El advenimiento del
Fascismo
Italia había salido
vencedora de la I GM,
pero el coste de la victoria
había sido elevado, no
sólo en término de vidas
humanas, de
destrucciones materiales y
de quiebra económica
interna y externa, sino
también y sobre todo, en
términos de crisis política
y social.
Cuando, en abril de 1919, la
delegación italiana en la
conferencia de paz abandonó la
mesa de negociaciones para
protestar en contra del rechazo de
sus propuestas acerca de la fijación
de la frontera oriental. Gabriele
D´Annunzio, a la cabeza de un
peñado de incondicionales, ocupó
en septiembre de 1919 la ciudad de
Fiume para reivindicar su presencia
a Italia y protestar contra la
decisión en sentido contrario de la
conferencia de París.
Fueron mucho más
numerosos los italiano que
se preguntaron si el precio
pagado por la victoria que
ahora se definía “mutilada”
no había sido demasiado
alto, y la balanza de la
opinión pública se inclinó
ahora a favor de los
“neutralistas”.
Italia fue el único país vencedor
que renunció a celebrar el primer
aniversario de la victoria y el único
en que las primeras elecciones de
la posguerra, que tuvieron lugar en
noviembre de 1919, vieron el
triunfo de aquellos partidos que
parecían los menos
comprometidos con las
responsabilidades de la guerra: el
PSI, que se había opuesto a la
intervención que obtuvo el 32,5% y
el PP de inspiración católica con un
20,2%.
Los escuadristas tenían
como punto de referencia
político la figura de
Mussolini, quien en marzo
de 1919 había fundado en
Milán el primer fascio de
batalla, sobre la base de un
programa mezclado y
radical; de ahí que sus
integrantes se llamaran
“fascistas”.
En mayo de 1921,
Mussolini aceptó la
oferta de Giolitti, de
entrar a formar parte
de la lista de
concentración nacional
que se presentó a las
elecciones, logrando
así que fuesen
elegidos treinta y cinco
diputados fascistas.
El caos llegó a su cúspide en
verano de 1922, cuando la
Alianza de Trabajo, en la que se
integraban algunas de las
mayores organizaciones
sindicales, proclamó una huelga
para exigir al gobierno una
política de firmeza hacia las
nuevas violencias fascistas. La
huelga tuvo un éxito parcial, y
una nueva oleada de represalias
se extendió por todo el país.
La situación ya estaba
madura para un giro político
y el advenimiento de un
gobierno de orden. Entre los
fascistas de las provincias
tomó cuerpo, en aquellos
días, la idea, ya avanzada
por D´Annunzio, de una
“marcha sobre Roma”, con el
objetivo de imponer al rey y
al gobierno aquella solución
que por sí solos eran
incapaces de tomar.
En Roma, en cambio, se trabajaba por una solución
que se mantuviera dentro de los límites de la praxis
constitucional y parlamentaria. En este trance
Mussolini dio prueba de una consumada habilidad
táctica: mientras las columnas escuadristas se
concentraban a la espera de moverse hacia la capital,
él mantenía contactos frenéticos con el mundo político
romano. La hora de la verdad llegó la noche del 27 y
la mañana del 28 de octubre, cuando el rey, tras
alguna vacilación, se negó a firmar el decreto de
estado de sitio. Las escuadras fascistas obtuvieron
así luz verde para marchar sobre Roma y Mussolini,
que había esperado prudentemente en Milán el
desarrollo de los acontecimientos, pudo acudir ante el
rey para recibir el encargo de formar el nuevo
gobierno.
A pesar de la arrogancia con
la que Mussolini se dirigió al
Parlamento en su discurso de
presentación del nuevo
gabinete, se trataba de un
gobierno de coalición en el
que el número de ministros
fascistas o profascistas era
exactamente igual al de
ministros procedentes de
otras formaciones políticas:
populares, nacionalistas,
liberales.
• Entre los primeros actos del gobierno
de Mussolini, al que en noviembre de
1922 la Cámara de diputados había
concedido “plenos poderes” hasta el
31 de diciembre de 1923, los más
relevantes fueron la institución de la
Milicia Voluntaria para la Seguridad
Nacional, en la que confluyeron los
hombres de las escuadras de acción,
y la decisión de hacer permanente el
Gran Consejo del fascismo, fijando
un calendario de reuniones
mensuales.
Nacían, así, un ejército paralelo y una
suerte de gobierno en la sombra y
comenzaba un período de interregno
constitucional.
Las posteriores etapas de esta
involución autoritaria fueron la
fusión con los nacionalistas, en
febrero de 1923, por medio de la
cual el fascismo se aseguró la
colaboración de hombres
competentes como Alfredo
Rocco y la ruptura con los
populares. Este último
acontecimiento fue facilitado por
los contactos que Mussolini
había establecido con el
Vaticano.
Con la salida de los populares de la
mayoría, el gobierno se encontraba
todavía más expuesto al riesgo de una
crisis. La salida de este problema la
indicó el Gran Consejo, al adoptar una
nueva ley electoral, cuya elaboración fue
confiada a Giacomo Acerbo. Su proyecto
llegó al Parlamento y se aprobó con la
abstención de los populares y el voto
contrario de la oposición de izquierda.
En él se contemplaba la asignación de
dos tercios de los escaños a la lista que
recogiera el mayor número de votos en
el colegio único nacional, mientras que
el tercio restante se distribuiría entre las
demás listas.
La “listona”, que había congregado,
además de a los fascistas,
numerosos representantes de la
vieja clase política liberal obtuvo el
64.9% de los votos.
Los fraudes y las violencias que
tuvieron lugar durante las
elecciones fueron denunciada el 30
de mayo de 1924 por el diputado
socialista Matteotti en un
apasionado discurso ante el
parlamento. Diez días después un
grupo de escuadristas raptaron y
mataron a Matteotti.
La conmoción en el país
fue enorme y la
oposición parlamentaria
se hizo eco de ella
abandonando el aula del
parlamento y negándose
a volver hasta que no se
aclarara el episodio y se
disolviera la milicia. Fue
la llamada secesión del
Aventino.
Mussolini hizo aprobar un decreto
que limitaba la libertad de prensa. Y
también en esta ocasión pudo
contar con el discreto apoyo del
Vaticano: en septiembre, el
Cardenal Gasparri advertía en una
circular al clero que no participara
en la lucha política. La admonición
estaba dirigida, en particular, a
Sturzo, que fue obligado a
abandonar el país. También la
patronal se declaró a favor de la
estabilidad de gobierno y lo mismo
hizo el Partido Liberal.
Descargar

El advenimiento del Fascismo