"El profeta Elías había resucitado al hijo
de la viuda de Sarepta".
La viudedad y la orfandad son las dos categorías
para designar en Israel la pobreza y la marginación.
Llegó Jesús a una ciudad llamada Naím. Cuando se
acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar
a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda.
Al verla el Señor, tuvo compasión de ella y le dijo:
- No llores.
Lc. 7,11-16
La muerte es un misterio
nunca resuelto
para el ser humano.
El duelo por la muerte de un ser querido revela
nuestra debilidad y pobreza existencial.
Ante la muerte de los propios hijos, la persona
se siente como si de pronto perdiera sentido
su pasado y su futuro.
Incluso muchas personas
que se consideran creyentes
experimentan un cierto sentido
de rebelión contra Dios.
En el evangelio de hoy se resalta la figura de Jesús.
La gente acompaña a la madre. Pero solo Jesús
puede prestarle un apoyo definitivo.
Su palabra nace de la fuerza y de la misericordia
de Dios. Cuando Jesús se acerca al sin-sentido de la
vida, llama a la vida y a la plenitud del vivir.
«Muchacho, a ti te digo: Levántate.»
Un mundo
arrebatado por el
vértigo de la prisa,
del éxito fácil,
no puede soportar
la caducidad
del hombre y de
sus logros.
El olvido
de la eternidad
ha traído consigo
un grave error en la
percepción del tiempo.
Es necesario ayudar
a la persona
a afrontar su propia
mortalidad.
«Muchacho, a ti te digo: Levántate.»
En el mundo de la neopaganía los cristianos
hemos de anunciar nuestra fe en Jesucristo
con generosidad y alegría.
Señor Jesús, triunfador
de la muerte, ayúdanos
a acompañar cordialmente
a los que pasan por el trance
del duelo y a suscitar
la esperanza en la
resurrección. Amén.
José Román Flecha Andrés
Palabra del Señor, Salamanca , Editorial.Secretariado Trinitario,2007
Presentación:
Antonia Castro Panero
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