Nuestro Alcalde
tuvo la idea de hacer
un museo
que mostrase la historia
de nuestro pueblo.
En él se expusieron restos
de una antigua calzada,
el pórtico
de la primera iglesia
del pueblo,
estatuas y escudos,
textos y documentos
antiguos...
Todo esto era
de gran valor
para los entendidos
pero, para mí,
lo más importante
del museo
se hallaba
en una sencilla vitrina.
La vitrina, iluminada por una tenue luz,
dejaba ver:
varios metros de soga
una vieja linterna,
un casco
y una fotografía con la siguiente
inscripción:
«Gracias a ti, Germán,
vemos salir de nuevo el sol»
De repente me sentí invadido por emociones y sentimientos.
Recordé y reviví aquel 27 de noviembre
en el que Luisa y yo,
mientras inspeccionábamos el estado de una presa
cercana al pueblo, caímos en uno de sus pozos.
Viví de nuevo aquella caída interminable
mientras la angustia me envolvía;
nada a qué agarrarme...
y por fin, el estruendo de nuestros cuerpos...
el silencio... la oscuridad.
El sonido de sirenas
despertó mis mermados sentidos
en el interior de aquel pozo.
Era imposible que nos rescatasen
a tal profundidad.
Luisa estaba como muerta
y mi dolorido cuerpo me empujaba a la otra vida.
En ese instante oí varias veces:
«Tranquilos».
La voz se escuchaba cada vez
más próxima
y venía acompañada por la luz
de una linterna.
La luz me iluminó y una voz segura y cálida dijo:
“Hola, soy Germán. ¿Cómo estáis?
Allí arriba todo está previsto para vuestro salvamento…”
Me incorporó, me abrazó
y dándome ánimos ató la soga,
con la que había descendido, a mi pecho.
Gritó con todas sus fuerzas:
¡Arriba! y al instante comencé a ascender.
Después todo fue rápido: La ambulancia, el hospital…
Un rayo de sol llega hasta la vitrina.
Todo lo allí expuesto cobra vida:
la soga que me izó,
la linterna que me iluminó,
el casco que me protegió
y sobretodo, el hombre que me salvó.
Luisa y yo visitamos con frecuencia esta vitrina y dejamos una flor.
Germán murió en el pozo,
pero la luz de su linterna se ilumina con nuestra presencia.
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El museo de nuestro pueblo