La relación
entre Dios y
los humanos,
según Jesús
La inseguridad y los sentimientos de
culpa, hasta el fin
• El ser humano nace incapaz de valerse por sí
mismo
• Busca la solución mágica a sus problemas en la
madre… y aprende que no todo se le resuelve… y
llora para obtener ayuda y para desahogar su
frustración
• Luego
aprenderá
que
mientras
más
responda a
las
espectativas
de los
adultos,
mejor
relación
tendrá con
ellos
• Juntamente desarrolla la reacción depresiva ante
el no logro de objetivos y ante el no cumplimiento,
por su parte, de las espectativas de los adultos
•Y enseguida
despliega el abanico
de los sentimientos
de culpa ante cada
situación no resuelta
satisfactoriamente,
por considerar que
en todo o en parte se
debe a algo que hizo
mal o que dejó de
hacer
• La conciencia de los
límites crece con la
edad; el impulso de
autonomía, también
(satisfacer más los
propios deseos que
los de los demás),
• Ambas realidades,
mal manejadas,
tienden a acrecentar
la inseguridad y los
sentimientos de
culpa
• Toda esta historia,
empuja a intentar un
retorno al vientre
materno (la solución a
la vida, en manos de
un tercero: catolicismo
tradicional mexicano)
•O al menos a la situación del bebé:
llorar y que le resuelvan la vida
(demanda de milagros ante los
problemas)
• Rm 8, 26-27 Somos
débiles pero el Espíritu
viene en nuestra ayuda
…, pues el Espíritu
quiere conseguir para
los santos lo que es de
Dios.
La reconciliación
• El otro camino, el que lleva a la relación que
Jesús enseñó con Dios, pasa por el perdón
• Perdonar es reconocer las limitaciones
propias y ajenas
• Es, por tanto, aceptar que no se necesita la
perfección para convivir con uno y con los
demás
• Es re-conciliarse
consigo, con el
prójimo, y por
tanto con Dios,
para vivir la paz
que otorga la
esperanza
fundada en la
confianza del
amor
paternal/maternal
de Dios
El acompañamiento
• Flp 1, 18-19 Yo tengo de qué alegrarme,
pues sé que todo esto se convertirá en
bien para mí gracias a sus oraciones y
a la asistencia que me presta el
Espíritu de Cristo Jesús.
•2Tim 1, 7 Porque Dios no nos dio un espíritu
de timidez, sino un espíritu de fortaleza, de
amor y de buen juicio.
• Dios no resuelve
nuestros problemas,
nos acompaña durante
cada segundo de
nuestra vida para
iluminarnos (Jn 14, 16 y
yo rogaré al Padre y les
dará otro Protector que
permanecerá siempre con
ustedes, 17 el Espíritu de
Verdad), y para
fortalecernos.
Dios ha regado sus
revelaciones en toda la
creación, pero hay que
aprender a leerlas (las claves
nos las dejó en el evangelio).
Si somos receptivos a los
estímulos de nuestros “deseos
más profundos” (como legado
dejado por Dios desde que
decidió “hacernos a su imagen
y semejanza”), el
acompañamiento de Dios será
una realidad actuante que le
dará sentido real a la vida (pero
no siempre será la solución de
los problemas)
La fuerza:
regalo diario
Personas, situaciones y cosas, son los
vehículos que usa Dios para sus
inspiraciones (Jn 14,25-26 Les he dicho todo esto mientras
estaba con ustedes. En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el
Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les
recordará todo lo que yo les he dicho),
y para sus
fortalecimientos (Hch 1, 8 Pero recibirán la fuerza del
Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra.”)
La multiplicación
de casualidades
Una forma de manifestarse el
acompañamiento de la inspiración y la fuerza
de Jesús es cuando varias situaciones
favorables (generalmente de poca
envergadura) se van dando en un tiempo
reducido, y se convierten en condiciones de
viabilidad para realizar algo acorde a un
deseo profundo; pero hay que estar atento a
identificarlas y aprovecharlas. Solas no hacen
las cosas.
Los contratiempos que reviven
la real humildad (= conciencia de
los límites)
Para que los ojos estén
limpios y fuertes para ver los
mensajes de Dios en la
naturaleza y en los demás, y
para que su fuerza nos
invada, es necesario saber
reconocer los propios
límites (sin complejos ni
autoengaños).
Rm 8,14-17 Todos aquellos a los
que guía el Espíritu de Dios son
hijos e hijas de Dios. Entonces
no vuelvan al miedo; ustedes
no recibieron un espíritu de
esclavos, sino el espíritu propio
de los hijos por adopción, que
nos permite gritar: ¡Abba!, o sea:
¡Papá! El Espíritu asegura a
nuestro espíritu que somos
hijos de Dios. Siendo hijos, son
también herederos; la herencia
de Dios será nuestra y la
compartiremos con Cristo. Y
si hemos sufrido con él,
estaremos con él también en la
Gloria.
La
esperanza
La relación con Dios está en la
esfera del misterio
1Cor 2,14 El que se queda al
nivel de la psicología no
acepta las cosas del Espíritu.
Para él son tonterías y no las
puede apreciar, pues se
necesita una experiencia
espiritual.
Hay que trascender la
experiencia psicológica, pero
no negándola sino viviéndola
a fondo.
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