El núcleo de este Salmo “real” está
constituido por un oráculo del Señor, que
proclama los privilegios concedidos a los
reyes davídicos en el día de su entronización.
Este oráculo se articula en tres partes,
introducidas y ampliadas por la palabra del
salmista.
+ El primer privilegio del rey es el de ser
lugarteniente del Señor y partícipe de su
soberanía (vs. 1-2).
+ El segundo radica en su filiación divina,
fundada en una adopción por parte de Dios (v.
3).
+ El tercero es su condición de sacerdote “a
la manera de Melquisedec” (v. 4), el antiguo
rey de Jerusalén y sacerdote de Dios, el
Altísimo (Gn. 14. 18).
Con el transcurso del tiempo -sobre todo
después del exilio- este Salmo sirvió para
alentar la esperanza mesiánica de Israel. En
este mismo sentido lo utiliza el Nuevo
Testamento, citándolo repetidamente como
un testimonio profético de la dignidad
mesiánica de Jesús, el Rey y Sacerdote de la
Nueva Alianza.
1. CON ISRAEL
Es un salmo-real: la escena se desarrolla en la "sala del Trono" del palacio real de
Jerusalén, que se eleva a la "derecha" del Templo cuando uno mira hacia el Oriente.
Después de la ceremonia religiosa (la Unción) que tiene lugar en el Templo, viene la
entronización mediante un ritual preciso, como el de cualquier corte Oriental: En nombre
de Dios, un profeta invita al nuevo rey a "sentarse en su trono"...
2. CON JESÚS
Jesús citó este salmo, en una controversia que tuvo con los fariseos: ¿Cuál es vuestra
opinión sobre el Mesías? ¿De quién es hijo? Ellos respondieron: de David. Jesús replicó:
¿Cómo pues David inspirado por el Espíritu Santo lo llama Señor, diciendo: dijo el Señor a
mi Señor: siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies?
"Si David lo llama señor, ¿cómo puede ser su hijo?" De esta manera "Jesús subrayó el
carácter misterioso de su origen" Y sugirió que El era el Mesías esperado.
3. CON NUESTRO TIEMPO
Jesús. mi rey. No un rey en el palacio de Louvre o de Versalles sino en mi corazón y en mi
vida."Mi rey", no reina como los demás reyes de la tierra. No "domina" (Mateo 20, 25)
haciendo "pesar su poder", sino haciéndose el "servidor": "el Hijo del Hombre no vino a ser
servido, sino a servir, y dar su vida" Quiero que reine en cada minuto de mi vida: que sea
el rey de mi espíritu, de mi trabajo, de mi corazón...
Oráculo del Señor a mi Señor: "siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos estrado de tus pies".
Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.
"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores
sagrados; yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".
El Señor lo ha
jurado y no se
arrepiente:
"Tú eres sacerdote
eterno,
según el rito de
Melquisedec".
El Señor a tu derecha, el día de su ira, quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente, por eso, levantará la cabeza.
Este es mi salmo, Señor, tu bendición especial para mí, tu recordatorio del día en que mis
manos fueron ungidas con óleo sagrado para que yo pudiera bendecir a los hombres en tu
nombre. Tu promesa, tu elección, tu consagración. Tu palabra empeñada por mí en prenda
sagrada de tu compromiso eterno: «El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres
sacerdote eterno según el rito de Melquisedec».
Mi sacerdocio es tan misterioso como el personaje de Melquisedec. Nunca llego a agotar el
fondo de su significado. Miro mis manos y me asombro de cómo pueden perdonar pecados,
bendecir a los niños y hacer bajar el cielo a los altares de la tierra. La misma grandeza de mi
vocación me trae dudas de mi propia identidad y crisis de inferioridad. ¿Cómo puede la
pequeñez de mi ser albergar la majestad de tu presencia? ¿Cómo puede mi debilidad
responder a la confianza que has puesto en mí? ¿Cómo puedo perseverar frente a peligros
que amenazan mi integridad y minan mis convicciones?
La respuesta es tu palabra, tu promesa, tu juramento. Has jurado, y dices que no te
arrepentirás. No cambiarás tus planes sobre mí. No me despedirás. No permitirás que
tampoco yo rompa por mi parte el vínculo sagrado. Y yo no quiero que lo permitas. Quiero
que tu juramento permanezca firme, para que la firmeza de tu palabra afiance la movilidad
de mi corazón. Confío en ti, Señor. Confío en la confianza que tienes en mí. Y que nunca
traicione yo esa confianza.
Que no te arrepientas jamás de haberme ungido, Señor. Y que yo tampoco me arrepienta.
Que tu palabra sagrada me acompañe todos los días de mi vida: «Eres sacerdote para
siempre».
Señor Jesucristo, hijo de David, tú que, después de haber
sometido en la gran batalla de tu pasión a todos tus
enemigos, has resucitado y estás sentado a la derecha del
Padre como rey vencedor y sacerdote eterno, intercede siempre
por nosotros, para que un día, hechos semejantes a ti,
podamos poner también nosotros como estrado de nuestros
pies a nuestros enemigos, el pecado y la muerte. Tú, que vives
y reinas por los siglos de los siglos. Amén
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SALMO 109 - Ciudad Redonda