
Israel. Al hacer así siguió la preferencia de
Dios por su pueblo escogido en el Antiguo
Testamento, y el plan de Dios de hacer una
Nueva Alianza con todos, comenzando por el
pueblo escogido. En las palabras de Jesús:
«Sólo fui enviado a las ovejas extraviadas de la
casa de Israel». Porque después de él, la
Iglesia apostólica sería enviada a todos.
b)ante la fiel y humilde
insistencia de la mujer, Jesús
acepta. Se aparta de su criterio
y plan de acción. ¿Por qué?
Por sobre todo Jesús es
misericordioso. Por otra parte
es extremadamente sensible a
la fe y a la humildad. Y su
misericordia
rebasa
sus
criterios, a pesar de lo sensato
que éstos fueran.
Así como la misericordia de Cristo era
la suprema regla en su apostolado,
de igual modo en la Iglesia los
Pastores y evangelizadores deberían
tener siempre esto presente.
Dios no discrimina a los pueblos. Las
palabras de Jesús a la mujer
cananea
(fenicia)
son
desconcertantes; tal vez para
provocar la fe y la humildad. Una
expresión más del universalismo de
la salvación.
Dios quiere
la salvación de todos
La Palabra de Dios nos recuerda hoy
que también con los que no son de "los
nuestros" debemos ser acogedores.
También los extranjeros tienen derecho
a la salvación de Dios. Dios ama a
todas sus creaturas, sea cual sea su
raza y su condición social y su religión.
Hace llover sobe justos y pecadores.
Es el Padre de todos.
Ya en el Antiguo Testamento, como hemos
visto en Isaías, se anuncia que también los
extranjeros pueden agradar a Dios y que
serán escuchadas sus oraciones y aceptados
sus sacrificios. Cuando el joven rey Salomón,
al inaugurar solemnemente el Templo de
Jerusalén, oró por su pueblo, pidiendo a Dios
que escuchara las oraciones de los que
venían a este lugar santo, añadió: "También al
extranjero que no es de tu pueblo Israel, al que
viene de un país lejano a causa de tu Nombre... a
orar en tu Casa, escucha tú desde los cielos y haz
según te pida el extranjero, para que todos los
pueblos de la tierra conozcan tu Nombre"... (1Re.
8, 41ss).
El hombre ha sido creado por Dios y está
llamado a la salvación, sea de la nación que
fuere y hable la lengua que quiera. Dios está
por
encima
de
toda
frontera;
es
absolutamente universal. Esto es lo que el
profeta Isaías dice a los hombres de su
pueblo en la I a lectura de hoy. Y también nos
lo dice a nosotros: la salvación de Dios es
universal y el templo es el lugar de encuentro
con Dios y de oración por y para todos.
Lo anunciado por el profeta se hace realidad
total en Cristo-Jesús: el mensaje de salvación
es ofrecido y acogido por marginados,
extranjeros, pobres, necesitados...
A Pablo le preocupa
la suerte de su pueblo
En la carta de Pablo encontramos otra
línea de pensamiento: la suerte de su
pueblo. En los primeros años de la
comunidad
cristiana,
había
varios
frentes en que se intentaba discernir la
voluntad de Dios sobre el futuro de la
Iglesia: a) la admisión a la fe de los
pueblos paganos, y con qué condiciones;
b) y la admisión o readmisión del pueblo
judío, que había sido el primer destinatario
de la salvación mesiánica.
San Pablo se siente muy contrariado por la
respuesta que el pueblo judío ha dado al
mensaje redentor de Cristo-Jesús. El pueblo
judío era el destinatario de la promesa de
redención realizada por Dios.
Pero a la llegada del cumplimiento de esa
promesa, con el nacimiento de Jesús, el
pueblo no le acoge como Salvador. Esto hace
sufrir a un judío "de pura cepa" como es
Pablo. Pero no se desanima en su misión
apostólica. Si el pueblo judío no acepta a
Jesús como Salvador, él se dedicará a
proclamar el mensaje evangélico a los
gentiles, a los paganos.
Y, así, la redención de Jesús rompe
la frontera del pueblo judío y la
misericordia de Dios se deja sentir
a lo largo y a lo ancho de todo el
mundo, porque la salvación es
universal.
De este modo, la infidelidad de un
pueblo es motivo para que Dios por medio de San Pablo- se
manifieste a otros muchos; se
universalice.
