Nuestra Señora a Santa Brígida
"Miro a todos los que viven
en el mundo para ver si hay
quien se compadezca de Mí
y medite mi dolor, mas hallo
poquísimos que piensen
en mi tribulación y padecimientos.
Por eso tú, hija mía, no te olvides
de Mí que soy olvidada
y menospreciada por muchos.
Mira mi dolor e imítame
en lo que pudieres.
Considera mis angustias
y mis lágrimas y duélete de que sean
tan pocos los amigos de Dios."
La Santísima Virgen María manifestó a Santa Brígida
que "concedía 7 gracias a quienes diariamente le honrasen considerando
sus lágrimas y dolores y rezando siete Avemarías"
1-Pondré paz en sus familias.
2-Serán iluminados en los Divinos Misterios.
3-Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
4-Les daré cuanto me pidan, con tal que no se oponga a la Voluntad
adorable de mi Hijo y a la santificación de sus almas.
5-Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal,
y protegeré en todos los instantes de su vida.
6-Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte:
verán el Rostro de su Madre.
7-He conseguido de mi Divino Hijo que las almas que propaguen
esta devoción a mis lágrimas y dolores sean trasladadas de esta vida
terrenal a la felicidad eterna directamente, pues serán borrados todos
sus pecados, y mi Hijo y Yo seremos su consolación y alegría."
María,
Madre de Misericordia,
cuida de todos para que el hombre
no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado
y crezca en la esperanza en Dios,
«rico en Misericordia» (Ef 2, 4),
para que haga libremente
las buenas obras que Jesucristo
le asignó (cf. Ef 2, 10)
y, de esta manera, toda su vida sea
«un himno a su gloria»
(Ef 1, 12).
Oración Introductoria
Dios Padre Misericordioso,
Tú que quisiste que la vida
de la Virgen Santísima
estuviera marcada
por el misterio del dolor,
haz que caminemos con Ella
por el camino de la fe y unamos
nuestros sufrimientos a la Pasión de
Cristo para que se transformen
en motivo de gracia
e instrumento de salvación.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.
Cuando –según la ley de Moisésse cumplieron los días de
la purificación, llevaron a Jesús
a Jerusalén para presentarlo al Señor.
Había en Jerusalén un hombre llamado
Simeón, hombre justo y piadoso;
esperaba la redención de Israel ;
y el Espíritu Santo estaba en él. Simeón
los bendijo y dijo a María,
su Madre: “Mira, este Niño está puesto
para ruina y salvación de muchos
en Israel y para ser señal
de contradicción a fin de que queden
al descubierto las intenciones
de muchos corazones; ¡y a Ti misma
una espada te atravesará el alma!”.
(Lc 2, 22. 25. 34-35)
529- La Presentación de Jesús
en el Templo (Lc 2, 22-39)
lo muestra como el Primogénito
que pertenece al Señor (Ex 13,2.12-13).
Con Simeón y Ana toda la expectación
de Israel es la que viene al encuentro
de su Salvador.
Jesús es reconocido como el Mesías tan
esperado, "Luz de las naciones"
y "Gloria de Israel", pero también
"Señal de contradicción".
La espada de dolor predicha a María
anuncia otra oblación, perfecta y única,
la de la Cruz que dará la salvación que
Dios ha preparado "ante todos los pueblos".
Salmo 40 (39)
R. Aquí estoy, Señor,
para hacer tu Voluntad.
No querías ni sacrificio ni oblación,
no pedías holocaustos ni víctimas,
dije entonces : “Aquí estoy, Señor,
para hacer tu Voluntad” R.
En el libro de la ley está escrito de mí
que he de hacer tu Voluntad.
Oh Dios mío, en tu Ley me complazco
en lo profundo de mi corazón. R.
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.
El ángel del Señor se apareció
en sueños a José y le dijo:
“Levántate, toma contigo al Niño
y a su Madre y huye a Egipto,
porque Herodes va a buscar al Niño
para matarlo”.
Él se levantó, tomó de noche al Niño
y a su Madre y se retiró a Egipto;
y allí estuvo hasta la muerte
de Herodes.
(Mt 2, 13-15)
530- La Huida a Egipto y la matanza
de los inocentes (Mt 2, 13-18)
manifiestan la oposición
de las tinieblas a la Luz:
"Vino a su casa, y los suyos
no lo recibieron" (Jn 1, 11).
Toda la vida de Cristo estará
bajo el signo de la persecución.
Los suyos la comparten con Él
(Jn 15, 20).
