EL
ROMANTICISMO
TEXTOS
2º Bachillerato: Lengua castellana y
Literatura
POESÍA
• AL SOL
Himno
Para y óyeme ¡oh Sol! yo te saludo
Y estático ante ti me atrevo a hablarte;
Ardiente como tú mi fantasía,
Arrebatada en ansia de admirarte,
Intrépidas a ti sus alas guía.
¡Ojalá que mi acento poderoso,
Sublime resonando,
Del trueno pavoroso
La temerosa voz sobrepujando,
¡Oh sol!, a ti llegara
Y en medio de tu curso te parara!
¡Ah! si la llama que mi mente alumbra
Diera también su ardor a mis sentidos,
Al rayo vencedor que los deslumbra,
Los anhelantes ojos alzaría,
Y en tu semblante fúlgido atrevidos
Mirando sin cesar los fijaría.
• José de Espronceda
José de Espronceda Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín;
bajel pirata que llaman,
por su bravura el Temido,
en todo el mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul:
-Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar. […]
Al faro de Malta, Duque de Rivas
Envuelve al mundo extenso triste noche;
ronco huracán y borrascosas nubes
confunden, y tinieblas impalpables,
el cielo, el mar, la tierra:
y tú invisible, te alzas, en tu frente
ostentando de fuego una corona,
cual rey del caos, que refleja y arde
con luz de paz y vida.
En vano, ronco, el mar alza sus montes
y revienta a tus pies, do, rebramante,
creciendo en blanca espuma, esconde y borra
el abrigo del puerto:
tú, con lengua de fuego, «Aquí está.., dices,
sin voz hablando al tímido piloto,
que como a numen bienhechor te adora
y en ti los ojos clava. […]
Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡Todo sucederá!
Podrá la muerte
cubrirme con su fúnebre crespón;
pero jamás en mí podrá apagarse
la llama de tu amor.
• Gustavo Adolfo Bécquer
• ¿De donde vengo?... El mas horrible y áspero
de los senderos busca.
Las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adonde voy?... el mas sombrío y triste
de los paramos cruza
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde este una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
Gustavo Adolfo Bécquer Rima LXVI
RIMA III. GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
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tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
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y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
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ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
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pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!
• Rima XLI
Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!
• G. A. Bécquer
Rosalía de Castro (En las orillas del Sar)
Del mar azul las transparentes olas
mientras blandas murmuran
sobre la arena, hasta mis pies rodando,
tentadoras me besan y me buscan.
Inquietas lamen de mi planta el borde,
lánzanme airosas su nevada espuma,
y pienso que me llaman, que me atraen
hacia sus salas húmedas.
Mas cuando ansiosa quiero
seguirlas por la líquida llanura,
se hunde mi pie en la linfa transparente
y ellas de mí se burlan.
Y huyen abandonándome en la playa
a la terrena, inacabable lucha,
como en las tristes playas de la vida
me abandonó inconstante la fortuna.
Rosalía de Castro
Yo no sé lo que busco eternamente
en la tierra, en el aire y en el cielo;
yo no sé lo que busco; pero es algo
que perdí no sé cuando y que no encuentro,
aun cuando sueñe que invisible habita
en todo cuanto toco y cuanto veo.
Felicidad, no he de volver a hallarte
en la tierra, en el aire, ni en el cielo,
y aun cuando sé que existes
y no eres vano sueño!
PROSA
Leyendas, G. A. Bécquer (“El Monte de las Ánimas”)
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Y antes de que concluya el día de todos los Santos en que así
como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad,
dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? –dijo él, clavando una
mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago,
iluminada por un pensamiento diabólico.
¿Por qué no? – exclamó ésta, llevándose la mano al hombro
derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de
su ancha manga de terciopelo bordado de oro. Después, con
una infantil expresión de sentimiento, añadió-: ¿Te acuerdas de
la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué
emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
Sí.
¡Pues… se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela
como un recuerdo.
¡Se ha perdido! ¿Y dónde? –preguntó Alonso, incorporándose
de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y
esperanza.
No sé… En el Monte, acaso.
¡En el Monte de las Ánimas! –murmuró, palideciendo y
dejándose caer sobre el sitial-. ¡En el Monte de las Ánimas!
