Ciclo B
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
«¡Señor mío y Dios mío!»
Primera Lectura
Hechos 4, 32-35
32 La multitud de los creyentes tenían
un solo corazón y una sola alma.
Nadie consideraba sus bienes como propios,
sino que todo era común entre ellos.
33 Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder
de la resurrección del Señor Jesús
y gozaban de gran estima.
34 Ninguno padecía necesidad, porque todos
los que poseían tierras o casas las vendían
35 y ponían el dinero a disposición
de los Apóstoles, para que se distribuyera
a cada uno según sus necesidades.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor
«Todos pensaban y sentían lo mismo»
Libro de los Hechos. Libro de la Iglesia, del Espíritu Santo, de la muerte y resurrección de Cristo.
Ha surgido un pueblo nuevo. El Espíritu, Suspiro de Cristo y Alito del Padre, lo mueve y dirige.
Son las primeras actitudes que quedarán para la posteridad como norma, ideal y ejemplo.
Serán un espejo donde la Iglesia deberá mirarse, especialmente en momentos de obscuridad y de cambio.
La sombra luminosa del Resucitado se proyecta fresca y paternal sobre el grupo de los primeros
discípulos. La cruz cobija y distingue con su sombra salvífica a la joven Iglesia. Y así será siempre.
Lucas nos pinta la vida de la primitiva comunidad. Se ha «reunido» la asamblea, ha «orado» en común,
ha «llenado» a los presentes el Espíritu Santo, se ha visto «sacudido» el edificio,
han comenzado a «predicar» los apóstoles.
La primitiva comunidad compuesta por distintas clases sociales, diversos países, se ha eternizado
en la palabra de Dios. Reina la unidad más profunda: un mismo sentir y un mismo pensar.
Un solo corazón y una sola alma. Una fuerza superior centrípeta los aúna y compenetra en torno a Jesús.
Pero la fuerza iba también hacia fuera. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesús
con audacia y libertad. Son los «profetas» de la nueva creación.
El Espíritu sostiene la debilidad del hombre predicador y mantiene abierta la sed del oyente.
Salmo 118(117)
2-4.13-15ab.22-24
2 Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
3 Que lo diga la familia de Aarón:
¡es eterno su amor!
4 Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor!
13 Me empujaron con violencia para derribarme,
pero el Señor vino en mi ayuda.
14 El Señor es mi fuerza y mi protección;
él fue mi salvación.
15 Un grito de alegría y de victoria
resuena en las carpas de los justos.
22 La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular .
23 Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
24 Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él.
«Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia»
Salmo de acción de gracias. Sonora, jubilosa, exultante. Comunitaria, universal: toda la asamblea santa.
Díganlo todos, cántenlo todos, divúlguenlo todos. Israel, Aarón, fieles:
¡Dios ha intervenido! ¡Es eterna su misericordia!
La Iglesia se congrega, de fiesta, en el día del Señor que con su poder ha instituido la Fiesta.
Porque la Fiesta es obra del Señor. Obrando maravillas.
Y maravilla de maravillas es su Resurrección gloriosa.
Cristo que, muerto, surge a la vida; que, sepultado, escapa a la tierra; que, desechado, se presenta Elegido;
que, castigado, se levanta triunfante; que, mortal, resplandece inmortal para siempre.
Elegidos en él, muertos con él, resucitados con él. No hemos de morir ¡viviremos!
La Diestra del Señor es poderosa; la Diestra del Señor es excelsa. Ha comenzado el Milagro patente.
Dad gracias a Dios, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Segunda Lectura
I Juan 5, 1-2.4.6
1 El que cree que Jesús es el Cristo
ha nacido de Dios; y el que ama al Padre
ama también al que ha nacido de él.
2 La señal de que amamos al hijo de Dios
y que amamos a Dios
es que cumplimos sus mandamientos.
4
Y la victoria que triunfa sobre el mundo
es nuestra fe.
6 Jesucristo vino por el agua
y por la sangre; no solamente con el agua,
sino con el agua y con la sangre.
Y el Espíritu es la verdad.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor
«Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo»
En este pasaje alternan los temas de la fe y de la caridad, para terminar, pasando por Cristo, con
el testimonio del Espíritu Santo. Las tres divinas personas dejan la impronta de su personalidad en la obra
de la redención. La caridad surge del Padre, se enraíza en Jesús y es alimentada por el Espíritu Santo.
La caridad proviene de Dios:«Dios nos amó primero» (4,19). Se ha manifestado espléndidamente
en el envío de su Hijo. El amor de Dios se recibe en la fe. La fe es la respuesta del hombre al amor
de Dios: aceptación vital de amor que Dios nos profesa en su Hijo.
