No tenía nada extraordinario para que en mí se fijara ella. Desde la primera
vez que la vi no dejé de pensarla. Llovía. Los dos nos guarecimos bajo el mismo
portal, ella cerró su sombrilla que no soportaba el torrencial aguacero y yo
enrollé el periódico, en el que buscaba afanoso un empleo. Era preciosa. Tenía
los ojos color miel, el cabello castaño y las mejillas rosadas como nubes de
amanecer, no como las del cielo aquella tarde: unas grises y otras negras que
luego de un enconado duelo se precipitaron en la lluvia que me permitió
conocerla.
Estuve pensando la frase más adecuada para abordarla: ¡Qué tremendo
aguacero! No. Para que me contestara con un monosílabo mientras en su cara
ponía una expresión de: Pero se necesita ser idiota como para no darse cuenta.
Quizás si le preguntaba: ¿Le queda lejos su casa? No me contestaría y me
consideraría un metiche o impertinente. ¡No podía dejar de verla! Pero no quise
incomodarla. ¡Me regaló una sonrisa! Y tan sólo le dije ¡Hola! Pero… ¡Cómo es
que ya se iba! Si todavía no hablábamos, si aún no encontraba la frase con la
que pudiera cautivarla para que me aceptara un café y olvidáramos la
mojada que la lluvia de octubre nos había dado. Abrió de nuevo el paraguas
y decidió desafiar la llovizna que al parecer no logró detenerla, lo mismo que
yo con mis estúpidas hipótesis
• Ángel, le grité. ¿Cómo dice? Se volvió hacia mí preguntándome
sorprendida. Me llamo Ángel. Le dije. ¿Vas lejos? Me contestó
que no, que a solo dos calles. La seguí como perro remojado.
No sé si se dio cuenta porque no volteó nunca hacia atrás. Mi
corazón latía con fuerza debajo de mi chamarra que
afortunadamente era impermeable.
• Cruzó la calle dando saltitos para tratar de no mojarse
demasiado, las botas de caña alta le iban de maravilla. Por
admirarla yo pisé todos los charcos y crucé, como San Cristóbal
el río, la corriente que la lluvia había provocado. Se alejó
varios metros de mí, dobló en la esquina y no pude seguirla
más. Tampoco quise, los pantalones me pesaban, el agua me
escurría desde las rodillas y preferí volver a mi casa, con su
imagen en la mente y la lluvia por compañía.
• Me di un baño con agua caliente y preparé café. Fui a la mesa de
dibujo, tomé un cuaderno y lápices. Intenté dibujarla de memoria,
pero luego de cinco o seis hojas desistí. Me asomé por la ventana del
departamento, ya no llovía. La calle solitaria con luces de melancolía
que se reflejaban en los charcos, me hizo sentirme triste. Crucé los
brazos y recargué mi cabeza en el cristal. Algunas gotas resbalaban
lentamente formando arabescos al unirse unas con otras. Quizás por
eso no podía dibujarla, necesitaba la lluvia para recordar su cara.
• Fue la primera de muchas noches de insomnio; no dormía a pesar del
cansancio de un día pesado, caminado de un lugar a otro buscando
trabajo. Me ganaba unas monedas sentado en parque haciendo
dibujos de rostros. La única habilidad que tenía era saber dibujar
bien. Me ayudó a ganar concursos en la escuela, pero también me
costó que muchas veces los profesores me sacaran del salón por no
poner atención al estar dibujando los rostros de ellos o de mis
compañeros. Alguno de mis maestros me dijo proféticamente que si
no estudiaba terminaría de “pinta monos” y muerto de hambre, que
fue lo que al fin ocurrió.
• No dejé la escuela por negligente. No hubo dinero para salir
adelante. Terminé la preparatoria a los dieciocho años
especializado en dibujo técnico. Vivía con mi abuela, mis
padres me dejaron con ella desde niño porque se fueron cada
uno por su lado. Ella lo abandonó primero, harta de sus
borracheras y de que fuera un desobligado que no aportaba
nada a la casa. Él porque en una de sus etapas de sobriedad
decidió irse a trabajar a Estados Unidos para mandar dinero y
mantenerme, pero nunca volvimos a saber de él.
• Mi abuela tenía un pequeño departamento de cuatro piezas en
el tercer piso de un edificio viejo cercano al centro. Era una
mujer muy inteligente para no haber estudiado más que la
primaria. Limpiaba fruta en un puesto del mercado y de ahí
sacaba para nuestra comida.