Su vuelta de Egipto (Mt 2, 15)
recuerda el Éxodo (Os 11, 1)
y presenta a Jesús
como el Liberador definitivo.
Salmo 118 (117)
R. El Señor está conmigo,
¿a quién temeré?
En el peligro grité al Señor,
y Él me escuchó, poniéndome a salvo.
El Señor está conmigo, no temo;
Qué puede hacerme el hombre? R.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
Él es mi salvación.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R.
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.
Los padres de Jesús iban todos los años
a Jerusalén a la celebración de
la Pascua. Cuando Jesús cumplió
doce años, fueron todos,
como de costumbre, a la fiesta;
al volverse ellos, el Niño Jesús se quedó
en la ciudad, sin saberlo sus padres.
Creyendo que estaría en la caravana,
hicieron un día de camino, y lo
buscaban entre los parientes y
conocidos; al no encontrarlo, se
volvieron a Jerusalén en su busca.
Al cabo de tres días, lo hallaron en
el Templo sentado en medio
de los maestros, escuchándoles
y preguntándoles. Y su Madre le dijo:
“Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados,
te andábamos buscando”. Él les dijo: “¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que Yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”
(Lc. 2, 41-46. 48-49)
534- El hallazgo de Jesús en el Templo
(Lc 2, 41-52) es el único suceso que
rompe el silencio de los Evangelios
sobre los años ocultos de Jesús.
Jesús deja entrever en ello el misterio
de su consagración total a una misión
derivada de su filiación divina:
"¿No sabíais que Yo debo ocuparme
de los asuntos de mi Padre?"
María y José "no comprendieron"
esta palabra, pero la acogieron
en la fe, y María "conservaba todas
las cosas en su Corazón", a lo largo
de todos los años en que Jesús
permaneció oculto en el silencio
de una vida ordinaria.
Salmo 116 (115)
R. Mi alegría, Señor, es hacer tu
Voluntad.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor. R.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. R.
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.
Cuando llevaban a Jesús
para crucificarlo, detuvieron
a un tal Simón de Cirene,
que venía del campo, y le cargaron
la Cruz para que la llevara
detrás de Jesús.
Lo seguía una gran multitud
del pueblo y de mujeres,
que se golpeaban el pecho
y se lamentaban por Él.
Jesús, volviéndose a ellas, dijo:
“Hijas de Jerusalén, no lloren
por Mí; lloren más bien
por ustedes y por sus hijos.”
(Lc 23, 26-28)
967- Por su total adhesión
a la Voluntad del Padre,
a la obra redentora de su Hijo,
a toda moción del Espíritu Santo,
la Virgen María es para la Iglesia
el modelo de la fe y de la caridad.
Por eso es "miembro muy eminente
y del todo singular de la Iglesia"
(LG 53), incluso constituye "la figura"
de la Iglesia (LG 63).
968- Pero su papel con relación
a la Iglesia y a toda la humanidad
va aún más lejos."Colaboró de manera
totalmente singular a la obra del
Salvador por su fe, esperanza y ardiente
amor, para restablecer la vida
sobrenatural de los hombres.
Por esta razón es nuestra Madre
en el orden de la gracia" (LG 61).
Salmo 24 (23)
R. Muéstranos, Padre,
el Rostro de tu Amor.
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes;
Él la fundó sobre los mares,
Él la afianzó sobre los ríos. R.
Quién puede subir al monte del Señor?
Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y
puro corazón, que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso. R.
Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Este es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.
Cuando llegaron al lugar que se llama
Calvario, crucificaron a Jesús, también
a los dos criminales; uno
a su derecha y otro a su izquierda.
Estaban junto a la Cruz de Jesús su
Madre, la hermana de su Madre,
María la esposa de Cleofás, y María
Magdalena. Jesús viendo a su Madre
y al discípulo a quien amaba,
dijo a su Madre: “Mujer, ahí tienes
a tu hijo” Luego dijo al discípulo:
“Ahí tienes a tu Madre”.
Eran ya las tres de la tarde.
Jesús, dando una gran voz, dijo:
“Padre, en tus manos entrego mi
espíritu”. Y diciendo esto expiró.
(Lc 23, 33; Jn 19, 25-27; Lc 23, 44-46).
721- María, la Santísima Madre
de Dios, la siempre Virgen, es la obra
maestra de la Misión del Hijo y
del Espíritu Santo en la plenitud de
los tiempos. Por primera vez en el
designio de Salvación y porque
su Espíritu la ha preparado, el Padre
encuentra la Morada en donde su Hijo
y su Espíritu pueden habitar entre
los hombres. Por ello, los más bellos
textos sobre la sabiduría, la tradición
de la Iglesia los ha entendido con
relación a María (Pr 8, 1-9, 6; Si 24):
María es cantada y representada
en la Liturgia como el trono de
La "Sabiduría". En Ella comienzan
a manifestarse las “Maravillas
de Dios", que el Espíritu va a realizar
en Cristo y en la Iglesia.
