CAPITULO XIX:
EL CRECIMIENTO
DE LA CM
pp. 281- 312
JOSÉ MARIA ROMAN, SV (I Biografía), BAC 1981.
“Honremos el pequeño número de los discípulos de
Cristo”
Todas las actividades, energías y
mayores esfuerzos estaban
encaminados al desarrollo y
organización de la CM, su obra
primordial.
En
promedio,
podemos decir que en los
primeros 12 años las vocaciones
fueron de 3 a 4 misioneros por
año.
En
1636
eran
aproximadamente 50:
a) 30 Sacerdotes
b) 10 en proceso de formación
c) 10 hermanos coadjutores
Podemos notar que no
hubo un reclutamiento
rápido; Vicente quería
que los recién
ingresados estuvieras
impregnados del
espíritu misionero. Esta
era la actitud de Vicente
con respecto a las
vocaciones a la
compañía:
“¡Cuánto temo, señor, la muchedumbre y la
propagación! Y ¡cuantos motivos tenemos
para alabar a Dios, porque nos concede
honrar el pequeño número de los discípulos
de su Hijo!” (p.282).
“Solamente a Dios pertenece escoger
a quienes quiere llamar”
Vicente se contentaba con
aquellos que le enviaba el
Señor. A esta máxima
permaneció fiel toda su vida:
“un
profundo
convencimiento de que la
vocación viene de Dios”:
“Nosotros tenemos una máxima…que consiste en no urgir jamás a nadie a que abrace
nuestro estado de vida. Le pertenece a Dios solamente escoger a los que El quiere llamar, y
estamos seguros de que un misionero dado por su mano paternal hará él solo más bien que
otros muchos que no tengan una pura vocación. A nosotros nos toca rogarle que envíe
obreros a su mies y vivir tan bien que con nuestros ejemplos les demos más alicientes que
desgana para que trabajen con nosotros” (p. 283).
:
Tardó en aceptar la idea de rogar por las vocaciones
“¡Yo he estado más de 20 años sin
atreverme a pedírselo a Dios…pero, a
fuerza de pensar en la recomendación
que nos hace el Evangelio de pedirle que
envíe operarios a su mies, me ha
convencido de la importancia y utilidad
de estos actos de devoción” (p. 283).
Vicente era muy exigente con los aspirantes,
sobre todo en su actitud espiritual, así como en
la pureza de sus intenciones. Tenía en claro que
no debía aprovechar el recurso de los ejercicios
a ordenando para su propia lote. Pero sí
aprovecha los ejercicios para impartirles el
espíritu misionero y las directrices de una
vocación arraigada en el Evangelio:
“Padres…procuren que ellos mismos
determinen el lugar adonde crean que
Dios les llama….Que pongan cada vez
más interés en poner este designio en
las manos de Dios…Indicarles las
dificultades que podrán surgir en este
estado de vida, los problemas,
sufrimientos
y
trabajos
por
Dios…Dejemos obrar a Dios, padres, y
mantengámonos humildemente en la
espera y en la dependencia de las
órdenes de su providencia…! (p. 284)
Es de notar que Vicente exigía vocaciones heroicas:
“…todos los que vengan
a entrar en la compañía
acudan
con
el
pensamiento
del
martirio…y
de
consagrarse por entero
al servicio de Dios,
tanto en los países
lejanos como aquí, en
cualquier lugar donde él
quiera servirse de esta
pobre
y
pequeña
compañía” (p. 284).
“Entre nosotros hay pocos que sean nobles”

-
El ritmo de la CM entró en un ritmo más acelerado a
partir de 1637: una especie de noviciado para los
aspirantes, al cual denominó seminario interno para
evitar semejanzas con las órdenes religiosas (en
promedio:
23 aspirantes, 16 sacerdotes o clérigos, 7 hermanos).
-
La máxima afluencia se presentó en 1645 con un total
de 38 ingresos.
-
Para 1648 y 1652 se produjo un notable descenso de
vocaciones (3 ingresos).
Las causas: La guerra de Fronda. En 1653 se
reemprende el curso normal: 25 admisiones.
-

En total, los admitidos a la CM en vida de Vicente
fueron 614 aspirantes: 425 clérigos y 189 hermanos
coadjutores. Para 1645 los misioneros activos eran
unos 200, y no rebasó los 250.

Vicente llamó siempre a su comunidad: “la pequeña
compañía”, en miras a la humildad de sus tareas y sus
miembros, pero también era verdadera referida a
números.
