Comunidad de Oración
Oremos con el Salmista
En la historia del pueblo de Israel, la esperanza denota la actitud
constante con que los fieles afrontan su día a día aguardando el
cumplimiento de la promesa divina. El pueblo conforma su vida en
una espera permanente.
Lo mismo ocurre en el Nuevo Testamento. Los apóstoles y los
primeros discípulos orientan su vida comunitaria y sus actividades
apostólicas en la espera del retorno glorioso de Cristo, tal como él
lo había prometido.
Así, pues, la esperanza explica el comportamiento de los primeros discípulos de Jesús y
de los creyentes del pueblo elegido. Viven en
un Adviento permanente, diario. Esto se refleja
muchas veces en las oraciones del Salterio.
Yo soy pobre y desvalido,
pero el Señor cuida de mí:
tú eres mi auxilio y
mi liberación:
¡Dios mío, no tardes!
(Salmo 39)
Los engreídos y satisfechos tienen cerrados sus corazones a la venida de Dios. Sólo en los desprendidos de
todo tiene Dios su morada.
Portones, alzad los
dinteles;
que se alcen las antiguas
compuertas:
va a entrar el rey de la
gloria
(Salmo 23)
¡SOY TUYO,
SÁLVAME!
(Salmo 118, 94)
En tus manos pongo mi vida,
tú, Señor, el Dios fiel,
me librarás.
Yo confío en el Señor
(Salmo 30)
María y José, con su consentimiento a la llamada de
Dios, rompieron las cadenas que los ataban a las costumbres de Israel y al qué dirán de sus vecinos, y así
hicieron posible la entrada del Mesías en el mundo.
Escuchad, pueblos,
la palabra del Señor;
anunciadla
en la islas remotas
(Jer 13)
El que te sigue, Señor,
tendrá la luz de la vida
(Sal 1)
Ven, Señor, visítanos con tu paz
y nos alegraremos en tu presencia
de todo corazón (Sal 105)
Que en sus días florezca la
justicia y la paz abunde
eternamente
(Sal 71)
Despierta tu poder, Señor,
y ven a salvarnos (Sal 79)
Dichosos los que esperan
en el Señor (Sal 146)
Dios es mi auxilio,
el Señor me sostiene
(Sal 53)
Nuestro Dios viene
y nos salvará (Sal 84)
Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y
nos salve (Sal 79)
Te ensalzaré, Señor,
porque me has librado
(Sal 29)
Oh Dios, que te alaben
los pueblos, que todos
los pueblos te alaben
(Sal 66)
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