Salmo 31 (30)
R. Padre,
en tus manos confío mi vida.
A Ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
Tú, que eres justo, ponme a salvo,
En tus manos encomiendo mi espíritu:
Tú, el Dios fiel, me librarás. R.
Pero yo confío en Ti, Señor,
te digo: “Tú eres mi Dios”.
En tu mano está mi destino.
Haz brillar tu Rostro sobre tu siervo,
¡Sálvame, por tu Misericordia! R.
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.
Al caer la tarde, como era
la preparación de la Pascua, es decir,
la víspera del sábado, llegó José
de Arimatea, que era un miembro
distinguido del consejo de ancianos
y esperaba el Reino de Dios,
y tuvo el valor de presentarse a Pilato
y le pidió el Cuerpo de Jesús.
Pilatos se extrañó de que ya hubiera
muerto y, llamando al centurión
le preguntó si había muerto
hacía tiempo. Informado por
el centurión, concedió el Cuerpo
de Jesús a José, quien, comprando
una sábana, lo descolgó de la Cruz.
(Mc 15, 42-46)
964- El papel de María con relación
a la Iglesia es inseparable de su unión
con Cristo, deriva directamente de ella.
"Esta unión de la Madre con el Hijo
en la obra de la salvación se manifiesta
desde el momento de la concepción
virginal de Cristo hasta su muerte"
(LG 57).
Se manifiesta particularmente en la
Hora de su Pasión. La Bienaventurada
Virgen avanzó en la peregrinación de la
fe y mantuvo fielmente la unión con su
Hijo hasta la Cruz. Allí, por Voluntad
de Dios, estuvo de pie, sufrió
intensamente con su Hijo y se unió
a su sacrificio con Corazón de Madre
que, llena de amor, daba su
consentimiento a la inmolación
de su Hijo como víctima." (LG 58).
Salmo 114 (116)
R. Mi alma espera en el Señor.
Amo al Señor,
porque escucha mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.
Invoqué el nombre del Señor :
“Señor, salva mi vida”. R.
Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo :
arrancó tu alma de la muerte,
tus ojos de las lágrimas,
tus pies de la caída. R.
V. Te alabamos, Santa María
R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.
Fue Nicodemo, aquel que había ido
a ver a Jesús de noche, con una mezcla
de unas cien libras de mirra y áloe.
José de Arimatea y Nicodemo tomaron
el Cuerpo de Jesús
y lo envolvieron en vendas con
los aromas, conforme a la costumbre
judía de sepultar.
En el lugar donde había sido crucificado
había un huerto y,
en el huerto, un sepulcro nuevo
en el que nadie todavía había sido
depositado. Allí pues, pusieron
el Cuerpo de Jesús. (Jn 19,39-42)
624- “En su designio de salvación,
Dios dispuso que su Hijo no solamente
"muriese por nuestros pecados“
(1 Co 15, 3) sino también que conociera
el estado de muerte, el estado de
separación entre su Alma y su Cuerpo,
durante el tiempo comprendido entre
el momento en que Él expiró en la Cruz
y el momento en que resucitó.
Este estado de Cristo muerto es
el misterio del sepulcro y del descenso
a los infiernos. Es el misterio
del Sábado Santo en el que Cristo
depositado en el sepulcro manifiesta
el gran reposo sabático de Dios
(Hb 4, 4-9) después de realiza
la salvación de los hombres,
que establece en la paz el universo
entero (cf. Col 1, 18-20).
Salmo 62 (63)
R. Señor, mi alma está sedienta de Ti.
¡Oh Dios!, Tú eres mi Dios,
por Ti madrugo,
mi alma está sedienta de Ti;
mi carne tiene ansia de Ti,
como tierra reseca, agostada,
sin agua. R.
En el lecho me acuerdo de Ti
y velando medito en Ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas
canto con júbilo;
mi alma está unida a Ti,
y tu diestra me sostiene. R.
Dios Padre Misericordioso,
te rogamos que escuches a tu pueblo que,
junto con la Santísima Virgen María,
ha recordado
la obra de la Redención.
Te suplicamos que nos concedas
la gracia de vivir unidos a Ella
durante esta vida, para llegar también
con Ella a la alegría plena de tu Reino.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
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