La procedencia de las vocaciones:
 Las vocaciones venían sobre todo, donde
había presencia activa de los misioneros:
Parte
septentrional
de
Francia
(Champaña, Artois, Picardía, Isla de
Francia, Normandía y Bretaña). Por sí
solas, de las cuatro diócesis de Amiéns,
París, Ruán y Arras (140 misioneros). Del
sudoeste: Loira-Ródano. Es de notar que
no hubo ni uno sólo de Dax, diócesis
originaria del fundador. Cuando la CM se
propagó fuera de Francia, hubo en
seguida un flujo de vocaciones
extranjeras: irlandeses, italianos, polacos
y suizos.
Sujetos:

Personas de humilde condición, sin nobleza, ni riquezas,
ni sabiduría. En ello veía él la marca de Dios, que se
complace en elegir a los pobres y necios del mundo para
confundir a los poderosos (¡tal vez exagerado!). Sin
embargo, sabemos que hubo personajes importantes
dentro de la CM: Fargis, Carlos de Angennes, Renato
Almeras (secretario real, tesorero de Francia, secretario
de María de Medicis, controlador de correos…Y su hijo ya
militaba en las filas de la CM). Los Le Vacher (sobrinos del
Dr. Duval). Entre los primeros compañeros de Vicente
fueron los numerosos graduados por la Sorbona:
Francisco du Coudray o Juan Dehorgny. Pero en lo
general, al mismo pueblo campesino francés, quienes se
adaptaban más fácilmente al trabajo con el humilde y
sencillo pueblo del campo. En los primeros años, mucho
se asociaban para empezar de ya el trabajo. A medida
que el Instituto se afianzaba, aumentó la proporción de
jóvenes no ordenados.
De la edad, tenemos pocos datos (se cree que 2 terceras partes entraba antes de
cumplir los 26 años). La bula Salvatoris nostri fijaba en 17 o 18 años la edad
mínima de admisión.
La CM irrumpió como una oleada de juventud en el cansado escenario de la vida
francesa en el segundo tercio del siglo XVII.
“Será probado como el oro en el crisol”
La formación inculcada a los aspirantes fue por el propio Vicente: Contacto con
los más antiguos y con el fundador para realizar una osmosis directa
complementando el papel de superior, director espiritual, maestro de novicios
y guía apostólico.
El número creció y fue necesario pensar en una institución destinada a la
formación de los aspirantes. Vicente preparó para ello al más joven, Juan de la
Salle, en el noviciado de los jesuitas para luego adaptar algunos aspectos a la
comunidad misionera. Sin embargo, murió pocos años después, 1639. Otros
directores fueron: PP. Dehorgny, Almeras, Dufour, Jolly y Delespinay.
El seminario interno duraba 2 años. Al fin del 1er año emitían los propósitos
(=declaración pública de su intención de vivir y morir en la CM). Y antes de la
admisión, Vicente sometía a los postulantes a un minucioso examen de
disposiciones interiores y exteriores. Los 2 años poteriores no estaban
destinados a comprobar la aptitud, sino afianzarles en su vocación y a
construir las virtudes que daban solidez a todo misionero, ¡Virtudes sólidas!:
“Quien desea vivir en la comunidad debe estar dispuesto y decidido a vivir como extranjero
sobre la tierra, a ser solamente para Jesucristo, a cambiar costumbres, a mortificar sus
pasiones, a buscar puramente a Dios, a someterse a todos, a persuadirse de que ha venido a
servir y no para gobernar, para sufrir y no para llevar una vida cómoda, para trabajar y no para
vivir en el ocio y la indolencia. Debe saber que será probado como el oro en el crisol, que no es
posible perseverar sino humillándose por Dios y, en fin, que el verdadero medio para ser feliz es
alimentarse con el deseo y el pensamiento del martirio” (p. 289).
Método: No se utilizaban
extraordinarios
de
ascesis
iniciaciones de ningún otro tipo.
métodos
ni
de
Orden del día: Era estandarizado, con
actos
propios:
Lectura
del
NT,
conocimiento de autores espirituales,
confesiones,
doctrina
y
disciplina
tridentina.
Extensión de seminarios internos de
San Lázaro: Richelieu, Génova y Roma.
Si los aspirantes como sacerdotes, eran
enviados a misión el 2do. año de prueba.
Vicente no aceptaba que se combinara el
S.I. con los estudios.
“Los misioneros sabios y humildes son el tesoro
de la compañía”
El proceso de formación:
a) Seminario Interno
b) Estudiantado o escolasticado
c) Estudio de Filosofía
d) Teología.