Mesonero Romanos: «Los artistas»
La palabra Artista es el tirano del siglo actual. En lo antiguo había
pintores, escultores, arquitectos, comediantes y aficionados. Hoy sólo hay
Artistas; y en esta calificación entran indiferentemente desde el pincel de
Apeles hasta el puchero en cinto; desde el cincel de Fidias, hasta las
alcarrazas de Andújar; desde el compás de Vitrubio, hasta el cuezo del
albañil,
El que enciende las candilejas en el teatro, Artista; el motilón que echa
tinta en los moldes, Artista también; el que inventó las cerillas fosfóricas
distinguido Artista; el que toca la gaita o el que vende aleluyas, Artistas
populares; el herrador de mi calle, Artista veterinario; el barbero de la
esquina, Artista didáscálico; el que saluda a Esquivel o quita el tiempo a
Villaamil, Artista de entusiasmo; el que lee el Laberinto o el semanario, los
socios del Liceo o del Instituto, los que asisten a los toros o al teatro, los
que forman corro al rededor de la murga, Artistas de afición; el perro que
baila, el caballo que caracolea, el asno que entona su romanza... Artistas,
Artistas de escuela.
Entre tanto, como todo el mundo es artista, los artistas no tienen qué comer, o se
comen unos u otros. -El clero y la nobleza que antes les sostenían, están ahora
muy ocupados en buscar donde sostenerse. -La grandeza metálica de los
Fúcares modernos, está por las artes de movimiento; protegen la polka y la
tauromaquia, las diligencias y los barcos de vapor. En sus flamantes salones no
quieren estatuas, sino buenas mozas; sus libros son el Libro mayor y el Libro
diario; sus conciertos el ruido del aurífero metal. Cuando más, y para satisfacer
su amor propio, se hacen retratar por el pintor, como se hacen vestir por el
sastre, de cuerpo entero, y todo lo más elegante posible, cuidando de que el
marco sea magnífico y de relumbrón. -Para amenizar los salones, basta con las
estampas del Telémaco o las vistas de la Suiza.
El artista entre tanto, desdeñado por la fortuna, camina a la inmortalidad por la
vía del hospital; y se sube a una buhardilla con pretexto de buscar luces; allí se
encierra mano a mano con su independencia, y se declara hombre superior y
genio elevado: descuida los atavíos de su persona por hacer frente a las
preocupaciones vulgares; y ostentando su excentricidad y porte exótico o
inverosímil, se deja crecer indiscretamente barbas y melenas, únicos bienes
raíces de que puede disponer. Desdeña la crítica periodística por incompetente;
la autoridad del maestro por añeja; los consejos de los inteligentes por parciales
y enemigos; y con una filosofía estoica, respondo a la adversidad con el
sarcasmo, a la fortuna con el más altivo desdén. Por último, cuando se permite
una invasión en el campo, de la política, adopta las ideas más exageradas, y es
partidario de las instituciones democráticas, que han acabado con las clases
que antes le sostenían, y sustituido las artes liberales por otras, también artes; y
liberales también.
Larra: «Un reo de muerte» (fragmento)
Un pueblo entero obstruye ya las calles del tránsito. Las ventanas y
balcones están coronados de espectadores sin fin, que se pisan, se apiñan,
y se agrupan para devorar con la vista el último dolor del hombre.
–¿Qué espera esta multitud? –diría un extranjero que desconociese las
costumbres–. ¿Es un rey el que va a pasar; ese ser coronado, que es todo un
espectáculo para un pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública
festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta
nación?
Nada de eso. Ese pueblo de hombres va a ver morir a un hombre.
–¿Dónde va?
–¿Quién es?
–¡Pobrecillo!
–Merecido lo tiene.
–¡Ay!, si va muerto ya
–¿Va sereno?
–¡Qué entero va!
He aquí las preguntas y expresiones que se oyen resonar en derredor. […]
Un tablado se levanta en un lado de la plazuela: la tablazón desnuda manifiesta
que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir
garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime
que el hombre no impregne de ridiculeces.
Mientras estas reflexiones han vagado por mi imaginación, el reo ha llegado al
patíbulo; en el día no son ya tres palos de que pende la vida del hombre; es un
palo sólo; esta diferencia esencial de la horca al garrote me recordaba la fábula
de los Carneros de Castilla a quienes su amo proponía, no si debían morir, sino si
debían morir cocidos o asados. Sonreíame todavía de este pequeño recuerdo,
cuando las cabezas de todos, vueltas al lugar de la escena, me pusieron
delante que había llegado el momento de la catástrofe; el que sólo había
robado acaso a la sociedad, iba a ser muerto por ella; la sociedad también da
ciento por uno: si había hecho mal matando a otro, la sociedad iba a hacer bien
matándole a él. Un mal se iba a remediar con dos. El reo se sentó por fin.
