▬ El salmo 115 resume perfectamente el sentimiento de Israel en la comida
de Pascua, o Seder en la primera noche de la fiesta.
▬ Horriblemente oprimido ("he sufrido mucho"), obtuvo del Faraón el
permiso para salir de la hoguera. Pero de inmediato siente que le pisa los
talones el ejército egipcio ("en mi confusión yo decía: ¡el hombre es sólo
mentira!").
▬ Experiencia profunda de la duplicidad humana. Morirían aprisionados
entre el Mar Rojo a la espalda y los terribles carruajes del Faraón por
delante... En ese momento se abre el mar ("mucho le cuesta al Señor ver
morir a los suyos").
▬ Con inmensa emoción, el salmista pasa de pronto, a la segunda persona:
"yo soy, Señor, tu siervo, Tú has roto las cadenas que me ataban. Te
ofreceré el sacrificio de alabanza, levantaré la copa de salvación... "
▬ La comida de Pascua era pues un inmenso grito de alegría y de acción
de gracias "al Dios salvador", que salva de la desgracia y de la muerte.
▬ Esa fue la comida que Jesús vivió, aquella tarde, la última que comió
antes de morir y resucitar.
Tenía fe, aún cuando dije:
"¡Qué desgraciado soy!"
Yo decía en mi apuro:
"Los hombres son unos mentirosos".
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.
«Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo».
Me alegro, Señor, de haber hecho los votos. Me alegro de aquel día en mi juventud cuando, con
abierta generosidad y feliz entusiasmo, te consagré públicamente mi vida en pobreza, castidad y
obediencia. Me siento orgulloso/a de aquel momento, y lo considero un nuevo nacimiento en tu
servicio y en el servicio a todos los hombres por ti. Me congratulo de haber hecho los votos, y
quiero renovarlos hoy en agradecimiento por aquel día y con la clara determinación de que, si no
los hubiera hecho entonces, los haría ahora. Vuelve a aceptar la consagración de mi vida, Señor,
como la aceptaste aquel día, y prolóngame la alegría que esta consagración ha traído a mi vida.
Ahora sé algo más, acerca de la pobreza, la castidad y la obediencia, de lo que sabía el día en que
pronuncié esas tres palabras en voz alta en presencia de mis hermanos, de rodillas ante tu altar.
He medido con mis propias caídas la profundidad de mi entrega, y he aprendido a fuerza de
errores el sentido práctico del ideal excelso.
Incluso siento dudas a veces, no sé qué contestar a las preguntas que otros me hacen, oigo hablar
de nuevas interpretaciones y enfoques modernos, y a veces me cuesta reconocer el sentido
original entre el nuevo vocabulario. Pero yo sé bien lo que me digo, lo que estas tres palabras
sagradas han significado para mí en mi vida y lo que significan en la historia y la tradición del
pueblo de Dios, del que somos parte como representantes y siervos. Me he entregado a ti, en
cuerpo y alma, para la gloria de tu nombre y el servicio de los demás. Ese es el resumen claro y
definido. Lo que ahora te pido es la gracia de que esa convicción se traduzca en acción en mi
conducta diaria, y mi entrega verbal se haga compromiso real.
Padre admirable, Dios nuestro, que, con la muerte y la
resurrección de tu Hijo Jesucristo, nos has llenado de esperanza,
haz que nuestra existencia sea una continua acción de gracias, para
que todos los hombres puedan llegar a conocerte y glorificarte,
hasta alcanzar la plenitud de tu amor y de tu vida.
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SALMO 115 - Ciudad Redonda