Dios honra a sus servidores en la tierra y en el cielo y quiere que todos los hombres sean santos.
Para eso los ha creado; para eso Jesucristo se encarnó.
Todos poseen los medios y las gracias necesarias para alcanzar este fin,
y, cuando somos fieles a las gracias que recibimos, Dios nos prepara otras más grandes.
Pero, en vano será que Dios prodigue todas sus gracias para que seamos santos,
si nosotros, por nuestra parte, no trabajamos para conquistar la santidad.
Gran obra es nuestra santificación; es menester, para llevarla a cabo, trabajar seriamente
por adquirir las virtudes cristianas. No te desalientes: para ser santo, basta quererlo.
Examina qué te impide serlo y verás que no son sino bagatelas, como aquéllas de que habla
San Agustín: Estaba retenido por las frivolidades y las vanidades más miserables.
El camino de la santidad es dificultoso; la puerta del cielo, estrecha; pocas personas pasan por allí;
no sigas a la mayoría, si no quieres perderte.
El que busca y aprovecha todas las ocasiones para santificarse en el género de vida que ha elegido,
ése ha dado con el camino más corto que lleva a la perfección.
Los santos a pesar de sus pruebas, siempre han estado alegres y contentos en esta vida, porque
los consuelos que Dios derramaba en sus almas iluminaba cualquier sentimiento oscuro.
Dios es tan generoso que no quiere esperar la otra vida para recompensarlos, hasta lo hace
en este mundo. Si fueron consolados en esta vida, que era el lugar de exilio, de sus combates
y sufrimientos, ¡De qué gozo no serán colmados en el cielo, su patria y lugar de su triunfo!
La mayor honra que podemos dar a los santos,
es imitándolos.
Esfuérzate en imitar, en la medida que lo puedas,
las virtudes que notes en la vida de los santos.
Leamos sus vidas, y en cada una de ellas elijamos
una virtud que podamos imitar.
Considera, sobre todo, que ellos han estado unidos
a Dios mediante la oración, que han sido austeros
para consigo y caritativos para con el prójimo.
Ningún santo encontrarás que no haya tenido
estas tres cualidades.
No basta, para ir al cielo, profesar la religión
cristiana en cuyo seno vivieron ellos;
es preciso también conformar nuestras costumbres
a la santidad de nuestra fe
y a los buenos ejemplos que nos dieron.
De nada nos servirá que nuestra religión sea buena,
si nuestra vida es mala (Salviano).
Elige como patrono a un santo que se haya encontrado en posición parecida a la tuya
y regula tu conducta con sus ejemplos
Sacrifiquemos con gusto los bienes de la tierra para conservar los del cielo (Tertuliano).
Si amas la vida y la salud, ama la virtud y la santidad.
La sobriedad, el ayuno, la templanza, es además mucho más sano y te habrán de conservar
que las prescripciones y regímenes de los médicos.
Reprime tus pasiones: la intemperancia y los excesos han hecho morir a una infinidad de personas;
el ayuno y la austeridad han hecho vivir a los antiguos anacoretas hasta una extrema vejez,
sin enfermedades y sin incomodidad. En fin, las enfermedades son a menudo las consecuencias
de tus desórdenes y al mismo tiempo que un remedio para las llagas de tu alma.
La santidad puede resumirse en tres palabras:
abstenerse, sufrir, emprender.
Abstente de las cosas ilícitas y peligrosas,
y a menudo aun de las permitidas.
El mundo es incapaz
de satisfacer nuestros deseos,
y la inquietud incesante de nuestra alma,
en el seno mismo de la abundancia,
es una prueba de que sólo Dios puede colmarla.
Texto: P. Juan Esteban Grosez, S.J.
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