+ + En la primera parte de este Salmo (vs. 1- 11), un rey se
dirige al Señor para darle gracias por su constante protección
(vs. l-2) y para rogarle que lo libre de sus enemigos (vs. 3-11).
Las frases y expresiones utilizadas por el salmista reflejan la
influencia de otros Salmos, en especial la del Salmo 18, que en
varios versículos se encuentra reproducido casi literalmente.
+ + La segunda parte (vs. 12-15) tiene un tono mucho más
lírico, y es una súplica por la prosperidad de la nación.
Las diferencias de estilo y el paso del singular al plural hacen
suponer que estas dos partes, en su origen, fueron
composiciones independientes.
El uso litúrgico las unió más tarde, para asociar la oración por
el rey a la oración por todo el pueblo.
1. CON ISRAEL
Este salmo se podría titular "guerra y paz": la primera parte evoca el gran combate
escatológico (batalla y victoria de Dios contra el mal). Las "fuerzas infernales" están
simbolizadas por el "abismo" temible, y los "ídolos", descritos como "montañas
orgullosas" que Dios "quemará" con sus relámpagos. La segunda parte del salmo evoca
la paz recuperada, mediante imágenes altamente poéticas: la expansión del ánimo, la
felicidad, la abundancia...
2. CON JESÚS
Lo que se esperaba del "Rey-Mesías" Jesús lo asumió espiritualmente. Jesús comparó
su Iglesia a una "Roca" estable: "Tú eres Pedro y sobre esta Roca construiré mi
Iglesia...“ (Mateo 16,18). Pero esta Roca sólida, según Jesús, padece los asaltos de la
fuerza del mal: "los poderes del infierno no prevalecerán contra ella" (Mateo 16,18).
3. CON NUESTRO TIEMPO
El salmo culmina en la proclamación explícita de la felicidad espiritual esencial.
Cuando todo se aniquila junto al hombre tan frágil y efímero, cuando la enfermedad,
la prueba, la inseguridad alcanzan sus fuerzas vivas, una fuente de alegría íntima
puede siempre subsistir: la convicción de que Dios está "con" nosotros, y que nos
"liberará" de todo mal.
Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea;
Mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio,
que me somete los pueblos.
Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?
¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa.
Señor, inclina tu cielo y desciende;
toca los montes, y echarán humo;
fulmina el rayo y dispérsalos;
dispara tus saetas y desbarátalos.
Extiende la mano desde arriba:
defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,
de la mano de los extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.
Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para tí el arpa de diez cuerdas:
para tí que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo.
¿QUE ES EL HOMBRE?
«Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?
No digo esto en un momento de depresión, Señor, ni tampoco para quejarme, ni mucho
menos para denigrarme a mí mismo. Lo único que pretendo es poner las cosas en su
sitio, encajar mi vida en la perspectiva que le corresponde y aprender a no tomarme
demasiado en serio a mí mismo. Esta es la mejor manera de enfocar la vida, en
providencia sana y tranquila, y te ruego me ayudes a dominar ese arte, Señor.
Sí, soy un soplo de viento y una sombra que pasa. Pensamiento feliz que ya en sí mismo
reduce el volumen de mis problemas y rebaja la altura artificial del trono de mi pretendida
realeza. Se desinfla el globo de mi autoimportancia. ¿Qué puede haber más ligero y
alegre que un soplo de viento y una sombra voladora? Disfrutaré mucho más de las
cosas cuando no se me peguen, y bailaré con más alegría mi vida cuando se aligere su
peso. No soy yo quien ha de resolver todos los problemas del mundo y deshacer los
entuertos de la sociedad moderna.
Seguiré adelante, haciendo todo lo que pueda en cada ocasión, pero sin la seriedad
imposible de ser el redentor de todos los males y el salvador de la humanidad. Ese papel
no es el mío. Yo soy algo mucho más humilde. Soy soplo de viento y sombra que pasa.
Dejadme pasar, dejadme volar, y que mi presencia pasajera traiga un instante de
descanso a todos a los que salude con gesto de buena voluntad en un mundo cargado
de dolor.
«Dichoso el pueblo que esto tiene, dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor».
Señor, roca, escudo y refugio nuestro, tú, que das la victoria a
los reyes y salvaste a David, tu siervo, extiende también la
mano desde arriba y defiéndenos a nosotros de las aguas
caudalosas; adiestra nuestras manos para el combate de este día
y haz que podamos someter a nuestros enemigos y que,
reportada la victoria, entonemos en tu honor un cántico nuevo.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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SALMO 143 - Ciudad Redonda