No contamos con la “ratio studiorum”, pero sí sabemos que estas etapas eran
cursadas en Bons Enfants y en San Lázaro.
Vicente vigilaba muy de cerca la
formación y participaba personalmente
en ella: Prefería que contaran con un
manual en vez de que se les dictase en
clase, entrenamiento en la predicación y
sermones practicados en comedor,
señalaba los libros de texto (de los
jesuitas Bécan y Binsfeld) e intervenía
incluso en los pequeños incidentes de la
vida del estudiantado:
Con los estudiantes:
Un día, en una disputa
entre éstos señaló: “…no
hemos tenido más
remedio que encerrar a
ese estudiante” (p. 291).
Cierto, siempre se
mostraba cierta
oposición por parte del
estudiantado.
Con los profesores:
Ante opiniones
jansenistas de un
profesor, Vicente no
tuvo más remedio que
despedirlo. Los
estudiantes
intercedieron por él y
recibieron gran
reprimenda.
Cada año, los estudiantes acudían a la
habitación de Vicente para recibir su
bendición y recibir sus motivaciones y
disposiciones correspondientes en orden a
al estudio y virtudes propias, así como
transmitirles su desconfianza por una
ciencia que hincha y sin ningún fruto
apostólico.
Vicente
era
demasiado
práctico y desconfiaba de la ciencia que no
llevara a la acción. ¿Por qué? Había que
evitar a toda costa en la CM los vicio que
habían pretendido remediar.
Los peligros típicos de los estudiantes:
El peligro de sacrificarla piedad al
saber: “El paso del seminario a los estudios es un
paso muy peligroso, en el que muchos naufragan…” (p.
291). Por eso recomendaba unir en todo momento el
estudio con la piedad.
El segundo peligro era la vanidad, el estudiar
por afán a sobresalir.
El tercero, la curiosidad,
ante el cual
exigía: «estudiar sobriamente, queriendo saber sólo las
cosas que nos conciernen según nuestra condición». La
ciencia y vocación deben estar en la perspectiva propia
de la vocación y al servicio de los fines apostólicos de la
compañía:”…Se necesita ciencia. Y añadió que los que
eran sabios y humildes formaban el tesoro de la
compañía, lo mismo que los buenos y piadosos doctores
son el mejor tesoro de la Iglesia”(p. 292). “Se necesita
ciencia, hermanos míos, ¡y ay de los que no emplean
bien el tiempo! Pero tengamos miedo, hermanos míos;
tengamos miedo y hasta temblemos, y temblemos mil
veces más de lo que podría deciros: porque los que
tienen talento tienen mucho que temer: scientia inflat;
y los que no lo tienen, todavía es peor si no se humillan”
(p. 293).
Vicente logró el éxito de la formación,
que hizo posible la siembra misionera
por todos los rincones de Francia.
El ritmo de las fundaciones
El aumento de personal: El aumento de persona trajo consigo un
crecimiento paralelo del número de casas de la Congregación. Los obispos
querían beneficiarse de una u otra de las iniciativas pastorales de la Misión.
La obra de Vicente se va enriqueciendo y diversificando: No viajaba a cada
una de ellas, como Santa Teresa, a cada una de las ciudades donde van a
instalarse sus compañeros, pero controla y dirige todo desde su celda de San
Lázaro, discute por correo con los fundadores, regatea, cede, firma los
contratos. El resultado es una red de puestos de misión instalados en
diversos puntos del territorio, dada uno con características diferentes, que
van propagando, por zonas cada vez más amplias, la labor renovadora. Al
mismo tiempo, cada casa que funda añade nuevos matices a las obras
tradicionales.
Hasta 1635, la CM estuvo reducida a las dos casas de París. La mayoría de
los misioneros habitaba en San Lázaro. En Bons Enfants los misioneros
activos estaban ocupados en las obligaciones de la fundación primitiva: las
misiones en las tierras de los Gondi y el hospedaje de los colegiales, cuyo
número fue disminuyendo poco a poco. En poco tiempo, Vicente dio a la casa
nuevos destinos.
Hacia 1636 creó allí el primer seminario, de modelo tridentino, destinado a
niños, adolescentes (luego, trasladado a San Lázaro).
Bons Enfants: Se utilizaba para casa de ejercicios, escolasticado de teología
de los clérigos de la CM y un poco también como residencia de sacerdotes
forasteros a su paso por la capital.
Fuera de París, la primera fundación fue la de Toul, en Lorena (1635). Le
siguieron: Aguillon, Richelieu, Lucon y Toyes, Annecy y Crecy. En 1642 se abre
la casa de Roma, con lo cual se traspasa las fronteras, a la vez que prosigue su
expansión en Francia.