• Los locatarios la querían mucho. Era muy servicial y siempre les
daba consejos de cómo curar a sus hijitos de “mal de ojo” o de
empacho. Regresaba siempre a casa con la comida suficiente
para los dos y con lo que ganaba pagaba los servicios del
departamento.
• Cuando yo era niño le iba a ayudar y me ganaba unos pesos
cargando las bolsas a las señoras, llevándoselas hasta donde
pudieran abordar un taxi o a sus coches. Pronto aprendí a
obtener comisiones que me daban los taxistas que se hicieron
mis amigos. El día de mi cumpleaños ellos me festejaban
dándome un paseo en coche; las señoras de los puestos me
regalaban una piñata, bolsas de dulces con fruta y ropita
para estrenar. Cuando fui mayor ya no pude seguir llegando al
mercado porque mis horarios de la preparatoria no me lo
permitían. Quise salirme y ponerme a trabajar de taxista pero
mi abuela no me dejó.
• Estaba yo por egresar del bachillerato cuando se enfermó.
Todos los días le mandaban comida del mercado, y el hijo de
una de las locatarias que era médico la pasaba a revisar. Otro
que era abogado le aconsejó que arreglara los papeles del
departamento a mi nombre, para lo que tuve que sacar mi acta
de nacimiento, le dijeron que era más fácil hacer una donación
y así fue como terminé de dueño del lugar en el que ahora me
encontraba recordando a la muchacha de los ojos color miel.
• La lluvia volvió a ser el pretexto para nuestro segundo
encuentro semanas después; corrí con más suerte, pues estaba
dentro de una cafetería trabajando con mis dibujos cuando ella
entró con una gabardina de color rojo, el cabello escondido
debajo de un gorro, sus ojos alegres y su sombrilla.
• Me acerqué precipitadamente, haciendo a un lado sillas y demás
estorbos para poder estar frente a ella. ¡Hola! Le dije. Me contestó
con una sonrisa y me dijo ¿Ángel? Creo que me ruboricé porque ella
volvió la vista hacia el chico del mostrador y le pidió dos cafés.
Permíteme, yo te invito, le dije apenado. Ella no me respondió y jaló
una silla para sentarse.
• Aparentemente los hombres comunes como yo desconocemos
elementales reglas de cortesía, como abrirle la silla a una dama
para que se siente. O tal vez estaba tan embobado que sus
movimientos fueron más rápidos que mi reacción.
• Me senté a su lado y no desperdicié la oportunidad de comenzar a
dibujarla. Afuera la lluvia caía fuertemente, o quizá era lo único que
yo escuchaba, el tintineo de cucharillas moviendo el café, las
conversaciones y otros ruidos me pasaban inadvertidos. Ella posó
tranquila, con su sonrisa natural que solo interrumpía para darle
sorbos al café. Bébelo o se te va a enfriar, me dijo. Le di un trago y
continué mi trabajo mientras ella esperaba entre curiosa y divertida
el resultado. Para mi satisfacción le gustó. ¡Vaya que eres bueno! Me
dijo y me sentí halagado.
• Me bebí el resto del café que ya estaba frío. ¿Cuánto te debo?
¡Nada! ¿Cómo crees? Eres la modelo más bella que he dibujado. Le
dije un tanto turbado. Pues gracias, me respondió sonriendo de nuevo
y con otro de sus movimientos rápidos puso unas monedas en la mesa
y dijo: entonces yo invito el café. Espero verte de nuevo. Yo también, le
contesté esperanzado, saqué del bolsillo del pantalón una tarjeta
con mis datos y se la entregué. Ojalá me puedas llamar algún día
para conversar. Se despidió con la tarjeta en la mano y se fue. La
lluvia había amainado, pero se subió a un taxi. Me volví para seguir
ofreciendo mis dibujos, tuve suerte ese día porque vendí tres.
• ¿Qué podría pasar para que ella quisiera llamarle a un tipo común y
corriente como yo, que no tenía nada de especial? No me pareció
que fuera suficiente un dibujo para captar su atención. Entonces llegó
la lluvia, golpeando con estrépito la ventana. Sonó mi teléfono móvil.
Contesté y una voz que con sólo escucharla una vez se volvió
inolvidable me dijo: Buenas noches. ¡Hola chica de rojo! Le dije pues
no sabía su nombre. Soy la mujer que hoy dibujaste en la cafetería.
Contestó con una pequeña risita. Es que no sé tu nombre. Respondí
apenado. Elsa, me dijo.
