Juan 6, 61-69 //21 domingo –B- // 23 de agosto de 2009
Cuando se ha probado a volar por la vida con Jesús,
¿a dónde podemos ir que encontremos las palabras
que son y producen vida,
que entusiasman y esperanzan,
que invitan e inquietan,
que hacen vivir y no sólo subsistir?
Muchos de sus discípulos,
al oír a Jesús, dijeron:
–Esta doctrina es inadmisible,
¿Quién puede aceptarla?
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Lo que pide Jesús no siempre resulta fácil.
¿Quién no encuentra duro lo de poner
la otra mejilla y lo del perdón incondicional,
lo de servir y no querer ser [email protected],
no juzgar,
dar, no de lo que sobra sino de lo necesario,
preferir ocupar los últimos puestos... ...?
Lo que pide Jesús es lo que más
compromete y lo que más felicidad
y libertad proporciona.
Jesús, sabiendo que sus discípulos criticaban su enseñanza, les
preguntó:
–¿Os resulta difícil aceptar esto? 62 ¿Qué ocurriría si vieseis al Hijo del
hombre subir adonde estaba antes?
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Es lógica la sorpresa y el rechazo de quienes se han acostumbrado a un dios
hecho a la medida de su historia personal o como les han contado.
El encuentro con Jesús supone un proceso personal, largo y selectivo.
El resultado es para celebrarlo desde la gratuidad, la alegría, la esperanza...
Es necesario estar [email protected], porque Dios no responde a nuestro capricho,
pero sí realiza nuestras aspiraciones.
No es como [email protected] queremos, sino como [email protected] necesitamos.
El Espíritu es quien da la vida;
la carne no sirve para nada.
Las palabras que os he dicho son espíritu
y vida. 64 Pero algunos de vosotros no creen.
Jesús sabía desde el principio quiénes eran los
que no creían y quién lo iba a entregar.
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Seguir a Jesús es cuestión de amor y de Espíritu.
Jesús opone el “espíritu”, que es la fuerza y la vida, a la “carne”, que en la
Biblia significa muerte, egoísmo, cobardía... Nada relacionado con el cuerpo,
como se tiende a pensar basándose en la distinción entre alma y cuerpo.
Distinción que viene de la filosofía griega, no de Jesús.
Creer compromete. La fe no es un tranquilizante.
La fe en Jesús supone aceptarle a él y a su estilo de vida.
Y añadió:
–Por eso os dije que nadie puede aceptarme, si el Padre no se lo concede.
66 Desde entonces, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no iban con él.
Al inmenso e incondicional amor que Dios nos tiene debe responder nuestro amor.
Es buen momento para agradecer nuestra fe en Jesús, las personas que la iluminan
y la fortalecen, la invitación a estar en las cosas del Padre.
Jesús preguntó a los doce:
–¿También vosotros queréis
marcharos?
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El cuarto evangelio sólo menciona a los Doce en esta ocasión y en 20,24.
Para [email protected] resuena la pregunta directa y provocadora de Jesús.
Tenemos que pensar la respuesta.
Una respuesta libre y personal que es elección, opción de permanecer en la
seguridad del suelo o de lanzarse a volar con la confianza de que alguien nos
sostiene y nos hace ver y sentir la vida desde otra altura, desde otra sensibilidad,
desde la plena confianza en Alguien que no falla.
Simón Pedro le respondió:
–Señor, ¿a quién iríamos?
Tus palabras dan vida eterna.
69 Nosotros creemos y sabemos
que tú eres el Santo de Dios.
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La cuestión no es “a dónde” ir, sino “a quién” ir.
Las palabras que Jesús repite una y otra vez como “felices”, “amor”, “levántate”,
“ven”, “no temas”, “mira a tu prójimo” “Abbá”... dan vida, son vida.
Es la revolución del amor en la que se ve inmersa la persona que ha experimentado el
encuentro personal con Jesús. No es una obligación ni una deuda sino la respuesta de
una persona agraciada y agradecida que ya no entiende su vida sin Dios.
Y [email protected], ¿a quién iremos?
Aunque no tengamos todo claro, nos identificamos plenamente
con el abandono amoroso de Pedro.
En tu luz aprendo a amar.
En tu belleza, a escribir poemas.
Danzas en mi pecho,
donde nadie te ve,
pero a veces te veo,
y esa visión se transforma en mi arte.
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21 domingo -B- 23 agosto 2009