Buenas tardes,
Lo primero que quisiera manifestar es mi profundo
agradecimiento a la Asociación y a su Presidente por la
celebración de este acto, que considero inmerecido, pero
que reconozco que me ha producido una gran satisfacción.
Asimismo quiero agradecer también las amables palabras de
nuestro compañero José María Goicolea.
Finalmente, cómo no, agradezco a todos los
asistentes su presencia. Crean que su compañía en estos
momentos me emociona y caldea mi viejo corazón. Muchas
gracias a todos.
Como aquí se ha dicho antes, voy a cumplir dentro
de pocos meses los 100 años ¡Qué barbaridad! Y viendo
desde esta perspectiva mi vida, agradezco profundamente al
Destino que me haya permitido ser Ingeniero de Caminos.
Volviendo la vista atrás, recuerdo con gran cariño
mis tiempos de Escuela, donde la dedicación al estudio no
impedía que ejerciera mi afición favorita, los bailes de
salón.
Terminada la carrera en diciembre de 1935, me
encontré en una situación de paro desesperante, pues no
había trabajo, hasta que conseguí un primer destino, aunque
eventual, en el Puerto de Santamaría. Sólo que fue en ¡julio
de 1936!, un día antes del comienzo de la guerra.
Terminada la guerra ya pude iniciar el ejercicio de la
profesión en diversos ámbitos, como se acaba de exponer.
Eran tiempos de esfuerzo y pluriempleo, en que había
mucho que hacer y mucho que trabajar, lo que siempre hice
con ilusión.
Pero no quiero aburrirles con mis batallitas
profesionales. Lo que aquí quisiera destacar son dos
circunstancias, en otro orden de cosas.
En primer lugar la importancia que para mí ha
tenido el compañerismo. Los ingenieros que terminaron la
carrera conmigo allá en 1935 han sido unos auténticos
amigos que me han acompañado gran parte de mi vida.
Puedo atribuirme el mérito de haber contribuido a ello
pues siempre he tenido interés en que se mantuviera el
contacto entre nosotros.
Nuestras cenas, que yo convocaba periódicamente,
sirvieron para estar al tanto unos de otros y comentar y
compartir nuestros problemas, que según los tiempos,
iban siendo de uno u otro tipo: los trabajos, las bodas, los
hijos, los trabajos de los hijos, los nietos…
¡Cuánto me alegro de haber podido mantener ese
trato tan cordial, al que por supuesto estaban incorporadas
nuestras mujeres!
Entre mis objetos más preciados está la bandeja de
plata que me regalaron mis compañeros en el año 1970, a los
35 años de haber terminado la carrera. En ella me nombraban
“secretario honorífico” de la promoción en reconocimiento a
mis iniciativas para mantenerla unida, que firmaron todos ellos.
No se imaginarían entonces lo que me satisface ver sus firmas
todos los días en el salón de casa.
De aquella promoción de 38 ingenieros sólo queda el
que les habla. A esta reducidísima lista de supervivientes,
mejor dicho de superviviente, debo añadir a las seis esposas
y ahora viudas de compañeros que aún nos acompañan, y
que por supuesto han formado y siguen formando parte de la
promoción.
En todo caso, vaya mi emocionado pensamiento
para todos los que no están.
Me complace mucho entregar esta tarde a las
viudas que acabo de mencionar, como recuerdo, una
fotografía de la Promoción, que nos hicimos en el Hotel
Palace en diciembre de 1935, así como de la bandeja
firmada con la que me honraron mis compañeros.
En segundo lugar también quería resaltar la
satisfacción que en mi vida profesional me ha dado la
docencia. Como saben, estuve dando clase en la Escuela
de Caminos desde 1948 hasta que me jubilé.
Volviendo a las bandejas de plata, cuando me
jubilé, aparte de la placa digamos “institucional” que la
Escuela acostumbra a entregar a los profesores en
recuerdo de su docencia, mis alumnos me entregaron otra
placa de plata en su propio nombre, que me llenó de
orgullo y satisfacción. No sé si más orgullo o si más
satisfacción, pero también se me ensancha el ánimo
cuando la veo todos los días en mi casa.
Destaco el carácter de singularidad de esta placa.
Creo que habrá muy pocos profesores que reciben un
testimonio de esta categoría de parte de sus alumnos.
Puede que haya otros profesores de nuestra Escuela, y de
otras muchas, en las que el profesor se encuentra
agasajado por sus alumnos. Sólo podrá corresponder a la
satisfacción de los alumnos por las enseñanzas recibidas.
Unas últimas palabras para aludir a un entusiasmo
que me ha “poseído” desde mi jubilación. Es el de la
aviación en general y el de los autogiros en particular.
Saqué mi título de piloto privado a los 68 años y desde
entonces he estado volando hasta que mis limitaciones
físicas me lo han impedido.
En especial mi vinculación con la profesión de
Ingenieros de Caminos me ha llevado a profundizar en la
persona y en la obra del gran ingeniero Juan de la Cierva y
su invento volador, el autogiro. Es un invento magnífico y
se lo recomiendo vivamente. Amigos ¡prueben el
autogiro! A mí, su vuelo me ha proporcionado grandes
satisfacciones.
A lo largo de mis palabras creo que he repetido
varias veces la palabra satisfacción. Pues aclaro: no es
retórica, es que realmente en mi ya larguísima vida
personal y profesional me he encontrado con muchos
motivos y momentos de satisfacción. Y cómo no, entre
ellos se encuentra, de forma destacada, el acto que ahora
nos reúne.
Ya no les canso más; les reitero mi profundo
agradecimiento por acordarse ¡todavía! de mí y por
haberme acompañado esta entrañable tarde.
Muchísimas gracias y buenas tardes.
Descargar

Diapositiva 1