• Cerré los ojos y evoqué Lohengrin, una de mis óperas favoritas de
Wagner, Elsa la bella princesa de Brabante…¿Sigues allí? Su voz de
nuevo. Si…perdona, es que con la lluvia no te escucho bien. Me ha
gustado mucho tu dibujo, bueno nos ha gustado a todos en casa, a mis
padres, a mi hijo…Sentí un leve dolor en el estómago, nunca me puse
a pensar que podría estar casada. Pero bueno, cómo si tenía marido
me estaba llamando entonces, ella volvió a sacarme de mis
pensamientos:
• ¡Pero qué callado eres hombre! Yo me desbarato contándote que
dibujas fenomenal y tú no dices nada. Perdón…es que me sorprendió
saber que…¿Qué tengo un hijo? Sí, lo tuve muy joven, de dieciséis.
¡Imagínate! Madre adolescente y soltera, pero mis padres me han
apoyado. Mi chico tiene 9 años, vivimos juntos en un departamento a
cuatro calles de donde nos encontramos. Pero bueno, te llamé para algo
más que charlar.
• Dime en qué puedo servirte. Quiero que me hagas más dibujos, bueno,
mis padres quieren que me los hagas, pero queremos pagarte. No supe
qué responderle. ¿Hola? Me volvió a la pregunta. ¿Aceptas? Si…si
claro. ¿Cuánto me cobrarías? Eso no será problema, no te preocupes.
La gente de la cafetería o del parque me pagaba apenas un poco
más que el material invertido en el papel y los lápices.
• Nos pusimos de acuerdo, quería que la dibujara en su casa, con su
hijo, con sus padres, en su sillón favorito, se ponía diferentes pelucas,
supe entonces que esa cabellera con la que la vi la primera vez no
era natural.
• Se volvió costumbre. Cada vez que llovía ella me llamaba o la
encontraba. Era como si la lluvia la presintiera, entonces yo deseaba
que lloviera a diario. Especialmente por la noche, cuando ambas, su
voz y la lluvia se convertían en arrullo maravilloso. Platicábamos de
muchas cosas, a ella le gustaba que le leyera poemas de Benedetti.
• La invité a cenar el día que le dije que le entregaría los retratos a
lápiz que le había hecho y había mandado a enmarcar. Arreglé lo
mejor que pude el departamento, deseaba pedirle que me dejara
amarla, anhelaba poseerla, fundirme con ella para volcar en su
cuerpo toda la pasión que me despertaba. Sabía que no le era
indiferente. Ya nos habíamos besado y me dejaba tremendamente
excitado cuando decía Luis Ángel recobrando el aliento.
• Esa fue la noche más hermosa de mi vida. Le entregué los retratos,
comenzó a llorar. Lamí sus lágrimas y las bebí despacio. Continué
besando su rostro, su cuello y la fui desvistiendo lentamente. Se
opuso. Le pregunté que si no deseaba hacer el amor conmigo. Es que
hay algo que no sabes, me dijo triste. Comenzó a llover. Fui a cerrar
la ventana y al volver la vi desnuda en la cama, de espaldas. Me
acosté a su lado y la besé en la nuca.
• Al volverse me reveló su secreto, en silencio. Limpié sus lágrimas y la
abracé. Acaricié su rostro y recorrí despacio su cuerpo con mis manos.
Mis labios besaron las cicatrices del lugar en el que estuvieron sus
senos. Hicimos el amor teniendo como fondo musical la lluvia.
• Mi copa de champagne refleja las luces del enorme candil del
elegante recinto donde está montada la exposición de mis dibujos;
personas a las que conozco y a las que no conozco se saludan, se
mueven de un lado a otro repartiéndose besos y sonrisas, mientras yo
estoy ahí parado, expectante como una más de mis obras.
• Me retiro de la sala, un lujoso ventanal adorna la escalera de
mármol que conduce a la salida. Los pendones que anuncian mi
obra se agitan con el viento que precede a la lluvia. Las
primeras gotas comienzan a caer. Elsa está adentro, en cada
uno de mis dibujos, en el premio que recibí el año pasado, que
me ha vuelto famoso y gracias al cual vivo muy bien.
• Elsa está en la lluvia que comienza por acariciarme y me va
envolviendo lento, siento sus labios húmedos en mi boca que
abro mientras me besa. Elsa...Elsa... Elsa…su amor que le da
sentido a mi vida…Elsa…Elsa…Elsa…la inspiración de mis
obras Elsa...Elsa…Elsa por encima del cáncer
Elsa…Elsa…Elsa… más allá de la muerte. Elsa y la lluvia que
en este momento me moja como si ella me abrazara.
Elsa….Elsa….Elsa…. que siempre vuelve teniendo la lluvia
como pretexto.
• FIN
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EL PRETEXTO ES LA LLUVIA