¿Cómo recitaría el mismo Dios
la Oración del “Padre-nuestro”
en nuestros días?
Hijo, mío, hija mía...
que estás en la Tierra,
sufriendo,
temeroso/a por tu vida,
confundido/a,
desorientado/a,
solitario/a,
y... triste.
Yo conozco perfectamente tu
nombre,
y lo pronuncio bendiciéndolo,
porque te amo.
Juntos construiremos mi Reino,
del que tú vas a ser mi heredero,
y en eso no estarás sólo
porque yo habito en ti
y otras personas
que he puesto a tu lado.
Deseo que siempre
hagas mi voluntad,
porque mi voluntad es
que tú seas feliz.
Tendrás el pan para hoy.
No te preocupes,
sólo te pido que siempre
lo compartas con tu prójimo,
con tus hermanos.
Siempre perdono todas tus
ofensas...
Sólo te pido que,
de igual manera que yo te perdono,
tú también perdones a los que te
ofenden.
Deseo que nunca caigas
en la tentación de matar
a tus hermanos.
Y toma fuerte mi
mano,
agárrate siempre
a mí;
y yo te libraré de
todo mal.
Así será.
Nunca olvides que te quiero
desde el comienzo de tus días,
aunque parezca que está llegando
el final de los tiempos.
Yo seguiré amándote siempre
¡PORQUE SOY TU PADRE!
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