No te pido en el día ese sol que no merezco,
ni te pido en la noche esa luna que desprecié.
No te pido la dulce libertad
de la cual hoy amargamente carezco,
porque siendo libre quisiste hablarme,
pero fue en la cárcel que te escuché.
No te pido que abras frente a mí el mar rojo,
para que en presencia de mis enemigos
pueda yo en seco cruzar.
Ni te pido que hagas frente a mí un milagro
del cual yo luego, mal agradecido y soberbio,
pueda sin escrúpulos dignarme a olvidar.
No te puedo pedir como José
que te acuerdes de mí
en este lejano y solitario lugar,
porque reconozco y sé
que cuando vino a buscarme
la mujer de Potifar….
…no dudé un momento
ni me quise yo de Ti acordar,
al enredarme en los brazos del deseo
y al deleitarme en el placer del pecar.
Cómo podría yo, Señor,
tan egoístamente pedirte
que seas Tú quien recoja
lo que con mis manos sembré.
Cómo podría yo, Señor,
después de tanto herirte
y pagarte haciendo daño
cuando Tú hiciste tanto bien,
pedirte que seas el paño
para enjugar mis noches.
Tan sólo, Señor, te pido
que no vaya a ser mi vida
echada en el olvido,
como se pone una vieja carta
en el fondo de un cajón…
…sino que sean mis días cautivos
como un faro de luz para mi generación,
y que esté donde esté
todos sean testigos
de que Cristo vive en mi corazón.
No te enojes, Señor, si soy atrevido,
pero con mi corazón
humillado te pido
que no se apague mi luz
sin que derrames sobre mí
la promesa de tu Santa Unción.
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Cómo se hace la vida