Muchas veces nos encontramos, sobre
todo cuando leemos los Hechos de los
Apóstoles, con el primero: la admisión
de los paganos. Pero Pablo, aquí,
reflexiona sobre el segundo de los
aspectos. El desea la conversión de su
pueblo, quisiera que los judíos, viendo
cómo tantos paganos aceptan la fe,
sintieran celos y recapacitaran sobre su
rechazo de Jesús. ¿Cómo puede ser
que Dios se olvide de su pueblo, el
pueblo elegido, el pueblo de "la nunca
derogada primera Alianza"?
Para Pablo es clara la voluntad
de
Dios:
todos
están
destinados a la salvación. El
pueblo elegido en primer lugar
-él siempre predica primero a
los judíos, en la sinagoga, y
sólo después pasa a los
paganos-, pero también los
paganos. Cristo ha muerto
por todos.
Jesús alaba la fe de una extranjera
Jesús, aunque predicara normalmente en
tierras de Israel, no perdía ocasión para
alabar la fe también de los extranjeros: del
leproso samaritano que vuelve a dar
gracias, del buen samaritano que atiende al
herido del camino, al centurión romano por
su fe; hoy, a esa mujer extranjera que tiene
fe en él.
Cuando Mateo escribe su evangelio,
muchos paganos están entrando en la
Iglesia. Por eso, el milagro de hoy adquiere
un simbolismo de justificación y anuncio.
Lo que las lecturas anteriores nos
ofrecen como fundamental, la
redención universal de Jesús, se
ratifica en el Evangelio que
proclamamos hoy. La acción de
Dios, al igual que lo hizo el Señor,
siempre responde a quienes
acuden a El con sencillez, con
humildad, con fe, reconociendo su
personal pobreza y la seguridad
en la fuerza misericordiosa de
Dios.
Para
Jesús,
los
únicos
"marginados", los "separados",
los "alejados", son los soberbios,
los hartos, los "cargados de
derechos", los satisfechos. Por
eso, en el Evangelio de hoy, se nos
ofrece el ejemplo de una mujer
que, sintiéndose necesitada, y
sabiendo que Jesús podía
satisfacer su necesidad, se
acerca a él a pesar del desprecio
aparente con que es tratada.
Nosotros
comenzamos
la
Celebración eucarística diciendo
a Dios: ¡Señor, ten piedad!
Esa misma súplica es la que
utiliza la mujer del Evangelio de
hoy frente a Jesús. Pero es un
grito que le sale del alma. Es la
plegaria de una madre que
siente como propio el dolor y la
enfermedad de su hija.
Por la fuerza de su ruego, la sinceridad
de su plegaria y la confianza en CristoJesús, alcanza lo que pide: la salud para
su hija.
No es la pertenencia al pueblo judío lo
que salva, sino la fe en el Enviado de
Dios. No es la raza, sino la disposición
de cada uno ante la oferta de Dios.
Cristo hoy alaba a esta buena mujer, que
no es judía. Mientras que muchas veces
tiene que criticar la poca fe de los
"oficialmente buenos", los del pueblo
elegido.
El evangelio de Mateo,
que
leemos
los
domingos de este año,
termina con un encargo
misionero claro por parte
de Jesús: "vayan y
enseñen a todas las
naciones...".
¡Ven, Señor Jesús!
Envía tu Espíritu,
que dé calor al corazón
helado de esta sociedad.
Nos han hecho creer
que hay enemigos,
que los nacidos
más allá de una línea marcada
son extraños.
Nos hemos hecho
unos para otros extranjeros.
No somos todos igual de ciudadanos.
¡Oh Padre de bondad,
haz que nos convirtamos!
¡Que tus Iglesias superen
los orgullos y prejuicios
y sean morada acogedora
para los marginados y emigrantes,
para todos los que se sientan extranjeros
en este mundo lleno de barreras y de muros.
Que nuestras comunidades y nuestras casas
sean lugar de encuentro entre personas,
morada abierta a la esperanza de los pobres.
Éste será el signo
de tu presencia entre nosotros;
un mundo sin clases ni fronteras.
Acuérdate de todos los difuntos
y admítelos
en la unidad fraterna de tu Reino. Amén.
¿Es universal
y "católico" nuestro corazón?
Poco caso parecen haber hecho los
judíos a este pasaje de Isaías: no
aparecen
universalistas,
instintivamente
rechazan
a
los
extranjeros. Jesús tuvo que corregir
una y otra vez ese "racismo" que se
basaba en que ellos eran "hijos de
Abrahán": pedía que fueran seguidores
de Abrahán, no tanto por la herencia
racial, sino por la fe.
