La niña de las manzanas
Pase de diapositivas manual
Un grupo de ejecutivos de
empresa se hallaban
reunidos en una
Convención de Ventas.
La reunión terminó un poco tarde,
y llegaban con el tiempo justo a la estación
para el tren de regreso.
Entraron todos corriendo por los pasillos.
De repente, y sin quererlo,
uno de ellos tropezó con la mesa
de una vendedora ambulante que
tenía una canasta de Manzanas.
Las manzanas salieron rodando
por todas partes.
Sin detenerse ni volver la cabeza,
los que iban con prisa
siguieron corriendo,
y a duras penas alcanzaron a
subirse al tren.
Todos, menos UNO.
Éste se detuvo, respiró hondo,
y sintió compasión por la dueña
del puesto de manzanas.
Dijo a sus amigos que siguieran
sin él y le pidió a uno de ellos
que, al llegar, llamara a su
esposa y le explicara que iba a
llegar en otro tren más tarde.
Eran años en que no existía el
teléfono móvil.
Regresó a la terminal de la
estación y se encontró con
todas las manzanas tiradas por
el suelo.
Su sorpresa fue enorme,
al darse cuenta de que la dueña
del puesto era una niña ciega.
Lloraba con enormes lágrimas
mientras tanteaba el piso,
tratando de recoger las
manzanas.
Entre tanto, la gente pasaba
vertiginosa, sin detenerse;
sin importarle aquella desdicha.
El ejecutivo se arrodilló con la
niña, juntó las manzanas,
las metió a la canasta
y le ayudó a montar el puesto
nuevamente.
Se dio cuenta de que muchas
se habían golpeado
y estaban magulladas.
Cuando terminó,
sacó un billete y le dijo a la
niña: “Toma, por favor, este
dinero por el daño que te
hemos causado. ¿Estás bien?"
Ella, llorando, asintió con la
cabeza.
Conforme el hombre empezaba
a alejarse, la niña le gritó:
- "Señor, Señor..."
Él se detuvo y volvió la
cabeza para encontrarse otra
vez con aquellos ojos ciegos.
Ella preguntó:
- "¿Es usted Jesús...?”
El hombre se detuvo en seco,
y no supo qué responder.
Ante su silencio, la niña ciega
volvió a repetir:
- "¿Es usted Jesús...?”
- No, pequeña, no –contestó al fin
el ejecutivo, mientras le tomaba
las manos y le daba dos besos en
ellas.
- Pues a mí, sí me lo parece, -dijo
la niña ciega
Durante el viaje de regreso,
aquellas palabras no dejaban de
golpear en la mente del ejecutivo,
¿Es usted Jesús? A mí, sí me lo
parece.
Y a ti, ¿la gente,
podría confundirte con
Jesús?
Porque ese es nuestro
destino:
parecernos a Jesús,
que nuestras obras
recuerden a
las suyas.
Jesús dijo:
“Aprended de mí que soy
bueno y humilde
corazón”.
Y también:
“Amaos unos a otros
como yo os he amado”.
Ojalá nuestras obras
recuerden a las de Jesús.
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