La súplica contenida en este Salmo
está motivada por largos años de
penosos sufrimientos.
En ella, la comunidad de Israel ruega
al Señor que le conceda una alegría
comparable a las tribulaciones
vividas hasta el presente (vs. 13-15).
El Salmo no apunta específicamente
a una situación particular -hambre,
sequía o guerra- sino que parece
referirse, de manera general, a las
penalidades cotidianas, tanto de los
individuos como de la nación.
Por eso, la súplica va precedida de
una profunda meditación sobre la
precariedad y la miseria de la vida
humana, contrapuesta a la eternidad
y soberanía de Dios (vs. 2-10).
La conclusión del salmista es que la
verdadera sabiduría consiste en
reconocer la brevedad de la vida (v.
12). El verso inicial confiere a todo el
Salmo un tono de esperanzada
confianza.
1. CON ISRAEL
"Es un salmo de súplica por los pecados", oración "colectiva": el salmista dice
siempre "nosotros"... No ora solamente, ni sobre todo por sus propios pecados,
sino por aquellos de todo su pueblo. ¡Solidaridad admirable!
2. CON JESÚS
Jesús pide a un joven rico ¡"abandonarlo todo para seguirlo: he ahí lo que lo
hubiera liberado de sus riquezas efímeras para entrar, desde aquí abajo, en lo
eterno"! Para Jesús, es "insensato" apostarlo todo sobre la tierra: "esta misma
noche te pedirán el alma". (Lucas 12,20). Jesús invitó, como el salmo, a
construir la vida sobre "la roca" y no sobre "la arena". (Mateo 7,26).
3. CON NUESTRO TIEMPO
Este salmo incorpora una parte importante de la filosofía moderna, que afirma
"lo absurdo" de la condición humana… El salmista decía ya que el "hombre no
es", pero creía que Dios "es". Se atrevía a dirigirse a este Dios sólido, para
apoyarse en El. El signo de la grandeza del hombre, es precisamente, que él
"habla a Dios", que lo trata de "tú"...
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: "retornad,
hijos de Adán". Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó; una vela nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti, nuestros secretos ante la luz de tu
mirada: y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
«Haznos caer en la cuenta de la brevedad de la vida,
para que nuestro corazón aprenda la sabiduría».
Hoy viene ante mis ojos un hecho ineludible: la vida es breve. El
tiempo pasa velozmente. Mis días están contados, y la cuenta no
sube muy alto. Antes de que me dé cuenta, antes de lo que yo
deseo, antes de que me resigne a aceptarlo, me llegará el día y
tendré que partir. ¿Tan pronto? ¿Tan temprano? ¿En la flor de la
vida? ¿Cuando aún me quedaba tanto por hacer? La muerte
siempre es súbita, porque nunca se espera. Siempre llega
demasiado pronto, porque nunca es bien recibida.
Y, sin embargo, el recuerdo de la muerte está lleno de sabiduría.
Cuando acepto el hecho de que mis días están contados, siento al
instante la urgencia de hacer de ellos el mejor uso posible. Cuando
veo que mi tiempo es limitado, comprendo su valor y me dispongo
a aprovechar cada momento. La vida se revalúa con el recuerdo de
la muerte.
Dios y Señor del tiempo y de la eternidad, antes de que
retornemos al polvo del que fuimos formados, tu paciencia
nos concede días y años, para que adquiramos un corazón
sensato: que baje a nosotros tu bondad y haga, durante este
día, prósperas las obras de nuestras manos, para que se
manifiesten al mundo tu bondad y tu gloria. Te lo pedimos
por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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SALMO 89 - Ciudad Redonda