A las primeras generaciones de
cristianos les costó convencerse de que
la puerta del Reino y de la fe estaba
abierta también a los paganos. Basta
recordar los diversos episodios de los
Hechos de los Apóstoles, como cuando
Pedro tuvo que rendir cuentas a la
comunidad porque había admitido a la fe
a la familia del centurión romano
Cornelio (cfr. Hch. 11, 1-5.18), o la mesa
redonda que se tuvo que organizar sobre
el tema en el llamado "Concilio de
Jerusalén" (Hch. 15, 1-35).
Todos solemos tener problemas
anímicos a la hora de incluir en
nuestra esfera de convivencia a
gentes de otra cultura o religión
o edad, o a los de ideología
política distinta. La primera
reacción, ante estas personas,
es la desconfianza, y las
discriminamos fácilmente de
mil maneras.
Esto puede sucedemos en
varios niveles. Por ejemplo, en
el
diálogo
inter-religioso,
empezando por los judíos,
como ya veíamos el domingo
pasado. Cada vez más, en
nuestra sociedad, convivimos
con personas de otra cultura y
religión, y tendríamos que
saber superar los prejuicios.
No es que todas las
religiones sean iguales.
Pero toda persona puede ser
fiel a Dios según la conciencia
en la que ha sido formada, y
puede darnos ejemplos tan
hermosos como el de la fe que
Jesús alabó en la mujer
cananea.
Sería bueno que releyéramos dos
documentos del Vaticano II , el
que trata de nuestra relación con
las otras confesiones cristianas,
la “Restauración de la unidad”
(“Unitatis Redintegratio”, que es
el Decreto sobre el Ecumenismo)
y la que habla de las religiones
no cristianas, entre otras de modo
preferente la judía: la “Nostra
Aetate” (= “en nuestra época…”)
Además, la actual enseñanza del
Magisterio de la Iglesia, contenida en la
Exhortación Apostólica “La Palabra del
Señor” (= “Verbum Domini”, VD. 117-120),
del Papa Benedicto XVI.
Todo este magisterio eclesial nos enseña
a afinar nuestra caridad cristiana y nuestra
amplitud de miras en las relaciones con
todas estas personas, a la vez que damos
testimonio de fidelidad a nuestras
convicciones.
En una sociedad cada vez
más pluralista, es fácil que
nos resulten incómodas y
molestas muchas personas:
- los forasteros,
- los inmigrantes, los
- desconocidos,
- hasta los turistas de paso.
Sin embargo, esas personas nos
dan lecciones en algunas
ocasiones: lecciones de
generosidad, de fe, de
sinceridad.
Es la ocasión para que
aprendamos a evitar toda clase
de racismo o de nacionalismo
excluyente.
¿Tenemos oídos para escuchar las
súplicas -a veces, los gritos- de los
que a nuestro lado necesitan
ayuda?
Muchas veces no es ayuda
económica lo que necesitan, sino
una mano tendida y una cara
acogedora y un interés sincero por
sus problemas o interrogantes.
En la Eucaristía tenemos un mismo
Pan y una misma Palabra para
todos, sin propiedad exclusiva; pan
de vida para todos. La Iglesia no es
un gueto, es una misión, fermento
de fraternidad universal.
La Eucaristía es cada vez
una escuela de universalidad y
de caridad. Cuando estamos a
punto de participar del mismo
Cuerpo y Sangre de Cristo –
antes hemos compartido ya la
misma Palabra de Dios y
hemos rezado y cantado juntosnos damos la paz con los que
están a nuestro lado, sean
conocidos o no.
Es un gesto simbólico de
que también luego, en la vida,
acogeremos a los demás, sean
o no de nuestro gusto.
Empezamos
la
misa
precisamente con las palabras que
Mateo pone en labios de la mujer
cananea: "ten compasión de mí,
Señor", que es exactamente la
traducción del "Kyrie, eleison".
Eso nos hace humildes, tanto en
relación con Dios como en relación a
nuestro prójimo.
El día del último juicio, una
de las frase que más nos
gustará oír de labios del
Juez, que es Cristo mismo,
es esta: "era forastero y me
acogieron... a mí me lo
hicieron“.
Compartimos un pan común,
para la salvación de todos...
Colaboramos
en
la
evangelización…
¿De qué forma?...
¡Démonos
fraternalmente la paz!
Algunas preguntas
para meditar durante la semana
1. ¿Me confío en ser un católico de
nombre, o en mi fe y buenas obras?
2. ¿En qué pongo énfasis en mi catolicismo:
en reglas o en la misericordia?
3. ¿Cómo vivimos nuestra salvación: en
solitario o en grupo?
4. La salvación ¿qué clase de solidaridad
nos exige?
5. ¿Es universal y "católico" nuestro
corazón?
MADRE DE LA
MISERICORDIA,
RUEGA POR
NOSOTROS
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