ABIERTOS A LA ESPERANZA…
Este mundo, hijo mío, tiene que ser distinto.
Tendremos que curar sus heridas y coser sus
desgarros.
Construiremos una sociedad en la que los
niños no tengan necesidad de dejar la escuela,
para trabajar duramente o mendigar por las
calles.
Para convertirse en soldados o prostituirse,
o convertirse en mercancía barata, pobres
niños envejecidos sin juegos ni ilusiones.
Construiremos, hijo mío, ladrillo a ladrillo,
una ciudad nueva, libre y alegre sin miedo
al vampiro o a la serpiente.
A la mina sembrada o al acoso asfixiante o
al tío que secuestra y se lleva a los niños,
una ciudad abierta, sin controles ni
murallas.
Y pondremos, hijo mío, en medio de la plaza
una mesa grande para todos, no importan
los colores, que puedan compartir el Pan y la
Palabra, como en la Eucaristía.
Lázaro también, el de las migajas y las llagas,
pobres Lazaros, multiplicados por millones.
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