La fe tiene su sentido en obediencia a Dios y reconocimiento práctico de su presencia
en el prójimo. Quien cree en Jesús, hace lo que él hace, porque es hijo de Dios, ha nacido de Dios.
El amor de Dios es un «don sobrenatural», concedido en Cristo que nos capacita para amar a Dios
de forma semejante, guardadas las distancias, a como Dios nos ama. Toma la forma de «obediencia»,
como en Cristo, y nos lanza, como en él, a dar la vida por los hermanos, en forma de «entrega».
No en vano recomendó Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
Es el mandamiento radical del cristianismo. El amor al prójimo-hermano está dentro del amor de Dios,
pues en el prójimo-hermano habita Dios con su amor.
El amor así entendido y la fe así vivida vencen al mundo,
como venció al mundo el amor de Cristo, obediencia total al Padre
y entrega total por los hermanos.
Así se entiende que nos llamemos y seamos «hijos» de Dios,
pues habita y actúa en nosotros.
Lectura del Santo Evangelio - Juan 20,19-31
19 Al atardecer de ese mismo día,
el primero de la semana, estando cerradas
las puertas del lugar donde se encontraban
los discípulos, por temor a los judíos,
llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:
«¡La paz esté con ustedes!».
20 Mientras decía esto, les mostró sus manos
y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando
vieron al Señor. 21 Jesús les dijo de nuevo:
«¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí,
yo también los envío a ustedes»
22 Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió
«Reciban al Espíritu Santo. 23 Los pecados
serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y
serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
24 Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre
el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
25 Los otros discípulos le dijeron:
«¡Hemos visto al Señor!».
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus
manos, si no pongo el dedo en el lugar de
los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».
26 Ocho días más tarde, estaban de nuevo
los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos
Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las
puertas, se puso en medio de ellos y les dijo:
«¡La paz esté con ustedes!».
27 Luego dijo a Tomás:
«Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos.
Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no
seas incrédulo, sino hombre de fe».
28 Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!
29 Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».
30 Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos,
que no se encuentran relatados en este Libro. 31 Estos han sido escritos para que ustedes crean
que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra de Dios
Gloria a Ti, Señor Jesús
«Hemos visto al Señor»
Escondidos en una casa, los apóstoles ven a Cristo;
entra, con todas las puertas cerradas.
Pero Tomás, ausente entonces, cierra sus oídos
y quiere abrir sus ojos...
"Mis dudas desaparecerán en cuanto lo vea, dice.
Pondré mi dedo en las marcas de los clavos,
y estrecharé al Señor al que tanto deseo.
Creeré cuando lo abrace y lo contemple.
Quiero ver sus manos agujeradas,
que han curado las manos maléficas de Adán.
Quiero ver su costado,
que cazó a la muerte del costado del hombre.
Quiero ser testigo del Señor
y el testimonio de otro no me basta.
Lo que contáis exaspera mi impaciencia.
La buena noticia que me dais,
sólo aumenta mi turbación.
No curaré este dolor,
si no le toco con mis manos."
El Señor se vuelve a aparecer y disipa al mismo tiempo la tristeza y la duda de su discípulo.
¿Qué digo? No disipa su duda, colma su espera. Entra, con todas las puertas cerradas.
San Basilio de Seleucia (?-v. 468), obispo - Sermón para el día de Resurrección
Gracias Señor por tu Palabra purificadora,
que ilumina, alimenta, enriquece, alegra, consuela y compromete.
Concédenos vivir conforme a ella.
Oh Jesús Misericordioso,
tu bondad es infinita
y los tesoros de tu gracia son inagotables.
Me abandono a tu Misericordia
que sobrepuja a todas tus obras,
me consagro enteramente a Ti
para vivir bajo los rayos de tu gracia
y de tu amor que brotaron de tu Corazón traspasado
en la Cruz.
Quiero dar a conocer tu Misericordia
por medio de las obras de misericordia
corporales y espirituales,
especialmente con los pecadores,
consolando y asistiendo a los pobres
afligidos y enfermos.
Mas, Tú me protegerás como cosa tuya,
pues todo lo temo de mi debilidad
y todo lo espero de tu Misericordia.
Que toda la humanidad comprenda el abismo
insondable de tu Misericordia,
a fin de que poniendo toda su esperanza
en ella, pueda ensalzarla por toda la eternidad.
Amén.
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Con el título:
“Suscripción a Siembra Sagrada”
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