¡Horrible asiento! Miré el reloj: las doce y diez minutos; el hombre vivía aún... De
allí a un momento una lúgubre campanada de San Millán, semejante el
estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela; el
hombre no existía ya; todavía no eran las doce y once minutos. «La sociedad –
exclamé– estará ya satisfecha: ya ha muerto un hombre.»
TEATRO
DON ÁLVARO: (solo)
¡Qué carga tan insufrible
es el ambiente vital
para el mezquino mortal
que nace en signo terrible!
¡Qué eternidad tan horrible
la breve vida! Este mundo,
¡qué calabozo profundo,
para el hombre desdichado,
a quién mira el cielo airado
con su ceño furibundo!
Parece, sí, que a medida
que es más dura y más amarga
más extiende, más alarga
el destino nuestra vida.
Si nos está concedida
sólo para padecer,
y debe muy breve ser
la del feliz, como en pena
de que su objeto no llena,
¡terrible cosa es nacer!
Al que tranquilo, gozoso,
vive entre aplausos y honores,
y de inocentes amores
apura el cáliz sabroso,
cuando es más fuerte y brioso,
la muerte sus dichas huella,
sus venturas atropella;
y yo, que infelice soy;
yo, que buscándola voy,
no puedo encontrar con ella.
Mas, ¿cómo la he de obtener,
¡ desventurado de mí!,
pues cuando infeliz nací,
nací para envejecer?
Si aquel día de placer
(que uno solo he disfrutado),
fortuna hubiese fijado,
¡Cuán pronto muerte precoz
con su guadaña feroz
mi cuello hubiera segado!
• Don Álvaro o la fuerza del sino
• Acto III Escena III
ACTO V, ESCENA ÚLTIMA
Hay un rato de silencio; los truenos resuenan más fuertes que nunca, crecen
los relámpagos, y se oye cantar a lo lejos el Miserere a la comunidad, que
se acerca lentamente.
VOZ DENTRO
Aquí, aquí; ¡qué horror! (DON ÁLVARO vuelve en sí, y luego
huye hacia la montaña. Sale el P. GUARDIÁN con la comunidad, que queda
asombrada.)
P. GUARDIÁN
¡Dios mío!... ¡Sangre derramada! ¡Cadáveres!... ¡La mujer
penitente!
LOS FRAILES
Una mujer!... ¡Cielos!
P. GUARDIÁN
¡Padre Rafael!
DON ÁLVARO (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso,
dice:)Busca, imbécil, al P. Rafael...Yo soy un enviado del infierno, soy el
demonio exterminador... Huid, miserables.
TODOS
¡Jesús, Jesús!
DON ÁLVARO Infierno, abre tu boca y trágame.
Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...(Sube a
lo más alto del monte y se precipita.)
P. GUARDIÁN Y LOS FRAILES
(Aterrados y en actitudes diversas.)
¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!
•
FIN DEL DRAMA
Doña Inés:
Callad, por Dios, ¡oh, don
Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad por compasión,
que oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
se arde mi corazón.
¡Ah!, me habéis dado a beber
un filtro infernal, sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos:
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios.
¡Y qué he de hacer ¡ay de mí!
sino caer en vuestros brazos,
si el corazón en pedazos
me vais robando de aquí?
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya:
yo voy a ti como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo
imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame porque te adoro.
J. Zorrilla, Don Juan Tenorio
Don Juan:
¿Alma mía! Esa palabra
cambia de modo mi ser,
que alcanzo que puede hacer
hasta que el Edén se me abra.
No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí;
es Dios, que quiere por ti
ganarme para Él quizás.
No, el amor que hoy se atesora
en mi corazón mortal
no es un amor terrenal
como el que sentí hasta ahora;
no es esa chispa fugaz
que cualquier ráfaga apaga;
es incendio que se traga
cuanto ve, inmenso, voraz.
Desecha, pues, tu inquietud,
bellísima doña Inés,
porque me siento a tus pies
capaz aún de la virtud.
Sí, iré mi orgullo a postrar
ante el buen Comendador,
y o habrá de darme tu amor,
o me tendrá que matar.
LA CANCIÓN DEL
PIRATA
Adiós ríos, adiós fontes (R. de Castro / Lucía Pérez)
Adiós, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.
Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adios, para sempre adios!
¡Adios groria! ¡Adios contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!...
[...]
Cantares galegos
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