Cuando Tento
notó que se le
movía un
diente,
comenzó a dar
brincos
de alegría. Era
evidente que
no tardaría en
caérsele. Y,
para que lo
hiciera cuanto
antes, lo
meneaba con
la lengua.
A pesar de
ello, tuvo
Que esperar
cinco días
hasta que
por fin se le
cayó.
Entonces
sintió que
su felicidad
era tan
grande que
casi no le
cabía en el
cuerpo.
Aguardó con
ilusión a que
llegara la
noche.
Antes de
acostarse, dejó
el diente
encima de un
plato. Esperaba
que el ratoncito
Pérez le trajera
un regalo
fantástico.
Estaba tan
nervioso que le
costaba
conciliar el
sueño. Y no era
para menos: el
ratoncito Pérez
aparecería en
cualquier
momento.
Tratando de
dormirse
cuanto antes,
apretaba los
párpados y no
se movía.
Pero, de pronto,
dio un bote
impresionante.
Visiblemente
alterado, con los
pelos del lomo
de punta, dijo a
media voz:
- Cuando el
ratoncito Pérez
vea que soy un
perro, se
asustará y saldrá
corriendo.
Rápidamente
se puso una
careta.
Entonces se
sintió más
tranquilo.
A causa de las
prisas, Tento
no reparó en
que era una
careta de
gato.
Ya estaba otra
vez acostado
cuando cayó
en la cuenta
del tremendo
descuido. En
un periquete
se quitó la
careta y la
escondió.
- ¡Uf…! –
suspiró
aliviado.
Y, como no se le
ocurrió nada mejor,
se cubrió la cara
con el gorro de
dormir, para que no
se le notara que
era un perro.
El caso es que
resultaba bastante
incómodo , y
además…
-¡Parezco un
fantasma!reconoció Tento
mientras se lo
quitaba.
Debía pensar
deprisa. Tenía
que encontrar
la manera de
que el ratoncito
Pérez no se
espantara al
verlo.
Se acomodó en
la cama y
comenzó a
pensar y a
pensar y…
Pero, antes de
que se le
ocurriera algo,
se quedó
profundamente
dormido.
Despertó de
buena
mañana. Saltó
de la cama y,
para su
sorpresa, el
diente ya no
estaba allí.
En su lugar
encontró la
pelota que
tanto deseaba.
¿Cómo era
posible? Tento no
alcanzaba a
comprenderlo.
Hasta que, no
muy convencido,
dijo entre
dientes:
- A lo mejor es
que, cuando
duermo, pongo
cara de perro
bueno.
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