En los últimos años de la vida de Vicente, el ritmo se hace más lento.
Varias de las fundaciones proyectadas sólo se formalizarán después de su
muerte.
“No pedimos nunca una fundación”
El esquema de las fundaciones obedece siempre
al mismo modelo: «…no pedir nunca una
fundación…». El procedimiento normal: Cada
fundación nueva era el siguiente:
 Un alma piadosa (seglar o eclesiástico)
advertía la necesidad de misioneros en una
región determinada y acudían con su
demanda a Vicente
 Se examinaba la propuesta
 Se aseguraba la congruencia de la obra con
el espíritu y los fines de la CM
 Estudiaba las condiciones
 Requería el beneplácito del obispo (si la
petición no procedía de él)
 Luego entonces, aceptaba la fundación y
firmaba el contrato.
Las fundaciones anteriores a 1642 tenían como
finalidad exclusiva las misiones y los ejercicios
a ordenandos. Después de 1642 se añade «la
dirección de sminarios».
“Los misioneros deben tener con qué vivir y
trabajar”
El aspecto económico de las fundaciones: La
gratuidad de los ministerios exigía que los
misioneros tuvieran asegurada su subsistencia
por otros medios. Vicente era terminante sobre
este punto:
Las obligaciones de cada casa y el número de sus
miembros se establecían en correspondencia al
volumen del capital aportado. El patrimonio de
experiencia apostólicas era muy rico y variado: el
contacto con gente santa, los pleitos, las bromas
y los ruidos hechos a los misioneros, etc… Todo
ello iba siendo un patrimonio invaluable para la
CM. Sin duda, todas ellas dan ocasión de
felicitaciones y amonestaciones por parte de
Vicente:
“No hago el más mínimo caso de todos esos proyectos
de fundación que no vienen de parte de aquellos que
tienen poder para ello…No me basta con que se
proporcione un alojamiento a los misioneros, sino que
hay que darles los medios para que puedan vivir y
trabajar, ya que no les está permitido hacer colectas ni
conviene hacerlas” (p. 300).
“…Le ruego padre, que me permita preguntarle
por qué motivos me ocultó usted lo que me dice
en su última carta…Le confieso padre, que me
he quedado sorprendido de llo, ..¡Dios mío! ¿Por
qué no me lo dijo?..” (p. 305). En otras
circunstancias expresaba: “¿Qué riesgos corre
con ello la compañía? Nos meterán en la cárcel,
me dirá usted. Es lo peor que puede pasar. ¡Ay,
padre!” .
El breviario del buen superior
Hacia el final de su vida, Vicente, recogiendo la experiencia de más de 30 años de
gobierno, resumió, en una conversación íntima, para un joven e inexperto superior (P.
Durand), lo que pudiéramos considerar el breviario del buen superior:



Vicente era realista: El mismo lo practicó
en vida a ejemplo de Cristo.
El superior debe dejarse invadir por Dios,
impregnarse de su espíritu: el medio más eficaz: el
recurso de la oración. El superior debe orar para
conservarse él mismo en la virtud y para implorar
gracias por los compañeros confiados a su dirección.
Así podrá superar el espíritu de dominación y
soberbia con un espíritu evangélico, de servicio y
humildad a ejemplo del Hijo de Dios. La conducta de
Cristo debe ser norma constante si se quiere acertar
en las palabras o en las decisiones.
La autoridad del superior local está limitada por la
del superior general, a quien debe recurrirse en los
asuntos importantes. Recomienda huir de la
originalidad como garantía de acierto indispensable
para que el superior ejerza una influencia benéfica
sobre sus hermanos de comunidad.
El buen superior debe preocuparse no sólo de los
asuntos espirituales, sino también de los intereses
temporales y las necesidades materiales de sus
dirigidos
La visita canónica
Las instrucciones epistolares de Vicente eran
reforzadas por la visita canónica. Vicente
mismo
efectuó
muchas
de
ellas
personalmente. Pero con frecuencia
delegaba en otros este cometido, el cual
atribuía una gran importancia. Lo veía como
ocasión de renovación interior de la
compañía y necesario para la conservación
de su espíritu. El mismo Vicente se sometía
gustosamente a este requisito impuesto
como regla a la CM en 1642 y daba cuenta de
la observancia de las ordenanzas o normas
dejadas por el visitador.
El régimen de la Congregación empezaba a
objetivarse en normas independientes de su
fundador y superior.
Descargar

CAPITULO Xix: