Cuento escrito por:
Ana Cecilia Hernández Escudero.
1
Mi nombre es María y tengo una hermana
gemela llamada Juana. Ambas vivimos
juntas desde que nos gestaron
en el vientre de mi madre.
2
Ya decía nuestra abuela,
que éramos tan parecidas
como dos copas de cristal
…
3
Si, es que lo que la una pensaba
ya la otra lo había pensado
también.
Desde bebes éramos tal para
cual.
4
Un día de tantos, cuando cumplimos nuestros
ocho años, despertamos a las 5 de la mañana y
sin esperar que nuestros padres nos saludaran,
salimos a jugar y a celebrar a nuestra manera,
el cumpleaños número ocho.
5
Corrimos por los pasillos del
inmenso apartamento donde vivía la
abuela y a quien fuimos a visitar en
aquel puente de enero.
6
Nos encontramos de pronto
ante una puerta que
misteriosamente se entreabría y
que quedaba en la última pared
de la casa.
7
Nos miramos por espacio de unos
segundos y de pronto, sin decirnos
nada, abrimos un poco más la puerta y
nos apresuramos a entrar.
8
En algún rincón Juana tocó
con sus pies algo y bajó la
mirada para descubrir qué
era eso que se
encontraba en el suelo.
Al tiempo, me
llamó para que
me acercara.
9
Allí encontramos algunos
objetos, que la media luz
de la habitación, permitía
distinguir.
10
Eran unos zapatos de colores, un posillo y un
control de televisión.
La imaginación de las dos se despertó.
11
Pronto armamos una historia. Yo sería un
investigador privado y Juana sería la asesina
de la historia. ¡ Igual que en las películas !.
12
Ahora me llamo Luísa.
Entro a la habitación y al encontrar
las pruebas del delito acuso Juana
de asesina.
13
Juana se defiende de su
interrogadora, pero no hay nada que
hacer: Ella lo mató y debe aceptar
la culpa.
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¡ No en vano las pruebas la
delatan !.
15
Ella mató a su gato de juguete
porque se había comido su queso,
pero para menguar su culpa le
había dado un beso y este la
delataba. Sus labios estaban
además en una de las paredes del
cuarto.
16
Juana había estado jugando con el labial de su
abuela y había regado besos por todas las
paredes.
17
Luisa armó el rompecabezas,
Vio hasta la basura que dejó Juana
cuando mató a su gato.
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Para que no la
descubrieran había
colocado pruebas falsas:
los zapatos de payaso, el
control del televisor y el
pocillo de tinto.
19
Pero la astuta investigadora no se dejó
engañar. Era evidente que la historia estaba
clara. Juana quería que culparan al payaso de
la fiesta, pero había olvidado que la fiesta aún
no había comenzado y el payaso aún no había
llegado.
20
Pobre Juana. Debía ser encarcelada.
¡ Todo por
un queso !.
21
Fin
22
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